martes, 16 de agosto de 2016




EL CASO DE UN SINGULAR ADULTERIO

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Era tan fuerte el perfume de los naranjos que, en aquella tarde, entraba por la ventana que daba al Revellín que, Dandy, el elegante detective, no tuvo más remedio que despertarse de su siesta. Y no le vino mal pues, nada más sonar la última campanada de las cinco que sonaron, se oyó el timbre de la puerta.

Era D. Leonardo Cohen, accionista mayoritario del Holding Salazones Exportaciones, que acudía a la cita con imperial puntualidad.

- Hola, buenas tardes.
- Buenas tardes, pase D. Leonardo, pase usted, por favor – le dijo franqueándole la entrada.
- Mire usted – le dijo D. Leonardo mientras le pasaba una toallita de papel a sus gafas - voy a serle claro y muy preciso para no dilatar más esta desagradable situación – dejó la toallita sobre la mesa y poniéndose los lentes de nuevo, le miró fijamente y le entregó un voluminoso sobre - Ésta es la documentación que me pidió, no obstante, si encuentra a faltar algunos datos, venga a verme mañana a la dirección que figura en la tarjeta. A partir de ese momento ya no volveremos a vernos hasta que todo quede solucionado ¿me expliqué con claridad?
- Completamente.
- Pues eso es todo, espero sus noticias. Adiós, buenas tardes.

Y con la brevedad que muestran las personas eficazmente concretas, D. Leonardo Cohen abrió la puerta y se marchó. Instantes después, el detective Dandy se puso a examinar la amplia documentación en la que figuraban fotografías, costumbres y amistades personales de la Sra. Cohen.

A la mañana siguiente y pergeñado ya su plan, Dandy desayunaba frugalmente bajo las frescas parras del Bar Niza, mientras le echaba una ojeada a El Burlador de Sevilla en una edición de bolsillo que siempre llevaba encima y que le gustaba releer. Supongo que por esas cosas que tienen los seductores.

Mientras lo hacía, miraba de vez en cuando hacia la puerta del garaje por donde habría de salir Paloma Cohen en su coche. Cosa que hizo en el instante justo en que en el carillón de la Iglesia de San Francisco, sonaban las once de la mañana. Entonces, por la Avenida de Los Sueños Rotos y con la discreción que el caso requería, el detective Dandy se puso en marcha siguiéndola a la distancia adecuada.

Tras hacer unas compras en una acreditada firma que rima con ¡joder cómo llueve! recogió después unos libros de la librería “Lea, que nadie se va a enterar, hombre” y, tras tomarse un aperitivo en la Terraza de Florentino observando el paso de la gente, Paloma Cohen regresó a su domicilio.

Momento que aprovechó Dandy para sentarse de nuevo bajo las frescas parras del Bar Niza pero esta vez para tomar su almuerzo. Eligió una espuma de lamelibranquios hembras con láminas de jengibre liofilizadas al estragón templado, que comió con exquisito gusto, mientras de vez en cuando rumiaba las singularidades del caso que llevaba entre manos. Entonces, justo cuando pedía su extracto de café mulato, observó con gozo cómo tomaba asiento en la mesa de al lado, una pelirroja de muy buen aspecto. Y es que Dandy siempre había tenido una especial admiración por un definido tipo de pelirroja como aquella lo era, y como hace ya muchos años quiso quedar prendido en el olvido, sin jamás conseguirlo, un corazón que nunca se pasó de moda. 



La mujer sacó una pitillera del bolso y, con el móvil apoyado en un hombro, se puso un cigarrillo entre los labios mientras con una convincente sonrisa le preguntó con agradable acento canario.

- Por favor ¿tienes fuego por ahí?

Dandy se echó mano al bolsillo pero sin perder de vista, en ningún momento, la entrada del garaje. Tras un rato de conversación, la muchacha cerró el móvil y pidió un café.

