martes, 9 de agosto de 2016



LA TARDE DE PABLO Y VIOLETA

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Nada más acabar de comer, Pablo pensó en llamar a Violeta por si le apetecía salir a media tarde a tomar un café. Ella le dijo que sí, pero arrancándole antes la promesa de que tenía que acompañarla después a una galería de arte, donde una amiga suya exponía unos cuadros.

En eso quedaron y justo cuando Violeta salía de casa, la arboleda del parque, probablemente harta de tanto verano, se dejaba anaranjar suavemente las copas de sus árboles por un sol ya mortecino que le daba a la tarde esa envidiable apariencia de otoño. Era ese tiempo que a Pablo siempre le había gustado tanto, el tiempo donde el aire, con el comienzo del curso, olía a plumieres, a rebecas de colegialas y a los primeros cigarrillos Chesterfield.

De verdad que la tarde aparecía preciosa, también el frescor de la sierra había comenzado a bajar y el parque parecía sonrojarse de tanto color, pues visto así de lejos era enteramente la paleta de un pintor.

- No sabía yo que te gustara la pintura tanto – le preguntó él.
- Psché… Quizás no pueda decirse que me guste tanto e incluso  que me guste simplemente.
- ¿Entonces?
¿Lo dices por lo de esta tarde? es más bien un compromiso, además sólo me gustan escogidos y determinados cuadros.
- También es una forma de empezar ¿no?
- Pues a lo mejor…
- ¿O quizás ya estás un poco de vuelta y sólo disfrutas con esos pocos cuadros que te llegan?
- Tampoco te digo que no...

Y mientras Pablo y Violeta se enredaban con esa charla sentados frente a frente en una de las mesas del Gran Café, se miraban de forma diferente a la conversación que llevaban sin darse demasiada cuenta ninguno de los dos, probablemente.

Violeta le decía que en esto de las artes más que la pintura o la escultura, le gustaba la literatura o la música. Pablo asentía a todo lo que le contaba pero viniéndole su imagen, unos minutos antes, cuando estando ya sentado en la mesa esperándola, la había visto venir caminando con aquel andar tan suyo por el bulevar, pararse ante la cristalera y mirar hacia dentro a ver si había llegado. Sin embargo ahora, no podía por menos de volver a sorprenderse de lo atractiva que le parecía.

Llevaba el pelo aún revuelto por el aire que se había levantado y vestía una chaqueta rosa que hacia resaltar el moreno de sus marcados pómulos y esos ojos oscuros, a veces tan tiernos y otras tan duros.

- Oye… - le dijo él
- Dime.
- ¿Nunca te fijaste en los comportamientos que se tienen con las diferentes artes?
- ¿A qué te refieres?
- Piensa un momento en la música, la literatura y en la pintura mismo, por poner unos ejemplos.
- Pienso…

Entonces Pablo comenzó a contarle las diferencias que él observaba y que aun siendo tan evidentes, no dejaban de sorprenderle.

- Mira… Si una pintora pinta un cuadro, todo lo que ha volcado en él, está en ese soporte, único e insustituible ¿de acuerdo? Sin embargo cuando Beethoven compuso el allegretto de la Pastoral, el soporte, la partitura, ya era lo de menos, igual daba una copia. Algo similar ocurre con la literatura en la que el manuscrito, aunque ahora ya ni eso, podía tener el valor que se quisiera pero en ningún caso literario.
- Pues mira nunca había pensado en eso...
- Pero hay más, en el caso de la pintura y la literatura la saboreamos directamente del horno, pero en lo que concierne a la música, hemos de paladearla, adulterada por la interpretación que el director haga de esa partitura ¿o no?
- Bueno, también en la literatura si no conoces el idioma del autor te tienes que tragar la traducción que ya no será igual... además, Pablo ¿qué me dices de esas obras que se tardó a lo mejor lo indecible en imaginarlas y darles la forma? Pues bien, en el caso de la pintura te basta con un pispás para apreciarla.
- Efectivamente, eso es así, la música te basta quizás con una hora y sin embargo, si hablamos de novela larga, ya es un tiempo, y no digamos nada si encima es un poco farragosa. Sin embargo, también, un cuadro y una sinfonía los vemos o escuchamos decenas o quizás cientos de veces, pero un libro... basta con una vez, aunque algunos extraños, entre los que me encuentro, lo relean dos, tres y hasta cuatro veces.

Y entonces, para que no le faltara nada a aquella plácida tarde, se puso a llover pegando los goterones contra la cristalera con un son tan rítmico y evocador que parecía que alguien lo hubiese estado diseñando. La tarde se alargaba, y una dulce y hermosa nostalgia empapada de lluvia se enroscaba entre los veladores y sillas del Gran Café como si no quisiera marcharse.

- ¿Sabes, Violeta?
- Dime - Le dijo acercándose para mejor escucharle, aunque creo que más de lo necesario.
- Pues nada, que hoy te encuentro más atractiva que nunca.

Violeta se quedó un poco parada mirando hacia el suelo, hasta que levantando la vista le dijo

- ¿Y eso me lo dices ahora, así de sopetón, cuando andaba yo desarmada escuchando tus conjeturas literarias? Siempre serás un bandido - lo miró de costado medio riéndose.
- Pero si no te lo niego, lo que ocurre es que ese sentimiento me ha venido así de pronto, por eso te lo he dicho, de verdad. De todas formas lo que he querido expresar es lo cómodo que me encuentro esta tarde tomando este café contigo.
- A veces, Pablo… a veces...
- ¿A veces qué?
- No, no te lo digo porque ahora me da vergüenza pero no te escaparás porque quizás después me atreva.
- ¿Sabes que esta canción que suena me recuerda a ti?
- Hombre... es evidente ¿No la habrás puesto tú como el que no quiere la cosa, no?
- ¿Yo...? ¡Válgame el cielo!






