martes, 7 de febrero de 2017




UN DÍA ENTERO AL LADO DE CLARA

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Aquí comienza la breve pero intensa historia de un día que Carlos pasó al lado de una madrileña excepcional. Se llamaba Clara y la conoció en un agosto del cincuenta y muchos en la preciosa ciudad de Ceuta. Ciudad que fue, sigue siendo y será, el único y veraz vivero de sus adolescentes recuerdos.

LA MAÑANA EN LA PLAYA DE EL CHORRILLO
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Clara, su primo y Carlos, como cada mañana de aquel mes de agosto, habían ido a bañarse a la playa de El Chorrillo. Tumbados en la arena y empapándose de aquel sol mañanero, descansaban de las brazadas dadas después de haberse vuelto de la roca de los cien metros, hasta donde decidieron nadar echándose una carrera.
- Si hubiera sido sólo hasta la de los cincuenta, seguro que habría ganado yo - murmuró Clara bocarriba, con los ojos cerrados y la respiración aún jadeante.
- Eso seguro - exclamó su primo – eso no hay ni que discutirlo, no me cabe la menor duda, tenemos aquí a Esther Willians en persona.
Clara se echó a reír mientras Carlos, de medio lado, observaba cómo en ese momento dos gotas de agua que le salían del pelo, rebasaban su mejilla y cruzaban hacia su boca. Pero ella, como una experta camaleona, las quitó de en medio de una rápida lenguarada. Clara, como ya he dicho, era de Madrid y había venido ese verano a Ceuta para pasar todo el mes de agosto en casa de sus tíos.
Con su primo, aunque eran del mismo curso, Carlos no tenía una especial relación, pero un día se los encontró frente a la estatua de González Tablas y entonces se la presentó. Le pareció muy simpática, y esa misma tarde recorriendo de parte a parte el Paseo de las Palmeras, no pararon de charlar, bueno, el primo no tanto. Desde entonces, ya fue raro el día en que no quedaran para ir a la playa por la mañana y por la tarde en el Paseo para dar una vuelta.
Pero cuando Carlos andaba recordando ese primer encuentro, la voz de su primo sonó autoritaria volviéndose los tres a levantar para correr rápidos hacia el mar. Esta vez nadaban más rápido que antes, porque sólo fueron hasta la roca de los cincuenta, con Clara delante nadando al crowl como una descosida. Al llegar...
- ¿Qué os dije, eh?
Y efectivamente, como antes había vaticinado, les ganó a los dos la carrera. Un ratillo en la peña y de nuevo regresaron para tumbarse en la misma posición que antes, como si no se hubieran movido del sitio en toda la mañana. Con sus ojos cerrados y con aquel sol brillando sobre su cara morena, Carlos la encontraba muy guapa, que digo muy guapa – me dijo el día en que me contó la historia - ¡guapísima! De vez en cuando, Clara dejaba escapar un hondo suspiro que hacía subir lentamente su pecho hasta taparle a Carlos el horizonte para que, décimas de segundo después, poco a poco bajara de nuevo para mostrarle la línea del final del mar.
Fue entonces cuando Carlos se dio cuenta de que sentía por Clara algo especial, algo… que le obligaba a no parar de mirarla o a pensar continuamente en ella aunque la tuviera a escasos milímetros, como en ese momento ocurría. Yo no sé si ella lo notaba o no, seguramente que sí, pero a él le daba igual. Disfrutaba mirándole su boca que no paraba quieta relamiéndose sus labios como si se hubiera tomado algo muy dulce o salado, y le gustaba además extasiarse con aquellas largas pestañas que parecían medio dormidas, como si ellas también estuvieran cansadas de tanto nadar.
- ¡Pero es que estaba tan guapa… pero guapa de morirse! – me dijo.
Y de pronto, como si Clara no pudiera aguantar más ese sol abrasador o hubiese notado que Carlos la mirara alguna que otra vez medio embobado o embobado entero, se incorporó de golpe y le habló a su primo.
- Oye primo... ¿tengo algo en la espalda? es que me pica un montón.
- A ver... a ver qué le pasa ahora a la más favorita de mis primas...
- No voy a ser la favorita si soy la única…
- Pero si tienes toda la espalda veteada de salitre, no te iba a picar, ángel mío... eso, primita con una buena ducha cuando lleguemos a casa todo arreglado. Es más, si quieres, yo mismo te enjabono la espalda antes.
- En eso estaba yo pensando, mira qué listo – y entonces se volvió hacia Carlos.
- ¿Oye, Carlos, de verdad que pica tanto el salitre?
- En eso no te puedo ayudar, Clara, porque yo de salitres… es que ni idea.
Media hora más tarde, caminaban por la achicharrante Carretera Nueva que mirándola, así a lo lejos, un poco al ras, parecía un desierto de asfalto con sus espejismos y todo. Con sus toallas sobre la cabeza, derrengados por el calor y el abrasador sol que no paraba de pegar, parecía como si fueran a refrescarse en vez de venir de allí. Doblaron entonces hacia la Plaza de África y allí se separaron. Ellos se fueron hacia su casa y Carlos tiró por la calle Jáudenes, más larga que ninguna, por lo visto.
Mientras caminaba, Carlos no podía quitarse de la cabeza la arrebatadora imagen de Clara tumbada al sol. Chupó entonces, instintivamente la toalla y la notó ¡tan salada...! me dijo que incluso más que otros días. Quizás por eso, se acordó de su espalda, de esa preciosa espalda veteada, a la que él le hubiera quitado, aunque tuviese que haber sido a besos o lametones, aquel tirante y picajoso salitre.

