viernes, 6 de enero de 2017




VOLVER

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Volver, que en el caso del pueblo que te vio nacer, es ese verbo que dice tanto y cuanto y que su mayor dimensión la alcanza cuando el tiempo se va estirando, estirando... que lo de los veinte años no es nada, que febril la mirada, es solo una verdad sincera o una pura quimera.

Porque hubo quien no pudo aguantar ni un año, y a otro, sin embargo, eso de volver tan pronto le resultaba extraño. Hasta que volvieron a pasar más años y se dio cuenta de que había cambiado todo tanto... que su esperanza se ilusionaba solo y a lo lejos, en reencontrarse un día con sus recuerdos.

Rondando los cincuenta de ausencia, él trataba de adivinar el parpadeo de las luces de la bahía que antes eran pocas y hoy serían demasiadas. También las hijas de la bocana, Alfau, la de los ojos grana, Puntilla, de los ojos verdes... que te quiero, que te quiero verde.

¡Oh de aquellas luces que alumbraron su juventud y adolescencia, entre soplos salados de besos robados, entre el Puerto, el Cristo o el Jardín de los Enamorados.

Tampoco creo que él tuviera miedo del reencuentro que le apetece más que nada, aunque de lo que sí tiene miedo es de que ese reencuentro no se produzca con algunos en vivo, por haber muchos de ellos desaparecido.

Volver con la frente marchita pero tan llena de recuerdos que le daba igual que le platearan o doraran sus sienes, pues su mirada errante la buscaría entre las sombras de aquella calle que rondaba, por mucho que esas estrellas desmemoriadas ya no se acuerden de nada.



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