- Otro para mí, por favor – dijo Dandy.
- Perdona ¿me das fuego otra vez? es que no encuentro mi encendedor ¿sabes si estoy muy lejos del Hotel Términus? no conozco la ciudad y… – dijo como disculpándose.
- Sí, claro, aunque no está cerca de aquí. Tienes que seguir esta avenida hasta el final, girar a la derecha en la rotonda, luego a la izquierda y en seguida verás una plaza rectangular donde se encuentra el Términus.
- Muy amable – le dijo sonriéndole y estrujando el cigarrillo sobre el cenicero – Hasta otra y gracias.
- Adiós.

Pero no había pasado ni media hora cuando el detective Dandy vio aparecer el morro del Jaguar subiendo por la rampa del garaje. Salió todo lo deprisa que pudo, se metió en su coche y se fue tras Paloma Cohen que ya enfilaba por el Puente de Europa en dirección a Algeciras. Pero cuando parecía que iba a entrar en la ciudad, cambió rápidamente de sentido y regresó a Ceuta para luego aparcar en los subterráneos de El Hacho. Dejó el coche, tomó un taxi, Dandy hizo lo propio y, minutos después, dejaba el taxi colándose a toda prisa en el Hotel Términus. 
En el hall y viendo que tomaba uno de los ascensores, Dandy dudó entre seguirla o esperarla, optó por lo segundo pero no sin antes averiguar en recepción, con la sagacidad que le definía, el número de la habitación. Al rato, oyó de nuevo esa voz de acento tan marcadamente guanche que ya había oído hacía tan sólo unas horas.

- ¿Tienes fuego por ahí? – Era la pelirroja que de nuevo con un cigarrillo entre los labios le sonreía por repetir la pregunta.
- Hola ¿pero qué haces aquí?
- Eso habría de preguntártelo yo ¿no crees? Yo me hospedo aquí ¿lo recuerdas?
- Cierto, cierto, es verdad, yo… es que había quedado aquí con un amigo pero por lo visto me ha dado plantón.
- Pues entonces estoy de suerte, así podrás enseñarme la ciudad ¿no te parece?
- Lo siento, pero hoy me es imposible, es importante que vea a mi amigo sin falta, así que no me queda más remedio que esperarle.
- Claro – dijo en tono comprensivo – quizás sea demasiado bonita como para perderla ¿no?
- Ah ¿te diste cuenta? Me rindo, pero de todas formas no es lo que parece.
- Como comprenderás a mí eso me da igual, sólo quería que me enseñaras la ciudad.
- Por cierto ¿cómo te llamas?
- Me llamo Clarisa ¿y tú?
- ¿Cómo esas monjitas…? Yo me llamo Dandy. En cuanto a lo de enseñarte la ciudad, si acaso te llamo un poco más tarde ¿te parece?

Y en eso quedaron. Dandy siguió allí sentado hasta que después de un buen rato apareció Paloma Cohen, con sus gafas oscuras y ese aire tan enigmático que le empezaba a ser ya familiar.

******

El detective Dandy, cuando no le chivaba el cuerpo qué dirección tomar, solía orientar sus pesquisas hacia los arrabales y los muelles de la ciudad, que era por donde se movía una especial confidente llamada Lilimarlén, así todo junto.




Era Lilimarlén una apóstata de la aristocracia, además de una pintora que escondió sus pinceles en la decadencia de sus últimas e insufribles tertulias con estetas. Así lo había decidido porque ya no le importaba otra cosa que no fuera el amor no correspondido, sobre todo en esos días que venían tan aburridos.

Lilimarlén tenía los ojos de un verde tan seductor que muchos pintores se miraban en ellos intentando copiar su color. Rubia, como una espumosa Heineken acabada de tirar, le gustaba tomarse unas copas de ron conversando por las tabernas del puerto mientras se ciscaba en todas las leyes que en este mundo eran sancionadas. Sabía muchas de las cosas que en la ciudad pasaban porque muy bien conocía – según la gente decía - a una alta autoridad y a la gobernanta de un hotel con los que alguna que otra vez, bajo la luna, estuvo ella muy dispuesta de cintura.

