jueves, 24 de noviembre de 2016



EL ASCENSOR ENAMORADO. CUENTO PARA MAYORES

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Subibaja era un ascensor de una rara madera tropical, de esos que ya no quedan, de esos que ya no suben y bajan como él sigue haciéndolo en esa casa señorial. 

Con aspecto de confesionario de majestuosa catedral, Subibaja se adornaba, en sus adentros, con una banqueta de terciopelo rojo, imprescindible marchamo de todo ascensor de alcurnia que se precie. En su gran espejo de cuerpo entero, todos sus vecinos se miraban expectantes esa arruga que antes no estaba, pero sin nadie reparar que era allí, tras la pátina de aquel veteado espejo, donde el alma de Subibaja tenía su guarida.

Pues bien, aquella noche de fiesta, su adorada Nuria del Vall entraba esplendorosa en él, mientras el aura del perfume que la envolvía inundaba toda la cabina.

- ¡Pero qué aroma! - musitó Subibaja - ¡qué bien huele mi adorada!

Con un vestido verde oscuro, elegantísimo, un discreto collar y un gran abrigo negro al brazo, Nuria del Vall se miraba en el espejo esponjándose la melena con la otra mano y ensayando la más seductora de sus sonrisas. Segura y arrebatadora, Nuria salió del ascensor, cruzó el vestíbulo y, a los pocos segundos, en el amplio zaguán sólo quedó flotando, el difuminado eco de sus tacones.

A esa misma hora, en otro ascensor de un moderno edificio de la ciudad, un individuo se miraba en el espejo barruntando que igual esa noche se iban a quedar mudos hasta los grillos. Bien afeitado y con un traje de impecable corte, el individuo se ajustaba el nudo de su corbata italiana, mientras carraspeaba con discreción. Salió del ascensor, saludó al conserje y, en seguida, se fue caminando bulevar arriba.

Mientras, subido allá arriba, por las inmediaciones del ático, con sus geométricos calzoncillos de madera y su dorada cadena colgando como leontina de un viejo reloj, Subibaja, el ascensor enamorado, rezongaba en un duermevela soñando a ratitos con su amada. 

Hasta que rayando la madrugada, unos ruidos lo despertaron. Era su adorada que regresaba de la fiesta.

Nuria venía con esa pinta que se les queda a algunas mujeres, a unas más que a otras, cuando regresan de madrugada. Cansada, como si la noche no hubiera sido lo apasionante que prometía, que al parecer no era éste el caso pero que, de todas formas, la pinta era la misma:

Sus ojos se balanceaban en un laguito de alcohol como si se hiciesen aguadillas el uno al otro. Sentía también su lengua pastosa del tabaco fumado pero resbalosa a la vez quizás con la forma del último lance vivido. Aquellos hombros redondos y firmes que, tan sólo hacía unas horas, bajaron lozanos y altivos, regresaban ahora con sus tirantes vueltos y asimétricos donde su acompañante, seguramente, intentó rumiar sus últimos deseos.

Inmediatamente tras ella, venía el que horas antes bajaba en el moderno ascensor de aquel otro edificio. Venía, con esa pinta que se les queda a algunos hombres, a unos más que a otros, cuando regresan de madrugada. Cansado, como si la noche no hubiera sido todo lo elocuente que prometía - que tampoco parecía ser este el caso pero que de todas formas la pinta era la misma:

Con los ojos idos y un golpe de tos en los pulmones, el acompañante se recostaba frente al espejo. Aquella corbata italiana, anudada hacía tan sólo unas horas, con primor cartesiano, se desgarbaba floja y desaliñada como una serpiente ebria entre su chaqueta mal abotonada. Junto a la hebilla del cinturón, su camisa, antes tersa, flotaba ridícula como un velamen sin brisa, enseñando un ombligo sin atractivo digno de resaltar, para qué nos vamos a engañar.

Una vez que entraron en la cabina y apretaron el botón de Subibaja, que le dolió como si le desgarraran el alma, Nuria y su acompañante comenzaron a besarse entreabriendo sus bocas como si ambos bebieran del mismo botijo mientras tras el espejo, con el mayor de los quebrantos, Subibaja asistía atónito a la escena que contemplaba... Nuria apretando sus muslos contra los de su acompañante sintiéndolos - si el de Fuentevaqueros me cediera la licencia de sus versos - la mitad llenos de lumbre, la mitad llenos de frío.



Fue el momento en que se dieron la vuelta - para mayor escarnio de Subibaja - apoyando ella su rostro contra el viejo espejo de azogue, y el acompañante completamente decidido a trocar el natural sentido de las cosas. 

Y así, acunándola como si le fuera a cantar una nana, Nuria recibió extasiada su tibia concupiscencia justo en el momento en que a Subibaja se le cayeron dos grandes lagrimones que, los invisibles cronistas de la casa, contaron que le habían salido de lo más profundo de su alma.




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