Cuando salieron del Gran Café ya había escampado, pero eso no quitaba para que, durante todo el paseo que les llevó hasta la galería de arte, Pablo no se quedara perplejo observando los preciosos ojos de Violeta que cuando miraban hacia arriba, parpadeaban con las gotas que aún salpicaban desde los aleros de los tejados.

- Oye narrador, aquí, aquí… soy yo, Violeta. Oye, déjame que haga un inciso, anda, déjame que explique o cuente yo alguna cosa ¿vale? Aunque sólo sea por cambiar un poco ¿de acuerdo?
- Pero si acabo de empezar, mujer…
- Va, déjame…
- Bueno.
- Pues mira, hablando de paseos, yo creo que cuando caminas al lado de alguien que de verdad te gusta, como entonces era mi caso, a mí por lo menos me pasaba y me pasa, te vienen unos irreprimibles deseos de que te coja por el hombro y te apriete fuerte contra él pero, por lo visto, o Pablo andaba despistadillo esa tarde, o creía que aún no había llegado el momento, fíjate, unos se pasan y otros no llegan ¿o somos nosotras las que primero no llegamos y luego nos pasamos? El eterno dilema. 

En fin, que llegaron a aquella exposición pero permaneciendo esos dos o tres milímetros de distancia entre sus cuerpos, durante todo ese tiempo que duró el paseo.

En la galería, lo de siempre, por un lado unos vinos y canapés, y por el otro mucha retórica pero también bastante perplejidad cuando la pintura no era figurativa, o al uso, que también a algunos les gusta decir.

Al salir chispeaba levemente, sin apenas notarse, eso que en algunas partes llaman calabobos, aunque ninguno de los dos, como poco previsores que eran, se había traído paraguas.

- ¿Sabes? es muy agradable ¿cómo se llama?
- ¿La pintora? Es algo seria pero sí que es muy agradable, se llama Norma.
- Ah, pues es un nombre muy bonito y además bien original.
- ¿Pero te gusta más que Violeta? - Y entonces, cogiéndole un pellizco en el brazo, lo amenazó como si se lo fuera a retorcer.
- En absoluto, en absoluto, qué más quisiera ella, dónde va a parar, de los dos sin lugar a dudas me quedo con Violeta, es un nombre mucho más sonoro y sugerente ¿no?

Entonces, la tomó por el hombro y atrayéndola hacia él la apretó fuertemente mientras continuaban con el paseo.

- ¿Sabes? Anoche me acordé de ti. Por eso lo de llamarte hoy.
- Vaya... ¿y qué pasó para que te acordaras de mí?
- Nada en especial. Bueno, es un poco largo de contar.
- ¿Tienes prisa?
- Ninguna…
- ¿Pues entonces?
- Bueno, pero ven, sentémonos aquí.

Se adentraron en un pequeño parterre que por allí había y, tomando unos periódicos que había cogido de la galería, Pablo los desplegó sobre el banco, un banco de esos de toda la vida que gustan tanto, los de madera pintada de verde, y allí mismo, bajo un gran roble, comenzó a contarle.

- Cuando yo era pequeño ¿sabes? me gustaba mucho la geografía y toda esa cosa de hacer mapas y remirar los atlas eran mi pasión, como aquel de Salinas ¿recuerdas? También tenía otros dos más. Me gustaba echarme en la cama y recorrer ciudades, montes, islas y ríos, montado en la yema de mi dedo índice culebreando por entre aquellas láminas y con la imaginación perdida, parándome o continuando según fuera el lugar. Todo esto, además, aderezado con la ilusión tan virgen de algunas lecturas que habían caído en mis manos. Entonces pensaba lo que me gustaría ir por ahí con un amigo que tenía en clase y al que también le gustaban esas cosas. Bueno, pues hoy me vinieron de nuevo a la mente esos días y aunque se me fueron las ganas de aquellos aires aventureros y sólo pienso en viajes plácidos, tranquilos y más cercanos, me pregunté que con quién me gustaría hacer ahora ese viaje, y en seguida me di cuenta de que no había otra que no fueras tú.

Y bajo la sombra de aquellos árboles oscuros, Pablo alcanzó a ver, aunque con dificultad, cómo aquellos preciosos ojos se sorprendían quedándose tan abiertos, tan abiertos… que parecían no creerse lo que estaban oyendo.

- ¿Eso lo dices en serio?
- En serio y totalmente de cachondeo, Violeta, porque no hay nada mejor para darle cuerpo a una verdad, que envolverla un poco en papel de guasa y ponerle un lacito de misterio. Así que ya sabes, si alguna vez te hablan así, ni por un momento lo dudes.
- ¿Sabes lo que te digo?
- ¿El qué?
- Pues la madre que te parió – y entonces cerró los ojos y, muy suavemente, dejó caer la cabeza sobre su hombro. Pero siguió hablando - ¿Sabes? me gustaría que esta noche cenáramos juntos.
- Pues eso está hecho – dijo levantándose – ya tardamos, no sabía cómo preguntártelo.
- Pero no, nada de ir por ahí ¿sabes? Tengo en casa una botella de un vino muy bueno, eso me dijeron, la podíamos abrir, además tengo queso, jamón, pan, una lata de espárragos, dos tomates…
- Pues tú no sé, pero esa cena yo no me la pierdo.
- ¿De verdad que te apetece?

Pablo le hizo una señal de asentimiento con la cabeza, y quedaron en volver a verse dentro de un rato.

- Pero yo llevo el postre ¿eh?
- Vale, pero no tardes que el tiempo es muy corto. Vamos, que vuela.



  

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