- A ver, Dandy ¿qué te traes esta vez entre manos?
- Nada en especial, Lilimarlén, saborear las noches del puerto y visitar de paso a una vieja amiga.
- Vamos Dandy, no me jodas a estas horas, dime ¿qué te interesa saber?
- ¿Qué puedes decirme de Paloma Cohen? – le soltó de sopetón.
- ¿La mujer de Leonardo? La verdad que poca cosa, claro que no lleva una vida como para que a mí me apasione.
- ¿Y de D. Leonardo?
- D. Leonardo, Dandy, eso es otro cantar, ahí sí que habría – expelió con fuerza el humo de su cigarrillo hacia arriba - como para escribir una novela y media. Pero ya sabes que eso es terreno vedado.

Y aunque en asunto de amores, como ya se esbozó, Lilimarlén le agradaban tanto los vasos de ron como las copas de ginebra, nunca en su vida tuvo a alguien que le echara las campanas al vuelo por no haber tenido nunca un día de fiesta mayor y sí unos cuantos de duelo.

- Profesionalmente, Dandy – le dijo – tu problema, y le doy gracias al cielo, es que no puedes pasar inadvertido, eres demasiado elegante y eso en un detective, querido mío, es dar demasiado el cante, como si llevaras en la solapa un caballo en una fiesta de infantes.
- Entonces… ¿me dirás algo?
- Cuenta con ello si me tienes en tus oraciones, y no me olvidas porque por aquí, Dandy, en este cascado corazón se te sigue queriendo aunque sea a mi modo.

Y así, casi con la misma desfachatez con que mira al infinito el dueño del perro que alivia sus intestinos en lo más primoroso del parque, Lilimarlén dio un paso al frente y lo besó en la boca apretando sus pechos contra su sorprendido torso. Allí se despidieron, con la luna sobre el Estrecho iluminando el Puente de Europa y el enorme farallón de la ciudad que por aquellos días, de una puñetera vez ya recuperada, estrenaba nombre, ahora sería, La Llana.

Una hora después, Clarisa y Dandy cenaban en la celda 54 del Restaurante La Fortaleza, disfrutando de la impresionante pantalla de cinerama que parecía el Estrecho bajo sus pies.

- ¿Sabes, Clarisa…?
- Dime.
- Aquí la mayoría de las veces el sol nos nace por el Oriente.
- Como es pertinente ¿no? pero… ¿y en las excepciones por donde asoma entonces?
- Por allí - le señaló - por la parte de la Mujer Dormida, como la siguen llamando los que siempre se opusieron a que se hubiese muerto.
- No me digas.
- Pero no has de extrañarte, pues es nada más que un pulso le hace a la geografía del lugar y que, girando el mapa, se cambia la izquierda por la derecha de hace ya algunos años para satisfacción de muchos de sus parroquianos.

Cuando llegó la madrugada, Clarisa, echada en la cama con los ojos cerrados se daba cuenta de que Dandy, más que un detective privado, era la encarnación de aquel muchacho que conoció hace ya tantos años en unas vacaciones, y que siempre le pareció especial por ser tan diferentes en sus conversaciones.

- ¿Pero qué haces ahora…? que te vas a romper, mujer – le dijo cuando vio que se doblaba como una contorsionista eslava.
- Esto no es nada, yo de pequeña hacía gimnasia rítmica, antes sí que era casi de goma, aunque aún puedo ponerme los pies detrás de la nuca casi sin esfuerzo. Por cierto… ¿comerás conmigo mañana?
- No, mañana no podrá ser, tendré ocupado todo el día hasta que llegue la noche.

Con la cama agradablemente fresca por el relente que entraba por la terraza del hotel, nuestro detective observaba la melena de Clarisa que parecía un sirope de naranja derramado sobre su espalda. Espalda que parecía la de esas venus que tantos pintores crearon para bien de los que siempre admiraron la belleza, el arte y los colores.

