A veces, cuando caminaba yendo de su barrio al de ella, aquel muchacho se preguntaba si era merecedor del cariño que su amada le demostraba. Por eso, sin recibir nada a cambio, él siempre pensó si fuera necesario, dar hasta la vida por dormir una noche en sus brazos.
Recordaba que una vez ella le dijo que no había soledad más bonita que la que se vive juntos, aunque en ese momento no se estuviera.
COSAS QUE SE ME OCURREN Y A VECES GUARDO
1.- Nunca le niegues a un hombre el derecho
a ponerse tierno - le dijo una vez, aún no se sabe quién... a una sorda.
2.- Una noche de larga charla pausada, en
la que mi amante y yo nos sincerábamos, ella me aseguró que jamás me había
engañado con nadie.
-
Pues no sabes el peso que me quitas de encima pues yo creía que...
- Además – me cortó rápida – te juro que de
ahora en adelante no volveré a hacerlo.
3.- De verdad, de verdad te lo digo que no
estoy segura si anoche llegamos a besarnos.
- ¿Pero cómo puedes dudar de eso, mujer?
- Ay, hijo, es que estaba todo tan
oscuro...
4.- Desde luego tienes mucha razón que
aquella anoche fue inolvidable pero... ¿quieres creer que ahora mismo no caigo
de qué noche me hablas?
5.- Había llegado a la ciudad por la noche.
Al día siguiente se levantó muy temprano y, siguiendo al dedillo las
recomendaciones de una amiga, ocupó la mañana en visitar una ermita del siglo
XIII, unos frescos de una pequeña colegiata que había por el centro, y
finalmente un recoleto museo de cerámica.
Al atardecer, cruzado de piernas, se sentó
a ver pasar la gente desde la terraza de un agradable Café, y fue a partir de
entonces cuando empezó a pasárselo bien.
6.- Lo mejor de besarse en un cómodo sofá de esos
de cuero, es acabar luego, rodando los dos por el suelo.
7.- Entrada la madrugada, a la vera del mar
en un día de verano, sintió de pronto su cuerpo agradablemente relajado. Fue al
escuchar su risa envuelta en papel de regalo.
Desde luego es que hay algunos que tienen
una suerte...
8.- Lo más triste de aspirar tanto a ir al
cielo, es que tus mejores amigos no se encuentren allí luego.
9.- Él siempre pensó sentarse en sus pestañas a horcajadas, para extasiarse con sus ojos así hasta
la madrugada.
10.- Sigo queriendo tanto a aquel amigo de
mi infancia, que no dejo de tenerle presente en mis oraciones. Y eso que yo
nunca rezo.
11.- No es por presumir pero ¡qué precioso
tengo hoy el ombligo! ¡Pero si cada vez lo tengo más redondito!
Y entonces, cuando más absorto aquel muchacho se lo miraba, llegó un tipo y le birló la novia. Pero no contento con eso, volvió después y se llevó las pelusillas.
12.- No suele saberse muy bien qué cobardía
es la mayor: Si la de plegarse siempre ante los fuertes, o la de por una sola
una vez en la vida, envalentonarse con un débil. Yo desde luego no tengo dudas
¿y tú...?
13.- Nunca me sentí mejor que aquella vez
en que, haciendo muy feliz a un amigo, ni él ni nadie se enteraron nunca de que
fui yo el causante de aquella felicidad.
14.- Señor... si me lo permite, voy a
matar al hombre que pervierte a su mujer hasta hacerla gozar como una perra.
- Te lo agradezco mucho, mi fiel Alberto,
sabes que para eso, yo nunca tuve redaños.
Y el fidelísimo Alberto, lleno de pesares y remordimientos, entró en su habitación, cogió una pistola y se pegó un tiro.
15.- Siempre me molestó bastante ese aire
de superioridad con que suelen tratarnos los franceses. Es que llegaron a
compararnos hasta... ¡con los portugueses! ¿Pero qué les hemos hecho nosotros
para que nos comparen nada menos que con los portugueses?
