domingo, 18 de diciembre de 2016




LA CANCIÓN DE LA LUNA

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Aquel adolescente era tan enamoradizo que, a sus trece años, había tomado por costumbre listar las muchachas que más fervor le inspiraban, numerándolas del 5 al 1. 

Bueno, pues con los años se hizo mayor y, naturalmente, fue perdiendo esa costumbre de numerar a las muchachas, pero sustituyéndolas por otra clasificación aunque esta vez, no nos equivoquemos,  referida a la música. 

Sin ir más lejos, el otro día, mientras se afeitaba, me contó cómo estaba ahora la situación aunque solo me habló de la primera, de la que ocupaba en ese instante el número uno de sus preferidas, enredándosele en no sé qué parte de su cerebro o su alma, hasta que cuando otro día la volvió a oír, quedó de nuevo prendado.

Me dijo que era la Canción de la luna. Un aria de la ópera Rusalka de Antonín Dvorak. Entonces, yo me atreví a preguntarle...

- ¿Pero es la misma sensación que cuando..?
- Hombre, la misma... claro que, salvando las distancias y que a una solía encontrármela por alguna esquina o por una calle solitaria viéndola de lejos venir, a la otra, en cambio, solo me topaba con ella en las ondas, sin reconocerla al principio, pero luego al cabo de cinco o seis notas, totalmente y con gran dicha y emoción.

- Ayer - me dijo - para que te sirva como ejemplo, me la encontré no en ningún parque ni yendo camino del cole, sino saliendo de los mismos pulmones y garganta de la Netrebko en no sé qué medio.

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Excepcional escenario el del Teatro del Bosque al aire libre de Berlín. Nada debe reconfortar más a un director que los dos besos y el abrazo de la diva. Y encima, cuando él ya se retiraba, Anna le hizo un bis. A mí, se me hubiera caído la batuta al suelo. Vamos, como para morirse.





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