LA TARDE EN EL PUERTO
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Bueno, pues esa misma tarde y como todas las que le sucedieron después, aquellos tres adolescentes solían quedar en el Paseo, apoyados en la balaustrada, justo en frente de González Tablas para darse su acostumbrada caminata. Había días que incluso llegaban hasta la Puntilla.
Esa tarde, bajando por la rampa del puerto, Clara hablaba y hablaba de todo sin parar, de algunas de sus amigas de Madrid, de su colegio, de cómo era la capital de grande… pero también de lo que siempre le había gustado Ceuta.
- ¡No sabes cómo me gusta el olor de este puerto! ¡Cuántas veces lo eché de menos!
- ¿Pero tú habías estado otras veces aquí? - le preguntó, Carlos.
- ¡Claro! ¡pero si ya te lo dije! De pequeña viví unos años aquí con mi tía. Si os fijáis - y entonces abrió los brazos, se paró y puso cara de como si todos tuvieran que guardar silencio - siempre hay un olor por encima de los demás, unos días más fuerte, otros menos... pero siempre esa mezcla de mar y de brea.
- Pues lo mismito que ocurre con los membrillos, Clara - intervino su primo - oliendo siempre a membrillo ¿o no? ¿pero a qué quieres que huela el puerto, Clara? ¡pues a puerto! o sea - y entonces el primo cortaba el aire con su mano como aclarando conceptos - ¡a mar… y a brea!
Así que pensando que se había vuelto medio majareta, el primo los dejó y fue a sentarse en una escalerilla que llegaba hasta el mismo nivel del mar. Entonces, con un trozo de cerámica que se habría desprendido de algunos fardos descargados, cabrilleó con él sobre el mar lanzándolo con fuerza y habilidad para que rebotara tres... cuatro... y hasta cinco veces sobre la superficie antes de hundirse en la dársena.
- ¿Y los sonidos? ¿no te gustan? son fantásticos. Los graznidos de esas gaviotas que revolotean altas y sin rumbo, nunca supe si son alegres o tristes. De pequeña, me gustaba asomarme a la ventana para oír las sirenas de los barcos. La ronca del transbordador me gustaba mucho, la aguda de los barcos de guerra que sonaban como si les hubiesen pisado el rabo, me impresionaba, pero mi sonido preferido fue siempre el tap-tap que hacían las traineras cuando regresaban a puerto, como si quisieran mostrar, de esa forma, que navegaban contentas por haber tenido un buen día de pesca.
- Pareces toda una experta en sonidos ¿eh?
- ¿Tú crees? - y se echó a reír mirándolo de cerca y cambiándose el pelo de lado en un gesto de coquetería que le gustó - ¿pero dónde se ha metido mi primo?
- Está allí, sentado en aquel noray, junto al barco aquel tan azul ¿lo ves? - y la tomó del brazo para señalárselo.
- ¿Y qué me dices de las pobres maromas - y entonces apoyó su antebrazo en el hombro de Carlos según caminaban – todo el día crujiendo como si ya estuviesen hartas de tener que estar atando siempre a tanto barco?
Carlos disfrutaba mucho con aquella inocencia de imaginación y con la confianza que le demostraba apoyando su brazo en su hombro. En ese momento, un barco de carga zarpaba bordeando el Muelle España y dirigíendose a la bocana. Un marinero, muy cachondón, les hacía señas desde la popa y luego les mandó un beso. Clara, siguiéndole el juego, le devolvió el beso y le dijo adiós moviendo el brazo en alto de un lado a otro.
- ¿Hacia donde irá?
- Ni idea pero por la forma de navegar creo que a Pernambuco.
- Tú eres un cachondo, eh.
Comenzaba a marcharse la tarde. El sol, ocultándose tras la Mujer Muerta, le miraba de paso el ombligo mientras las cocorotas de los edificios del Paseo naranjeaban como si aquello les diera vergüenza, mientras se decían unos a otros
- ¡Pero qué indiscreto es este sol, por Dios!,
Subieron la rampa del puerto de regreso, el primo haciendo equilibrios sobre la ancha baranda, Clara al paso de Carlos y él procurando ir al de ella. Cuando cruzaban el Puente del Cristo sobre el foso, un recluta pasaba deprisa frente a la hornacina del Cristo saludándolo marcial como si aquella imagen tuviese algo que ver con un general.
A esa hora de la tarde, qué bien estaban en el puente, arriba del foso cuando, con Clara asomada al mar, el viento le zarandeaba el pelo y a Carlos le llegaba su aliento. ¡Y es que le gustaba tanto su olor…!