- ¡Ostrassssss...!
16.- Aquella noche me encontraba tan bien y tan receptivo, que me hubiera dejado besar en la boca a poco que ella se hubiese
atrevido.
miércoles, 15 de junio de 2016
ESCENAS DE PELÍCULAS. LOS
PUENTES
.
Un manillar solo puede
girarse una vez. Si lo dejas pasar, como ese último tren que sale, difícilmente podrás volverlo a girar.
Aquel día llovía como si
hubieran enterrado a Zafra, y eso que allí, en Madison, nadie sabía quién era
ese señor. El día estaba cada vez más oscuro y parecía tarde, y la tarde, noche.
Yo había dejado mi camioneta
en la esquina, esperando que aparecieras porque no deseaba marcharme así, sin
verte de nuevo aunque fuese la última vez. Por eso, en cuanto te vi salir de
aquella tienda, me fui hacia el centro de la calle sin importarme nada ponerme como una sopa pues lo único que quería era volver a verte.
Dentro de la camioneta, esperando a tu marido, se te veía desencajada y con la
mirada triste. Pero yo lo estaba aún más, aunque procuraba con una leve sonrisa
que no se notase. Y es que no quise aparentar tristeza
alguna, aunque creo que no lo logré.
Cuando se puso tu furgoneta
en marcha, os adelanté y luego quise aguantarla un poco para que, mientras el semáforo
estuviera en rojo, se me ocurriera algo que solucionase aquella difícil
situación, mientras le daba vueltas a la cadenita. Por cierto, allí sigue
enredada, dentro de la camioneta, como se quedó desde entonces.
Bueno, pues allí parado,
estuve lo que pude, incluso con el semáforo en verde, esperando que hicieses
una locura ¡qué sé yo! como por ejemplo abrir de pronto la puerta, salir
corriendo y escaparnos los dos rápidamente de Madison. Pero está visto que
a veces me vienen cosas a la cabeza sin ningún sentido, porque eso a ti jamás
se te habría ocurrido.
Nunca sabrás lo que me costó
girar el volante hacia la carretera de la izquierda, ni lo triste que me quedé
cuando enfilé mi camioneta hacia un lugar que no llevaba a ninguna parte, como
así ha quedado demostrado después de estos largos años. Años en que sólo ahora
he tenido el valor de enviarte esta carta.
Y es que nada puede ser más excitante que aquel amor prohibido al darnos cuenta ambos de que era, clandestino sí, pero el verdadero. Eso me dice también un amigo que tengo, cuando todas las mañanas, al levantarme, me mira a través del espejo.
martes, 7 de junio de 2016
UNA TAZA DE CAFÉ Y UN LIENZO
.
Después de comer, Pablo pensó
en llamar a Almudena para ver si le apetecía tomarse un café, aunque tenía sus
dudas. Pero ella le dijo que sí, aunque arrancándole antes la promesa de pasar
después por la galería donde una amiga suya exponía unos cuadros.
Cuando Almudena salió de
casa, el sol pintaba de naranja los árboles del bulevar, dándole a la tarde esa
envidiable apariencia de otoño. Era una de esas tardes que a Pablo tanto le gustaban, en la que una fresca brisa bajaba de la sierra y el
parque se sonrojaba de tanto color, pues de lejos parecía la paleta de un
pintor.
- ¿Te gusta la pintura,
entonces? – le preguntó él.
- Psché… No puede decirse
exactamente que sí ¿lo dices por lo de esta tarde? es más bien un compromiso,
además sólo me gustan determinados cuadros.
- Es una forma de empezar
¿no?
- ¿De empezar? Pues tampoco
tengo el menor interés en iniciarme, me gustan algunos y ahí acaba todo.
