sábado, 15 de octubre de 2016




IO NON SO PARLAR D´AMORE

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Dijo este ragazzo de la Vía Gluck en la Arena de Verona - las paradojas de la vida - porque ahí fue donde el montesco Romeo tuvo el arrojo de enfrentarse a los capuletos de su amada Julieta, y decirles que ella sería su ángel más bello, por encima de todos los pueblos razas y credos.

¿La excusa para afirmar que él no sabía parlar d´amore? Pues que la emoción no tiene voz y además le faltaba un poco de aliento porque si ella estaba allí... había demasiada luz, y por eso su alma se expandía como una música de verano.

Entre sus brazos dormiría serenamente, aquello era muy importante por sentirse los dos tan de puta madre. Y así le daría ella otra vida que él seguro no conocía, y sería su compañera hasta el final de sus días. 

Hay quien dice que dos caracteres diferentes prenden en seguida y muy fácilmente. De eso no estoy muy seguro, aunque que sí sé que jamás con nadie me sentí más a gusto - le dijo él - y eso sí que lo juro.

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PD. También me gustaría recalcar que aproximadamente hacia el minuto 2´40 de la grabación, cayeron sobre la arena de Verona dos preciosos luceros, que hasta entonces habían estado brillando en lo más alto del cielo. 




martes, 11 de octubre de 2016



POR UNA CABEZA. TANGO

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Este excelente tango llegó a mis oídos, a pesar de cantarlo en su día Gardel, hace relativamente poco. Quizás no son más de 20 o 30 años.

La música me resulta preciosa y el sentido alegórico de la letra me entusiasma al dejar abierto todo un mundo de sinsabores, metejones (enamoramientos carnales) ocasiones perdidas, pingos del nueve y medio y también satisfacciones.

Empieza hablando de un potro que justo al llegar a la meta, creyéndose ya ganador, aflojó su exigencia y al regresar a las cuadras, decepcionado, nos avisó que jamás hay que perder de vista esa meta hasta no lograr morderla. 

La meta eran como sus ojos, me dijo una vez tío Alberto, que en las distancias cortas, menos aún de una cabeza, es cuando son más peligrosos. Por eso se reafirmó diciéndome que nunca más perdería la cabeza por ella, ni volvería a sentir sus latidos, a no ser... que la volviera a ver con aquel bonito vestido y el peinado ocultando sus ojos en una noche de estío.








UNAS PALABRAS DE AMOR

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La mujer suele decir que una de las cosas que más le gusta de un hombre es que la haga reír pero también sus manos - ahora son ellas las que me hacen reír a mí - Yo, desde luego, no estoy muy seguro pero en fin, si ellas lo dicen. 

También dicen que su punto más vulnerable para conquistarla está en el oído con palabras de amor que sean sencillas pero a la vez tiernas. En eso creo que vamos estando más de acuerdo aunque la inmensa mayoría no nos apellidemos... de Bergerac.

Bueno, pues esta es la pequeña historia de un muchacho que comenzaba a caminar por esos caminos tan intrincados por donde más de una vez, el que más o la que menos, no salió bien parado. 

Entonces, en uno de aquellos días, al muchacho le dio por añorar aquel amor escribiendo una canción que decía así...


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Ella me quiso tanto... Yo aún la quiero. Juntos atravesamos una puerta cerrada. Ella ¿cómo os lo podría decir? era entonces todo mi mundo cuando en aquel fuego nuestro ardían nada más que palabras de amor. 

Palabras de amor sencillas y tiernas, no sabíamos más pues teníamos solo quince años y apenas habíamos tenido tiempo para aprenderlas pues acabábamos de despertar de esos sueños que tienen los niños.

Teníamos bastante con tres frases hechas que habíamos aprendido de unos antiguos comediantes: Historias de amor, sueños de poetas, no sabíamos más teníamos quince años. 

Ella ¿quién sabe donde estará y por donde parará ahora? Un día la perdí y nunca más volví a encontrarla. Pero a menudo, cuando llega la tarde, al oscurecer, de lejos me llega el sonido de una bella canción. Viejas notas, viejos acordes, viejas palabras de amor.




lunes, 10 de octubre de 2016




ALLÍ SEGUÍA SOBRE LA ARENA 



En uno de los veladores del Café de Zhivago y bajo la tenue luz de su lamparita, el ilusionado escritor que nunca quiso entregar sus trabajos a su fallecido editor, escribía unas notas sobre un folio en blanco.

De vez en cuando, el escritor miraba por el ventanal hacia la alameda que se cimbreaba como si toda ella estuviese bailando un vals, y regresaba otra vez a lo que andaba escribiendo. Al rato…

- Bueno, pues más o menos esta es la idea, ahora sólo queda darle forma – se dijo mientras sacaba un lápiz rojo y volvía a los álamos que, efectivamente, le daban su visto bueno.

