viernes, 9 de febrero de 2018

UN VIAJE COMO NO HUBO OTRO

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Habíamos llegado a aquella ciudad rendidos por los muchos kilómetros recorridos en tan largo viaje. Así que, instalados por fin en el hotel, nos fuimos directamente a dormir.

Pero cuando ella hizo ademán de acunarse en mis brazos, le dije que no, que esta vez sería yo el que me acunaría en los suyos. Así que como un niño me fui quedando dormido, mientras notaba el placer y el celo con que ella me acariciaba el pelo.

A la mañana siguiente después de ducharme, observé que aún seguía durmiendo ¡Estaba tan bonita...! que hubiera sido una torpeza despertarla. Así que me vestí y me fui a dar un paseo. Siempre me gustó mucho aquella ciudad con su gran plaza cuadrada y sus viejos soportales de piedra.

Como lloviznaba un poco, caminé bajo ellos admirando el sinfín de cosas bonitas que en esa ciudad había, aunque siendo muy consciente, de que la más preciosa de todas era mi bella durmiente.


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