jueves, 2 de marzo de 2017




GAFAS SOBRE UN LIBRO ABIERTO


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Ella tenía un Café, un agradable Café de esos antiguos que conservan todo el caché de antaño en sus veladores, en la luz tamizada que se filtra pidiendo permiso a los ventanales, y en el penetrante aroma de esa cafetera de las de antes.

Se sorprendió cuando lo vio llegar y sentarse. Parecía muy serio, aunque cuando se dirigió a ella para pedirle un café y unas pastas lo hizo con una exquisita cortesía. 

Preguntó dónde podría lavarse las manos y ella se lo indicó. Y aunque regresó con el café y las pastas justo cuando salía él del pequeño pasillo, a ella todavía le dio tiempo a fijarse en el libro que había dejado abierto.

No distinguió el título pero alcanzó a ver el comienzo de un párrafo que decía... 

"En la estación de trenes ella esperaba sin prisas" 

¿Es que acaso puede esperarse con prisas? - fue lo primero que le vino a la cabeza.




Porque... la espera es algo que no se puede controlar. Ni espaciarse ni acortarse, es una profunda indefensión que nos envuelve. No obstante ella lo observaba desde detrás de la barra, tan cerca, como si estuvieran sentados en la misma mesa.

Entonces, cuando después de un buen rato leyendo, acabó de un golpe el culillo de café que le quedaba en la taza, cerró el libro, se despidió amablemente y salió.

Pero a ella le quedó en suspenso ese sentimiento, ese regusto esperanzado de que a lo mejor mañana o cualquier otro día, él podría volver por allí. Sin embargo ella tenía que limitarse a esperar ¿Ahora con prisas? porque a saber cuando volvería a verlo y sentir su mirada en ella de nuevo. Porque no sabría donde encontrarlo y solamente en su Café esperarlo, enchufó entonces la megafonía y, encendiéndose un cigarrillo, se puso artísticamente a fumarlo. 

Ella, no sé si se me pasó o lo dije, tenía un bonito Café, un agradable Café de esos antiguos que conservan aún dentro su admirado caché. 



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