- ¿O es que quizás ya estás
un poco de vuelta y sólo hablas de esos pocos que te llegan?
- No, ni hablar, aunque
tampoco soy yo persona que le guste hablar mucho de pintura, entre otras cosas
porque no tengo mucha idea, lo cual no quita para que me entusiasmen algunos
cuadros que me parecen bellísimos.
- ¿Pues sabes lo que te digo?
que haces muy bien.
Eso conversaban Pablo y
Almudena, sentados frente a frente, en una de las mesas del Gran Café. Y como
unos minutos antes él la había visto venir con su gabardina, caminando por el
bulevar, y pararse ante la cristalera mirando hacia dentro a ver si lo localizaba,
ahora no podía por menos que sorprenderse de nuevo con su belleza y con su
inigualable atractivo.
Almudena llevaba el pelo aún revuelto
por el aire que se había levantado y bajo la gabardina negra, asomaba una prenda de color rosa que resaltaba el moreno de sus marcados pómulos y
esos ojos oscuros a veces tan tiernos, a veces tan duros.
Se había puesto a
llover y los goterones pegaban contra la cristalera con ese son tan rítmico y
evocador. La tarde se alargaba y una dulce y hermosa nostalgia se pegaba a
las paredes y mesas del Gran Café como si no quisiera marcharse jamás.
- ¿Sabes?
- Dime. Le dijo ella
acercándose más de lo necesario como para escucharle cómodamente.
- Pues que hoy, no me
preguntes por qué, pero te encuentro interesantemente atractiva.
- ¿Interesantemente?
- Sí, igual no te gusta el
adverbio pero te aseguro que lo que
pretendo es decirte lo cómodo que me encuentro tomando este café aquí
contigo.
- A veces, Pablo… a veces...
- ¿A veces qué...?
- No, no te lo digo porque me
da vergüenza.
- Le dijo Sharon Stone a Woody Allen.
- ¡Jajajaja!
Como una gasa violeta, la
neblina flotaba pálida sobre la ciudad. Almudena y Pablo caminaban despacio por
el bulevar nada más dejar la galería. El aire era fresco y al atravesar el
parque, algunas hojas, bajo el peso de sus pisadas, sonaban como suenan los
caparazones de algunos insectos cuando se les sentencia a muerte, se les pisa y luego se les mata.
Pablo venía agradablemente
sorprendido por la simpatía y amabilidad con que la amiga de Almudena les había
tratado. Ella caminaba feliz porque llevaba bajo el brazo el cuadro que su
amiga Rosa, la pintora, le había regalado.
- ¿Tanto te agradaba ese
cuadro?
- Es que le tengo un cariño
especial.
- Me encanta el color y,
desde luego, hay que reconocer que la modelo es preciosa.
- ¿Pero qué dices? si apenas
se le ve la cara.
- Esas cosas se intuyen,
Almudena, además, para tener ese cuello hay que ser muy bonita. Vosotras como
no entendéis de mujeres…
Y Almudena, con una sonrisa
de lado a lado, lo cogió del brazo, marcó bien los pasos y mirándole, le preguntó:
- Vamos a ver ¿cuéntame lo que
entiendes tú de nosotras?
- De vosotras entiendo
bastantes cosas, pero de ti lo entiendo todo.
Y echándose a reír, continuó:
- Pero no me hagas mucho caso ahora porque soy muy mentiroso.
- ¿Sabes? Así de pronto me
han entrado unas ganas irreprimibles de destaparlo y ponerme a mirarlo.
- Pues por mí… ya estás
tardando.
- No, pero aquí no, necesito
iluminarlo bien. Ven, crucemos.
Cogiéndose de nuevo del brazo, aligeraron el
paso y tomaron el camino de su casa. Nada más llegar, Almudena
había dejado el cuadro sobre un caballete, orientándolo de tal forma que
incidiera sobre él la luz de ese foco cenital que tanto le agradaba. Y mientras
iban conversando, lo miraba de vez en cuando, tal era la fuerza con que la imagen
de aquella excitante mujer se proyectaba sobre ella.