Entonces puso tanto de su parte que no se dejó llevar por los instintos, intentaba ser creativo como así no parecía Clarisa serlo. Era ese primer acercamiento en el que si se aprecia la confianza, todo es más placentero en esas primeras caricias que tanto se agradecen.

Aquella noche corrieron el mejor de los caminos porque - si me lo permite D. Federico – los muslos no se le escaparon como peces sorprendidos, sino que ardieron y se amaron como arden dos adolescentes y se aman dos amantes expertos con la ilusión infinita de su primer encuentro.

No hubo para más, la penumbra siguió ajustada a las paredes poniendo una sordina de luz a una noche de pasión y de fuego mientras él, visiblemente cansado, se dispuso a encender muy despacio el más reparador de los Ducados.

******

Cuando la Sra. Cohen salió de casa, el detective Dandy hacía ya un par de horas que la esperaba apurando su tercer café bajo las agradecidas parras del Bar Niza. En los últimos días, más de una vez se había preguntado si la enigmática personalidad de esa mujer no le interesaba más que el caso en sí. Un caso del que, ya no tenía ninguna duda, había perdido todo su interés. Quizás por eso, se le pasó por la mente tener una conversación con D. Leonardo y decirle que aquel seguimiento ya no tenía objeto. Pero minutos después lo pensó mejor y decidió que si era su cliente quien tenía que ponerse en contacto con él, lo adecuado sería esperar. Así que, apartando sus conjeturas a un lado, Dandy se ciñó estrictamente a lo que formaba parte de sus diarias obligaciones.

El mismo recorrido, el de casi todos los días, un recorrido metódico que Paloma Cohén emprendía sin apenas salirse de lo acostumbrado, y por tanto sin nada digno de resaltar salvo lo de la habitación que reservaba. Pero duda que quedó despejada por una confidencia del recepcionista que no podía decirle más pero que le aseguraba que ella no se veía con nadie. No pudo sacarle más a pesar de haberle entregado unos cuantos euros y otros tantos dólares americanos, que tal seducción mantienen en este mundo mágico y tan pagano.

Paloma tenía el pelo negro y cortado a media melena, la voz muy cuidada con timbre transparente, y su mirada debía ser fuerte y segura, y digo debía por imaginármela, porque con esas gafas oscuras que siempre llevaba, Dandy nunca llegó a adivinarle los ojos a su través por no acercarse ni a un metro de distancia siquiera, tal era su temor de que ella le descubriera. Sin embargo, cómo disfrutaba siguiéndola, cómo le entusiasmaba aquellos andares de tan elegante figura cuando algunas tardes se internaba en el parque caminando despacio entre las acacias y, finalmente, cómo le agradaba ese fresco perfume que él aspiraba cuando por imponderables de la persecución se había tenido que acercar más de lo aconsejable.

Bien, pues esa misma mañana, como casi todos los días, Paloma enfiló la Avenida de Los Sueños Rotos y, después de otras gestiones y de pasarse de nuevo por la librería “Lea, que nadie se va a enterar, hombre” a ver qué novedades había, se sentó a tomar una África Star, bien fresquita, en una de las mesas que el Restaurante Rejano desplegaba por la Plaza Vieja. Orientó su cara al sol para mejor recibir sus rayos mientras Dandy aprovechaba, cual espía en la Viena de la Gran Guerra, para ocupar una mesa de las más alejadas. Y es que nunca cejaba en seguir al dedillo esa máxima suya de que cuanto menos su presencia se note, mejor sería para cuando llegara el momento de no haber más remedio que mostrarse. 

Sin embargo, toda su teoría se le vino abajo en un solo instante nada más ver cómo Paloma Cohén se levantaba de su asiento y se acercaba decidida hacia su mesa. Siempre tras sus gafas oscuras y haciéndole el ademán de pedirle permiso para sentarse, Paloma le habló tan concreta, tan seria y segura que, a pesar de los años que llevaba él en la profesión, un punto de saliva se le quedó en medio de la garganta sin querer bajar ni subir, al escucharla decir que si había algo en esta vida que la exasperaba era la impertinencia disfrazada de tan patética mascarada.

