sábado, 22 de abril de 2017




UN BESO Y NADA MÁS

.

Recordaba que siendo aún muy jóvenes, anochecía en ese banco de piedra que había en la Plaza de los Reyes junto a la Iglesia de San Francisco. Entonces ella le dijo:

- Bueno, un beso y nada más pero aquí no.
- ¿Entonces donde?
- En la Marina, pero mañana, hoy ya me tengo que ir.

¡Cuánto hubiera dado entonces no por un beso nada más, sino que me hubiera bastado con mirarla muy de cerca una y otra vez.

Sin embargo ahora, qué extrañas me parecieron todas esas frases y palabras. Yo que luego me bañé en playas de tantos colores, incluso en algunas llenas de verdosas algas y hasta con tiburones. 






CADA VÍDEO TIENE SU MÚSICA Y SU LETRA

.
Me gusta el invierno con su gorro de cielos encapotados, no tanto el verano con demasiado calor y sus playas con transistor. Me agrada la primavera y me entusiasma el otoño con la Margarita de Dumas y sus sonatas de Mozart y Valle Inclán. 

¿Verdad que hay veces que cuando escuchamos una canción, inconscientemente le vamos poniendo letra? ¿A ti no te pasa? Pues a mí sí, y si es un vídeo musical, me da por escribir todo lo que voy observando.

No sé por qué pero me ponen las vías por las que discurre ese viejo tranvía color mandarina, o una estación de trenes con sus mojados andenes, sus resoplidos y silbidos, nostalgias de encuentros y despedidas. 

Un hombre, en la borda del barco que acaba de zarpar, fija la vista en la espalda de una mujer que mira hacia las muelles donde una desdibujada figura le dijo adiós con la mano, y ella lo piensa. Más allá, un barco de vela cruza la dársena al tiempo que la muchacha que se apoya en la proa, se da cuenta de que el verano ya se está yendo. 

Por cierto ¡qué elegante le sienta el negro a la elegancia que, con esa sofisticada pamela, le da un punto de glamour! La he llamado por teléfono y estaba comunicando, a saber con quien estaría hablando. Me gusta cuando se pone un sombrero de hombre y ella lo sabe, por eso cuando me quiere gustar se lo pone. 

Un día me dijo que le parecía verme en todas partes: En el casino, en la playa, en el aeroclub... y a mí aquello me hizo venirme arriba ¡qué le vamos a hacer! simple que a veces es uno, pero me la sopla esa vez serlo.

Cuando una mujer se echa de cúbito prono, suele siempre doblar las piernas en angulo recto, elevando sus pies. A mí entonces me parecen dos cisnes discretos que empezaran a representar la ceremonia del cortejo.

Hace tanto tiempo que no voy a un cine de verano, pero cines de los de antes, no estos que salen en las pelis, que son para coches americanos, y chuletas con motos imitando a Marlon Brando.

Me fascina el color ¡cómo envidio las paletas de algunos pintores con esas impresionantes gamas que los cuadros jamás podrán tener pues pasaron antes por la censura y el consenso, pero más del propio que del ajeno. 

Cómo me gusta admirar esas pinturas de calles mojadas llenas de paraguas de Cherburgo donde brilla la luna y una lluvia demente repiquetea y a continuación los mece.

Cuando ya se había ido la tarde, aprovechando que pasábamos por una calle solitaria, al llegar a la misma esquina, se pegó a mí y me tomó por la cintura. Me dijo que era para no mojarse. Y como soy tan desconfiado, esta vez también la creí.


lunes, 17 de abril de 2017




CANCIÓN DE MADRUGADA

.
A la nostalgia creo que le sienta bien la buena memoria. La de un pueblo marinero, en lo alto encaramado como un gran sombrero, un gran sombrero blanco.




Un mar brillante de azules, un olor, un aroma de prendas tendidas al sol, una campana vieja, una bandera, una bonita canción, frases jamás oídas, una caricia amiga y un rostro que no se olvida.







AQUELLA NOCHE EN KENIA 

.
De repente, se oyó el sonido de esta bellísima música




Y escuchándola, a ella le encantaba aún más que le hablara con esa voz tan grave, mientras observaba su rostro iluminado por la fogata que él mismo avivaba moviendo sus brasas con un palo.

De vez en cuando, en las pequeñas pausas que tenía la conversación, ella escuchaba con atención el chisporroteo que hacía la leña al arder, aspirando su calor y su olor.



De pronto él le dijo que amando como siempre había amado su elegida soledad, tampoco era algo que en estos momentos le preocupara tanto. Ella le preguntó que cuál era la causa, y él le respondió que no acostumbraba a contestar lo que tan evidente parece.

Entonces ella, bajó la vista con tan leve sonrisa que solo se adivinó la de sus ojos, y él continuó atizando aquellas brasas con el palo, mirándola de vez en cuando.