La mujer del cuadro se
llamaba Andrea y, según le contó, era una modelo que conoció en vida y por la
que, antes y más tras su trágico accidente, había comenzado a sentir una gran
admiración. Tanta que pronto se dio cuenta de que, desde hacía ya tiempo,
imitaba su forma de hablar, de mirar e incluso de comportarse.
Su admiración llegaba a tal
extremo que hasta procuraba vestirse con los mismos colores con los que ella
siempre se vistió. Colores que iban del púrpura al azul intenso, pasando por
todos los tonos violáceos que tan bien combinaban con sus ojos.
Dejaron el cuadro, salieron a
la terraza y Pablo comenzó a hablarle de que cada vez le costaba más escribir porque llevaba días en que no se le ocurría nada. Almudena le dijo que quizás ésa era una buena
señal, porque a lo mejor lo que le pasaba era que ya no se conformaba con lo que escribía antes,
que ahora quería ir más allá.
- A veces, viene bien un momento de espera.
- Tú siempre tan amable…
- No, creo que es la verdad,
cuando te atascas en algo, pero en cualquier orden de la vida, nada hay mejor
que distanciarte y buscar otra perspectiva. Entonces, cuando la encuentras nada
hay más gratificante que darte cuenta de que todo comienza a
fluir de nuevo ¿o acaso nunca te pasó esto alguna vez?
- Sí, alguna vez, sí…
Arriba, la luna, aunque hacía enormes esfuerzos para que no se le notara, sentía una envidia infinita de que aquel foco cenital, que tanto le gustaba a Almudena, no estuviese apagado y entonces fuera ella quien iluminase la bella imagen de Andrea.
- Anda, ven y siéntate a mi
lado, que esta noche necesito tener a alguien muy cerca, que me cuente cosas
pero que también me escuche ¿Sabes? Ahora mismo tengo
la sensación de que… como si ese cuadro me acercara más a ti.
- ¿El cuadro? ¿acercarte a
mí? ¿Y luego me dices que yo soy de los que no hay? Pues durante todos estos
días yo no necesité ni cuadro ni nada, ya lo ves, esa es la diferencia - le
dijo tomándola del cuello y girándola hacia él.
- Tú es que siempre me
pareciste muy seguro...
- ¿Yo? Pero si ahora mismo no
sé ni cómo manejarme, niña mía.
- Pero qué poca vergüenza
tienes… Y no me digas niña mía que si no, la vamos a tener.
- No caerá esa breva. De
verdad, te juro que durante toda la tarde fui de sorpresa en sorpresa.
Empezando porque no sabía si ibas a querer tomarte esa taza de café conmigo…
- ¿Estás hablando en serio?
Entonces, ante la cara de
incredulidad de Almudena, continuó...
- Siguiendo porque me ha
impresionado ese amor que le tienes a ese cuadro, no te pegaba nada pero dice
mucho de ti, y terminando porque ahora me siento como un indefenso pajarillo.
Almudena se reía observando
la facilidad que Pablo tenía para pasar de la seriedad a la risa ¿o es que ese
cambio quizás era debido a su timidez que se le quedaba en seguida en cueros por no saber si luego vendría el esplendor o el fracaso.
Pablo observaba sus ojos, las
cejas, la nariz y sus carnosos labios llenos de sensualidad. Se habían acercado
tanto que ya no se podía hacerlo más ni era conveniente volver ahora atrás. Entonces, dando rienda suelta
a lo que tantas y tantas veces había Pablo imaginado, se quedó corto al
comprobar la calidez con que los labios de Almudena se pegaban a los suyos,
inventando caricias que ninguno supo de donde salieron.
- ¿Sabes? – le dijo ella – te
voy a ser muy sincera y me da igual lo que ocurra pero no me lo voy a callar,
así lo siento. Y es… que nunca pensé que llegaríamos a esto.