- Quisiera decirle que, de verdad, nunca creí que estas cosas ocurrieran fuera de los guiones de las películas – entonces hizo una pausa para dejar patente, todavía más, su distancia – pero menos aún podría haber llegado a pensar que fuese precisamente yo el objeto de esa especie de experimento, pues así debo llamarle después de haber sufrido tanto su surrealista seguimiento.

Dandy no supo qué decir, tal era la vergüenza que le envolvía al ver que aquella mujer, de tan marcada distinción, le había desenmascarado de un plumazo, recriminándole sus actos de modo tan exquisitamente educado pero a la vez de forma tan cruel, pues al escuchar aquellas palabras tan hirientes no supo en qué modo más le dolió, si fue en lo personal o en lo meramente profesional. Y allí quedó molesto y contrariado, en aquella mesita de quita y pon después de que Paloma bajase despacio las escaleras del Rejano.

Sin embargo, de lo que volvió a quedar subyugado fue de sus inquietantes andares cuando se hubo marchado y de la profundidad de sus ojos negros porque en un momento en que le hablaba, se había bajado las gafas hasta casi la punta de la nariz como si quisiera dejar bien patente su desagrado. Eso pensaba sin percatarse siquiera de que comenzaba a chispear y de que aquel sirimiri le empezaba a empapar poquito a poco.

Lilimarlén no solía levantarse antes del mediodía, entre otras cosas porque había jornadas que a esa hora aún no se había acostado. Lilimarlén era dama en el puerto y rata entre los nobles de los que procedía pero que ahora la ignoraban aunque quizás no tanto como lo hacía ella. Lilimarlén, cuando de pronto despertaba, era por la presión de su pecho que no soportaba las embestidas de tanto tabaco fumado durante la madrugada y tanta tónica y ginebra siempre a mansalva libada.

- Desde luego hay mañanas en que el teleférico no para – se decía el detective Dandy mientras se tomaba un café en la terraza del Gran Mirador del Recinto.

Para los que nunca estuvieron por allá he de decirles que se accedía a ese panorámico mirador – igual ahora todo lo han cambiado o ni siquiera existe - subiendo en el teleférico que saliendo de la Plaza de los Reyes, remontaba la torre de los Orozco. Un poco más a la izquierda se encontraba el Gran Mirador, era un lugar privilegiado, exactamente ubicado en el solar que ocupó un cine donde echaban pelis en sesión de tarde, de noche e incluso de matiné. 

A través de la cristalera, Dandy contemplaba las lejanas playas de Restinga diluyéndose entre la misteriosa neblina que se había levantado, creyendo firmemente que hasta la niebla podía tener su encanto, al menos eso le había escuchado decir a algunos enamorados. Y en ésas estábamos cuando hizo Leonardo Cohén su aparición, poniéndose frente a él pero como si ya le atosigara el tiempo nada más sentarse. La conversación fue casi tan breve como la que tuvieron en el despacho el mismo día de su primer y único encuentro.

- Como le digo, D. Leonardo, sería una impudicia por mi parte alargar más este seguimiento, toda vez que no se nota el menor indicio de que su comportamiento se salga de lo normal ¿que hace cosas extrañas? de acuerdo, pero puedo garantizarle de que no existe esa segunda persona.
- Pues si lo normal es el significado que ambos queremos darle, Dandy, zanjemos este asunto de una vez – y sacando un sobre del bolsillo interior de su americana se lo entregó muy discretamente – Espero que no le importe que sea en metálico.

Al gesto de Dandy de que ningún inconveniente había por su parte, D. Leonardo Cohén se puso en pie y le extendió la mano.

- Gracias, me fue de gran ayuda pero, como comprenderá, espero no volver a requerir sus servicios.

