sábado, 1 de octubre de 2016




¡CADA VEZ ESTÁS MÁS GUAPA, MUJER!

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Me di cuenta que me había enamorado cuando supe que desconocía por qué me gustaba tanto.

Había oído hablar tanto de ella que, a pesar de eso, jamás pregunté si era rubia, morena o tenía rojo el cabello.

Hasta que una noche, enredado en la madrugada, vi de cerca sus ojos fenicios, azules y verdes, negros y moros, noté el perfume de su cuerpo salino y sentí, como propio, sus más cercanos latidos.

Sus cercanos latidos justo al abrazarnos al doblar la esquina de esa calle cualquiera, con el viento entreabriendo su falda y la brisa en su boca de nácar.

Me vuelve loco el salitre, pero también sus ojos cuando saben que no los miro porque entonces sé que me miran ellos. Me vuelve loco el salitre pero el que por la tarde, atrevido, en su espalda ronea, cuando asoman sus andares que por esa playa pasea.

Y así, al arrullo de la brisa marina, con olas de belleza infinita, se me queda soñando el alma mientras dormida suspira.

Nunca entendí ni quise pegar un tiro al aire ni que cayera en la arena. Los tiros con tapones de corcho o con pistolas de agua buena, y menos aún hablando de ella con su cuerpo de cisne y su mirada serena. Siempre quise besar sus labios de mar y de arena y que muriera de celos la luna, pero también de pena. 




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