Siguió escribiendo unos minutos más y, tras apurar el café de la taza de un solo golpe, comenzó a leer lo escrito pero esta vez de corrido. Y así fue cómo le quedó.

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Una tarde de finales de septiembre cuando la mar, por querer estar muy guapa, se pintaba los labios de oscuridad y de plata, iba yo hacia la playa cruzando por el embarcadero.

- Toc... toc... toc… – resonaban mis pasos en las entrañas de la madera.

Rodeé aquel Bar del Acantilado con su marquesina de siempre y su penetrante aroma a café y en seguida tomé por la veredita que bajaba. En esta época de principios del otoño, siempre me atrajo mucho la soledad que respiraba la playa. Paseando junto a su orilla y mirando las pequeñas olas que rompían con su pausado blad... chassss, blad... chassss, me daba cuenta al momento de que todo aquello seguía teniendo las hechuras de un paraíso, aunque no acababa de serlo, y eso ya sabes por qué.

Continué paseando hasta llegar casi a las rocas y allí seguía varada, sobre la misma arena, pero de forma diferente, ya no estaba desvencijada por los muchos años que llevaba de trote sino que la habían pintado de blanco y lucía una cara nueva pero guardando, eso sí y con su habitual discreción, los secretos que de nosotros sabía cuando, algunas noches de mayo y recostándonos sobre ella, nos miramos y nos quisimos tanto.


Entonces quise hacer lo que entonces hacíamos. Me senté sobre la arena y, apoyando mi espalda sobre ella, me quedé mirando aquel cielo gris porque la luna, arreglándose con su habitual coquetería, no acababa de salir ¡Qué serena tranquilidad y qué agradable brisa la que soplaba! Tanta que cuando hasta el silencio de la playa intentó decir algo, el blad... chassss... de las olitas, cruzando su dedo de espuma sobre sus labios, no le dejó ni hablar.

Y me vino entonces esa imagen tuya, la de los días del final de aquel verano, junto a las rocas, que se fue con tus ojos negros tras la frescura salada de tu boca. Cómo recuerdo aquellos instantes pero, sobre todo, la tibieza de tus piernas morenas bajo tu falda abierta vaquera, con las estrellas brillando trémulas... sobre la arena.

 


lunes, 3 de octubre de 2016





UNOS VERSILLOS Y UNA CANCIÓN

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TE LO DIJO EL VIENTO

De amarillo el amanecer repinta
la frágil espiga de tu trigo
y morado el atardecer riza
el violeta de tu mar tranquilo.

Tan segura estás que de menos no vas a echarme
como sientes acelerar mi pulso
en cuanto me acerco a abrazarte.

Porque se me quiebra la voz nada más que te siento
segura vuelves a estar de que por ti yo me pierdo.

Y me pierdo por la orillita del mar
por donde pasear contigo quisiera
de noche y que nos dieran las tantas
sin que nadie… nadie nos viera.

Sí, ya lo sé
que estás más segura cada vez
de que por ti yo me pierdo
pero no porque te preocupe
sino que te lo dijo el viento.
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El Búho



sábado, 1 de octubre de 2016




¡CADA VEZ ESTÁS MÁS GUAPA, MUJER!

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Me di cuenta que me había enamorado cuando supe que desconocía por qué me gustaba tanto.

Había oído hablar tanto de ella que, a pesar de eso, jamás pregunté si era rubia, morena o tenía rojo el cabello.

Hasta que una noche, enredado en la madrugada, vi de cerca sus ojos fenicios, azules y verdes, negros y moros, noté el perfume de su cuerpo salino y sentí, como propio, sus más cercanos latidos.

Sus cercanos latidos justo al abrazarnos al doblar la esquina de esa calle cualquiera, con el viento entreabriendo su falda y la brisa en su boca de nácar.

Me vuelve loco el salitre, pero también sus ojos cuando saben que no los miro porque entonces sé que me miran ellos. Me vuelve loco el salitre pero el que por la tarde, atrevido, en su espalda ronea, cuando asoman sus andares que por esa playa pasea.

Y así, al arrullo de la brisa marina, con olas de belleza infinita, se me queda soñando el alma mientras dormida suspira.

Nunca entendí ni quise pegar un tiro al aire ni que cayera en la arena. Los tiros con tapones de corcho o con pistolas de agua buena, y menos aún hablando de ella con su cuerpo de cisne y su mirada serena. Siempre quise besar sus labios de mar y de arena y que muriera de celos la luna, pero también de pena.