Y allí se despidieron. Uno con satisfacción por ser sus sospechas definitivamente infundadas y el otro no tanto por la sensación que tenía de haber algo por ahí suelto que no le encajaba porque… ¿qué quieren que les diga? estos sabuesos del amor llegan a sospechar de todo que hasta de ellos mismo sospechan . Será eso que algunos llaman deformación profesional. Minutos después dejaba también Dandy el Gran Mirador, dispuesto a arreglarse un poco porque luego sería otra cosa. Era la última noche que pasaría con Clarisa pues a la mañana siguiente se marchaba de Ceuta.

No sabía aún por qué, pero le agradaba extraordinariamente aquella mujer, a veces tentado estuvo no de compararla sino de concretar qué similitudes podría tener con Paloma Cohén que sin llegar al encanto que tenía Clarisa, también tenía su aquel, no crean. ¡Pero eran tan distintas, tan diferentes en su modo de ser, de vestir, de comportarse, incluso sus voces nada tenían que ver, la de Paloma, seria, exigente… y la de Clarisa, dulce y chicharrera, amén de la simpatía y cercanía de Clarisa contra la pose siempre adusta y distante de Paloma Cohén.

La noche era una de esas noches silenciosas, de esas de blanco satén como si sólo se oyera a la brisa moviendo la misteriosa cortina de la niebla. También las olas pasaban ligeras por el Estrecho como si a nadie de Ceuta conocieran, y la humedad del ambiente se agarraba a las ventanas de un hotel porfiando con la entrada. Ese hotel en el que en su planta octava, un par de veces al mes, una habitación era reservada con exquisita y discreta formalidad. Por eso, esa noche también, apoyando la cabeza sobre el regazo de Lilimarlén, D. Leonardo miraba hacia el techo como si no se supiese ya de memoria sus molduras y recovecos. Le gustaba discernir sobre lo imprevisible que resulta a veces la vida sobre todo en los casos carentes de toda lógica como con Lilimarlén le ocurría, quizás porque nunca se encontró tan cómodo como con aquella mujer que un día, mandó a freír espárragos a la monotonía.

Pero también aunque lejos de allí y en una habitación de la planta 5ª del Hotel Términus, dos personas que conocéis, conversaban. Escuchad lo que dicen sin que se os note demasiado.

- ¿Sabes, Dandy? – le dijo Clarisa – ayer, como dicen que las de allí tienen fama, me acerqué hasta Sanlúcar y me compré una peluca.
- ¿De qué color? ¿no te la habrás comprado azul…? porque tú eres capaz de eso y de más.
- No, azul no, me la he comprado más natural y muy sencilla.
- No me asustes, Clarisa.
- ¿Por…?
- Miedo me da eso de más natural y muy sencilla, a saber...
- Es que es preciosa y además de la mejor calidad, porque no vayas a creer que es una peluca cualquiera ¿Tú quieres ver cómo me sienta?
- Veamos – dijo Dandy encendiendo un cigarro y acomodándose en la cama como quien se prepara para ver algo que seguro que le iba a sorprender por mucho que Clarisa le avisara de que era más natural y muy sencilla.

No se imaginaba él hasta qué punto se sorprendería pues Clarisa se metió en el baño y, después de desnudarse y dejar su pelirrojez tirada por el suelo, se miró en el espejo, ordenó sus preciosos cabellos negros. Luego se puso ante el espejo y, atenuando levemente la pintura de sus labios y ojos, se quitó también las lentillas, tomó algo en sus manos y salió.

Cuando Dandy vio aquella corta melena negra bailándole a los lados de la cara y esas sempiternas gafas oscuras que se las bajó casi hasta la punta de la nariz para espetarle “Quisiera decirle que, de verdad, nunca creí que estas cosas ocurrieran fuera de los guiones de las películas “ sintió lo que jamás yo les podría contar.

Y es que hay mujeres que jamás olvidan no sólo una afrenta, que a esas alturas de la vida eso a ella igual le daba, sino lo que la exasperaba era tener que aguantar encima el cuajo de ese cretino, sopesando su confianza.

El cinismo y su novia la hipocresía, señoras y señores que, según las circunstancias, se disfrazan siempre con los colores que más le entusiasman.





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