Y LLEGÓ LA NOCHE
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Justo a las once en punto, fumándose un 'Kool' - esos cigarrillos tan mentolados que, cuando los aspirabas con fuerza, te entraba el frescor hasta el dedo gordo del pie - de un medio paquete que le había mangado a su padre, Carlos llegó al banco de piedra de la escalinata que había a la entrada de la Plaza de los Reyes, ésa que estaba junto a la Iglesia de San Francisco y que subía en zig-zag.
Como muchas noches de verano, ésa hacía un poco de niebla, por eso las barandas del “Jardín” porque así llamaban de pequeños a la Plaza de los Reyes, exudaban sus humedades en diminutas gotas que caían redondas sobre la húmeda acera.
Cuando Carlos adivinó a Clara allá a lo lejos, viniendo hacia él, llegó a desear que no hubiese sido tan pronto y que quedara un poco en suspenso, ese momento de si viene o no viene, de si parece que es ella o no es ella. Por eso él hubiera preferido que la blusa rosa y el "Dombros" azul marino que traía anudado al cuello, no hubiese aparecido tan de repente poniéndole límites a su imaginación.
- ¿Y tu primo, no viene? – inició la conversación, con la torpeza del todavía impresionado por su imagen, pero recogiendo velas, en seguida rectificó – Bueno, quizás ha sido mejor que esta noche se quedara en casa ¿no? - y entonces Clara lo miró con ojos de decirle - ¡pues naturalmente que no ha venido, imbécil! – pero ella no lo dijo porque Clara era la educación en rama, aunque… mirarle con sorpresa sí que lo miró.
Se dirigieron hacia hacia el cine de verano y en unos cuantos minutos, entre conversaciones y risas de Clara, que se reía de todo lo que Carlos le contaba, llegaron a la Terraza Cervantes. Esa “terraza” que estaba antes de llegar a la Plaza Azcárate, a la derecha, subiendo unas escalinatas de espaciados escalones, por donde casi siempre olía a pimientos fritos. Ponían “Fuego Verde” y aunque era una película que Carlos ya había visto, poco le importó con tal de verla con ella.
Compraron en un carrillo unos cucuruchos de pipas y, al sentarse, Clara se los puso en la falda. Entonces, cuando en la mediana oscuridad se cruzaban alguna mirada, sin él quererlo – por lo menos eso me aseguró el muy falso - Clara le sonreía mostrándole la falda por si quería más pipas. Pero Carlos ya estaba harto de tanta pipa, tenía los labios irritados de sal y lo único que ansiaba era que se le ocurriera algo original que decirle, algo bonito que no fuera demasiado cursi y tener el desparpajo suficiente para mirarle la blusa – con la misma naturalidad con que Stewart Granger lo hacía en ese momento con Grace Kelly - y también aquellos ojos verdes, como dos ciruelas verdes.
Acabado el cine, con la gente desperezándose sin el menor miramiento, vamos, como si estuvieran en el dormitorio de su casa, salieron de la Terraza Cervantes mientras alguien decía, no sé si cachondeándose o no…
- ¡Qué bonita ha estado la película, ha sido de amores…!
Echaron calle Real abajo disfrutando de la noche y de aquel airecillo tan agradable. Carlos notaba que el simple hecho de ir paseando a su lado ¡le gustaba tanto! Por el Vicentino y La Campana, unos camareros agrupaban las mesas (naranjas y negras) de La Campana y (azules y negras) las de El Vicentino, señal de que había acabado el día.
En un pispás, porque se le hizo cortísimo, llegaron hasta el final del Paseo. Entonces, apoyados en la balaustrada de aquellos jardincillos del Puente del Cristo, observaban la lengua oscura del Estrecho que pasaba silenciosa, frente a la ciudad, deslizándose como si fuera un monstruo marino. Se miraron fijamente y, en un arranque de desconocida audacia, Carlos se atrevió a cogerle la mano, ella apoyó la cabeza en su hombro y le dijo.
- ¿Sabes...? a veces es todo tan bonito... ¿verdad?
Y como no se pudo aguantar al notar cómo lo miraba, Carlos la besó en el pelo y, con cierta timidez la cara, mientras los ojos de Clara, mirando hacia el frente, parecían reflejar unas olitas muy blancas que se acercaban corriendo desde la bocana. Y entonces llegó ese momento, ese instante supremo en que, sin tomar ella ni él ventaja, se dieron un beso tan atropellada y tan torpemente que nunca a ninguno de los dos lo volvieron a besar mejor.

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Cuando acabó agosto, llegó una despedida que nunca comprendieron por qué tuvo que ocurrir. Durante un tiempo se escribieron hasta que las cartas se fueron espaciando tanto, tanto… que creo que Carlos siempre esperó la que nunca acabó de llegar.
Aproximadamente unos veinte años después, cumplidos Carlos los treinta y tantos, casualidades de las que siempre se habla pero que pudo comprobar que efectivamente ocurren, se encontré con su primo en Madrid después de tantísimo tiempo sin verse. Le preguntó y Carlos le dijo que quizás sí, que quizás algún día volvería por Ceuta, entonces Carlos le preguntó también y el primo le contestó que él a lo mejor también pero que Clara no volvería nunca más.
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In memoriam.



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