martes, 14 de marzo de 2017




UN POQUITO DE RYANAIR

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Recuerdo, como si fuera hoy, aquellos días en que Meryl me contó que tenía una granja en África. Me acuerdo también de cuando me dio las gracias por la pluma que le regalé o cuando le lavé el pelo, sintiendo su cabeza entre mis manos cerca de aquella corriente que saltaba entre las peñas, y teniendo cuidado de no mojarle los ojos.


Otro momento que recuerdo  muy bien fue la noche en que encendimos un fuego y estuvimos charlando durante largo tiempo. Aunque Meryl no fue nunca una mujer esencialmente bella, esa noche la encontré muy atractiva, sobre todo en esos momentos en que su rostro se desvanecía o refulgía según la fuerza de aquella fogata que yo atizaba con un palo. 


También recuerdo el día en que me preguntó que cuando la llevaría a volar y yo le respondí que un día de estos. Pero a la mañana siguiente ¿para qué tanto esperar? sobrevolé su granja en la avioneta y, al aterrizar, me dijo que adónde pensaba llevarla. Yo le contesté que a Mombasa, entonces quiso saber que cuándo había aprendido a volar y, aunque le dije que ayer, al encaramarse a la avioneta quizás intentó decirme que no le importaba demasiado si por una de aquellas tenía que morir a mi lado.
¿O quizás estoy exagerando? Bueno, pero tampoco mucho ¿no? pero... ¿a que es bonito? No, el paisaje no, sino su alocada determinación a que voláramos juntos sin importarle nada más. 
El vuelo, remontando la sublime belleza del río Zambeze, fue algo difícil de contar y maravilloso de recordar, como el olor de su pelo que en todo el vuelo, no me dejó admirar tan bello paisaje.
Y es que hay cosas que, aunque uno sea muy famoso por esto de las pelis, nunca pueden olvidarse como, por ejemplo, cuando echó su mano hacia atrás para que yo se la apretara.
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Roberto, el Redford






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