- ¿Pero a qué hemos llegado?
- le preguntó él, apretando su cabeza con una sola mano contra su pecho, como
si fuera una pelota de baloncesto.
- Te había observado muchas
veces pero nunca te imaginé así y me da miedo.
- ¿Imaginarme cómo? ¿Y miedo
de qué, chiquilla?
- Me encanta cuando me dices
chiquilla. Oye, imaginarte… es que no me vienen las palabras, Pablo, pensaba
que con esa forma tan despreocupada que a veces tienes de comportarte pues...
Y dejó la frase en suspenso
pero como si quisiera decir más que acabándola de decir.
- ¿Y lo del miedo?
- Pues porque cuando mejor
comienzan a rodar las cosas, más se mira a todas partes como si temieras que
todo de repente se fuese a trastocar ¿o a ti no te pasa?
- Pues no, además eso es
complicarte la vida demasiado.
Con los minutos que pasaban y
siempre bajo esa luz cenital del foco, la imagen del cuadro parecía cada vez más
bella. Desde la misma cama, abrazándose las piernas con los brazos, Almudena
admiraba aquel perfil que tan bien conocía, como si fuera el acicate con el que
recordar el bonito rostro de Andrea. Pablo se quitó la camisa, se encendió un
Ducados y se echó a su lado acomodándose y poniendo la cabeza en su regazo.
Entonces ella se inclinó y lo besó en los labios.
Trepaba la madrugada como una
ladrona subiendo por la fachada de aquel edificio donde había un cuadro con una
imagen iluminada y una cama entre caricias desordenada. La pasión desnuda de
dos amantes abrigados por el frenesí y el calor de unos cuerpos que parecían pegados.
Fue entonces cuando llegó el
instante supremo en que ella lo sintió como el más hondo de los placeres, como
se espera a alguien al que has estado deseando durante tanto tiempo, y en el
que también él se adentró con el más contenido júbilo del que esperaba ser tan
bien recibido.
La noche fue una noche fascinante, de silencios sin tensiones,
con caricias excitantes y sentidas convulsiones. En el cuadro, la imagen de
Andrea siguió de perfil pero escapándosele una lágrima que por supuesto Pablo
no vio. Solo Almudena pudo darse cuenta pero ya no le importó. - ¿Te acuerdas de cuando éramos jóvenes? - No me voy a acordar... si desde entonces solo pienso en ti.
martes, 31 de mayo de 2016
HABLANDO DE PELÍCULAS, Dr.
ZHIVAGO
.
Quizás no sea la mejor peli
que yo haya visto nunca pero sí puedo asegurar que, sin duda, es la que más me
gustó. Mi favorita.
Recuerdo que hace ya mucho tiempo,
un buen amigo me preguntó que por qué me gustaba tanto aquella muchacha. Yo
le contesté que no lo sabía, y en seguida él, apuntándome con el dedo, me dijo: Pues sí, sí que debe gustarte.
Y es que a veces… o no valen
las explicaciones o no damos con ellas pero ahí quedan, en el subconsciente.
Como cuando una canción nos gusta tanto o esa acuarela que vimos nos impresiona ¿Y
aquella puesta de sol que nos maravilló? ¿Y ese párrafo que acabamos de leer,
dándole un descansito al libro abierto sobre nuestro pecho, porque de pronto
nos ha pellizcado y pensamos ¿Pero es que acaso no nos basta con eso? ¿Es que
encima vamos a tener el cuajo de pretender explicarnos?
De la música no voy a hablar
porque la he puesto más abajo, y del precioso óvalo de Lara Antipova menos,
porque algo que es tan evidente… no necesita palabras.
