sábado, 8 de julio de 2017




SIEMPRE NOS QUEDARÁ UN NOVIEMBRE 


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Fue en aquel Café, el de las tazas frías, destellando tu corto vestido, mi mano atrapó con suavidad tu pantorrilla. Luego nos fuimos por tu Madrid, borrachos y descalzos, el corazón desatado y tres caricias por encima de tus pies helados.






Me acuerdo de Marrakech, de su mercado y de aquel ensueño de hotel, el Marrakech misterioso, siempre de rojo, con el zoco pintiparado para dos corazones rotos.




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A veces los recuerdos, los parisinos, son navajas de acero o frases olvidadas en un viejo tintero. Recuerdos de sillas vacías en el bulevar de las hojas muertas de otro noviembre en París, sin nadie a quien mirar, ni nadie con quien discutir.











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