viernes, 4 de agosto de 2017



LOS LACRIMATORIOS


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Hace muchísimos meses, aproximadamente unos 24.000 más o menos, febrero arriba, febrero abajo, existía entre los ciudadanos de la imperial Roma, la costumbre de exteriorizar sus penas de una manera muy especial. Para lo cual se servían de un pequeño y alargado recipiente de vidrio, llamado lacrimatorio, en el que vertían las lágrimas producidas por cualquier tragedia.

Tragedias que, verbigracia, podían deberse a que Vinicius Augusto hubiese dejado a la frágil y delicada Sempronia o, por contra, a que la lasciva Pompeia hubiese coronado al mismísimo Legado de Roma en las Galias, Mamercus Manso, no precisamente con una corona de laurel.

Claro que también podría usarse, dicho recipiente, por la muerte de un amigo, como le ocurrió a Nerón cuando le comunicaron que su asesor de mente e imagen, el gran Petronio, se había suicidado, y además sin su permiso, pero es que el pobre ya no podía aguantarlo más. No obstante, según se desangraba, le dictó una carta a su escribiente, donde ponía a su asesorado Nerón como chupa de dómine.




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