Boris Pasternak escribió la
novela y Carlo Ponti compró sus derechos sugiriendo entonces, con la fuerza que
da la razón, que la peli la hiciera Sofía Loren. Pero David Lean, el
director de la peli, dijo que la Loren ni hablar, que era demasiado latina. Entonces David habló con su amigo John Ford y este le recomendó una sueca que ya había trabajado
con él. Quedaron encantados.
Así cualquiera - pienso yo - así se las ponían a
Fernando VII. De un rubio finísimo, la que sería Lara Antipova tenía una mirada celeste, inocente y y perversa, apresada entre dos canicas de aguas turquesas.
Como la peli no pudo rodarse
en Rusia pues allí estaba prohibida la novela por ser Pasternak un disidente,
se buscaron exteriores por todo el mundo. Buscaron y rebuscaron hasta que por
fin dieron con Sierra Nevada, Soria y Madrid ¡Narices tiene la cosa! con lo
cerquita que estaban, si me lo hubiesen preguntado a mí...
Pero en fin, lo curioso fue
que en el barrio de Canillejas, montaron un enorme mamotreto que simulaba esa
avenida moscovita donde los revolucionarios se manifestaban contra Nicolás II
cantando a grito abierto la Internacional ¿Y con ese sonsonete en el que algunos
extras españoles echaron el resto, estando los sesenta casi mediados, saben
ustedes quién vivía por entonces en El Pardo?
Más de tres horas de
duración, imágenes mostrándose entre espejos, velas y ventanas, que miraban más
que dialogaban ¡Qué bien hablaba Lara con los ojos y cómo se le entendía todo!
¿El amor de un hombre volcado sobre dos mujeres? No creo que fuera el caso.
Entre Varikino y Yuriatin, cómo picaba espuelas Yuri para ir a ver a Lara, y luego
cómo regresaba de lento y apesadumbrado. Era el amor prohibido, el clandestino, el espontáneo,
el que le sacudía por dentro de arriba abajo.
Hasta que el devenir los unió
en aquel palacete de témpanos y carámbanos. Hacía un frío que helaba. Pero él
se levantó de madrugada y con la plumilla y el tintero que había en aquel
escritorio de madera - no podía aguantarse más - le escribió un poema. Al
amanecer Lara se despertó al notar que no estaba, se fue hacia la mesa, leyó aquellos versos emocionada. Entonces le dijo: Esa
no soy yo, Yuri, eres tú.
Siento que a la imaginación le diera por parir ese final tan triste. Pero así a veces son algunas vidas, que de la inmensa belleza se desdobla la tristeza. Llevaban ya muchos
años sin verse por andar cada uno en extremos opuestos del país.
Hasta que un día Yuri, enfermo y viajando en un tranvía ¡Oh, por Dios! la vio
caminando por la acera casi al mismo paso. Él la llamó golpeando una y otra vez el cristal, pero Lara no lo oyó.
En la siguiente parada, se bajó rápidamente para alcanzarla pero le falló el
corazón y cayó fulminado mientras Lara, sin haberse dado ni cuenta de lo que pasaba, siguió
caminando hasta perderse doblando una esquina.
PENSAMIENTOS EN UNA BUHARDILLA
.
Con la lluvia raspando los cristales y mientras me estaba fumando un Gitanes, me preguntaba si Henriette me atraía más como modelo que como amante.
Una buhardilla, la noche en el empedrado de las calles, una botella de vino, tomarla por el talle, algo de lluvia y comenzar de nuevo el baile. La dureza de sus ojos junto al lienzo, contrastaba con la bondad de su mirada en mi pensamiento.
El tiempo se va muy rápido ahora, dicen algunos, cuando tuvieron tanto entonces y lo vivieron tan mal y tan despacio. Como pintor me gusta pintar y repintar hasta beberme los colores, sobre todo cuando invento alguno nuevo. Tengo una amiga que dice que, cuando se pone a pintar, se le olvidan sus amores e incluso que detrás de la tarde viene la noche. - ¿Era tan bonita como decían - le pregunté. - Como una Venus de Milo. Pero ella tenía sus brazos y además por detrás, con sus ojos, lo más bonito. Claro que lo que más le gustaba era pasear de madrugada, a las horas en que las pasiones descansan y se abrazan las almas.
viernes, 20 de mayo de 2016
UNA TARDE ESCRIBIENDO
.
Nunca me siento más a gusto
escribiendo que en las tardes de invierno cuando la lluvia chorrea sobre los tejados de los edificios y los árboles de la ciudad. Entonces, si la escuchas con atención parece
como si quisiera darte conversación. Claro que eso es solamente lo
que a mí me parece.
.
Pues bien, mientras todas estas cosas
pensaba, entrelacé mis manos, miré hacia el exterior del Café,
crujieron mis nudillos y a continuación me puse a escribir de corrido como
si alguien por encima de mi hombro me lo estuviera dictando.
**********
Sería poco más de las seis
cuando nada más oírse unos truenos que se acercaban, comenzó a llover con
fuerza, yo creo que hasta con mala leche. Fue justo en el momento en que Macadamia
cruzaba por el parque con esa forma tan peculiar que siempre ella tuvo al
andar. Bajo el amplio paraguas y embutida en su elegante gabardina negra, Macadamia caminaba con la parsimonia de quien pasea sin tener de inmediato una obligación a la que acudir. Entró en el Café, se sentó
junto a la cristalera y, nada más sacar un cuadernillo del bolso, se puso a
releer las notas que había ido tomando. Y es que Macadamia tenía ya esa reconfortante afición. Afición que le vino por esa forma de apreciar la manera y el modo de escribir con que algunos autores
se expresaban. Así que, al principio sin darse mucha cuenta, poco a poco, pasito a paso se fue metiendo en
ese fascinante mundo de la literatura aunque…
- De ninguna manera – se decía
sonriendo pero con evidente respeto a alguien que una vez se lo había advertido – eso de escribir en serio ya son
palabras mayores.
Macadamia tiene los ojos
negros, y en las distancias cortas le brillan tan quietos que parece que te
mires en ellos como en dos espejos gemelos. Macadamia tiene las nalgas como dos manzanas que cuando al caminar las mueve, las olas se le van detrás para ver lo que
aprenden. A Macadamia, cuando escribe, le gustaría transmitir lo mismo que ella
siente cuando lee las páginas de ese autor que tanto le gusta y que le es tan sugerente.
La otra tarde, alguien me contó que Macadamia se ha enamorado ¿sabes? - me dijo - se ha enamorado
despacio, con lentitud pero parece que profundamente y de dentro hacia afuera, porque las
prisas ni son sabias ni buenas consejeras.
Macadamia guarda su amor en
secreto con tanto celo que ni siquiera el culpable ha podido saberlo. En una
noche de lujuria y sentimiento, por entre las gafas que tan misteriosas siempre lleva y mirándola de cerca… ¡me hubiera gustado tanto ver cómo sus ojos se transparentan!
Me agrada que Macadamia
esté enamorada porque así deja la puerta abierta a un halo de mi esperanza.
Esta noche quisiera escribirle algo pero no me atrevo, no quisiera estropear lo
que siempre he sentido por ella. Con mi pensamiento revolcándose entre las
miradas que dirige hacia donde sabe que no estoy yo, me es más difícil cada vez no prestar atención y como además no me apetece…
Macadamia guarda un beso
para estampar y una caricia perdida en su pajar. A Macadamia, en las noches estrelladas de tanta paz serena, le riela el alma
la luna las veces en que puedo admirar su belleza. **********
Terminado mi escrito, cerré el cuaderno, me guardé el lapicero, encendí un cigarrillo y, mirando por el
ventanal, me di cuenta de que ya había oscurecido. O sea, que aún quedaba la noche entera, buenas horas que me encantan, para que rayara el sol.