viernes, 25 de noviembre de 2016




POR LOS BUENOS TIEMPOS

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Jamás habrá separación más cruel, que la que aparece en el recodo del camino diciéndonos que ya no hay más que caminar. Atrás quedaron los buenos tiempos que nunca más volverán pero no lo digas, ni tampoco lo pienses.

Entonces... ¿qué es lo que ocurrirá ahora? Parece que nos diera igual porque nos damos cuenta de lo que importa es ese tiempo que tuvimos para estar juntos.

Y ahora, con tantas mañanas para rumiar nuestra tristeza ¿valdrá la pena creernos que existe otro lugar? Y si así fuese... ¿coincidiremos en él? ¿nos reconoceremos? Pero... y si fuésemos dos extraños ¿se produciría otra vez el chispazo? ¿volverías a sonreír de la misma forma?

Si es así, la enviaré por delante, sé que te gustaba apoyarte en ella, como a mí sentir el calor de tu cuerpo pegado al mío.



jueves, 24 de noviembre de 2016



EL ASCENSOR ENAMORADO. CUENTO PARA MAYORES

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Subibaja era un ascensor de una rara madera tropical, de esos que ya no quedan, de esos que ya no suben y bajan como él sigue haciéndolo en esa casa señorial. 

Con aspecto de confesionario de majestuosa catedral, Subibaja se adornaba, en sus adentros, con una banqueta de terciopelo rojo, imprescindible marchamo de todo ascensor de alcurnia que se precie. En su gran espejo de cuerpo entero, todos sus vecinos se miraban expectantes esa arruga que antes no estaba, pero sin nadie reparar que era allí, tras la pátina de aquel veteado espejo, donde el alma de Subibaja tenía su guarida.

Pues bien, aquella noche de fiesta, su adorada Nuria del Vall entraba esplendorosa en él, mientras el aura del perfume que la envolvía inundaba toda la cabina.

- ¡Pero qué aroma! - musitó Subibaja - ¡qué bien huele mi adorada!

Con un vestido verde oscuro, elegantísimo, un discreto collar y un gran abrigo negro al brazo, Nuria del Vall se miraba en el espejo esponjándose la melena con la otra mano y ensayando la más seductora de sus sonrisas. Segura y arrebatadora, Nuria salió del ascensor, cruzó el vestíbulo y, a los pocos segundos, en el amplio zaguán sólo quedó flotando, el difuminado eco de sus tacones.

A esa misma hora, en otro ascensor de un moderno edificio de la ciudad, un individuo se miraba en el espejo barruntando que igual esa noche se iban a quedar mudos hasta los grillos. Bien afeitado y con un traje de impecable corte, el individuo se ajustaba el nudo de su corbata italiana, mientras carraspeaba con discreción. Salió del ascensor, saludó al conserje y, en seguida, se fue caminando bulevar arriba.

Mientras, subido allá arriba, por las inmediaciones del ático, con sus geométricos calzoncillos de madera y su dorada cadena colgando como leontina de un viejo reloj, Subibaja, el ascensor enamorado, rezongaba en un duermevela soñando a ratitos con su amada. 

Hasta que rayando la madrugada, unos ruidos lo despertaron. Era su adorada que regresaba de la fiesta.

Nuria venía con esa pinta que se les queda a algunas mujeres, a unas más que a otras, cuando regresan de madrugada. Cansada, como si la noche no hubiera sido lo apasionante que prometía, que al parecer no era éste el caso pero que, de todas formas, la pinta era la misma:

Sus ojos se balanceaban en un laguito de alcohol como si se hiciesen aguadillas el uno al otro. Sentía también su lengua pastosa del tabaco fumado pero resbalosa a la vez quizás con la forma del último lance vivido. Aquellos hombros redondos y firmes que, tan sólo hacía unas horas, bajaron lozanos y altivos, regresaban ahora con sus tirantes vueltos y asimétricos donde su acompañante, seguramente, intentó rumiar sus últimos deseos.

Inmediatamente tras ella, venía el que horas antes bajaba en el moderno ascensor de aquel otro edificio. Venía, con esa pinta que se les queda a algunos hombres, a unos más que a otros, cuando regresan de madrugada. Cansado, como si la noche no hubiera sido todo lo elocuente que prometía - que tampoco parecía ser este el caso pero que de todas formas la pinta era la misma:

Con los ojos idos y un golpe de tos en los pulmones, el acompañante se recostaba frente al espejo. Aquella corbata italiana, anudada hacía tan sólo unas horas, con primor cartesiano, se desgarbaba floja y desaliñada como una serpiente ebria entre su chaqueta mal abotonada. Junto a la hebilla del cinturón, su camisa, antes tersa, flotaba ridícula como un velamen sin brisa, enseñando un ombligo sin atractivo digno de resaltar, para qué nos vamos a engañar.

Una vez que entraron en la cabina y apretaron el botón de Subibaja, que le dolió como si le desgarraran el alma, Nuria y su acompañante comenzaron a besarse entreabriendo sus bocas como si ambos bebieran del mismo botijo mientras tras el espejo, con el mayor de los quebrantos, Subibaja asistía atónito a la escena que contemplaba... Nuria apretando sus muslos contra los de su acompañante sintiéndolos - si el de Fuentevaqueros me cediera la licencia de sus versos - la mitad llenos de lumbre, la mitad llenos de frío.



Fue el momento en que se dieron la vuelta - para mayor escarnio de Subibaja - apoyando ella su rostro contra el viejo espejo de azogue, y el acompañante completamente decidido a trocar el natural sentido de las cosas. 

Y así, acunándola como si le fuera a cantar una nana, Nuria recibió extasiada su tibia concupiscencia justo en el momento en que a Subibaja se le cayeron dos grandes lagrimones que, los invisibles cronistas de la casa, contaron que le habían salido de lo más profundo de su alma.




domingo, 20 de noviembre de 2016




NO PODÍA SER OTRA, ES IMPOSIBLE QUE HUBIERA DOS


Al llegar la madrugada y la lluvia dejar de caer, fue cuando la vi por primera vez. Al pronto supe que era ella, me di cuenta en seguida, no podía ser otra, sería imposible que hubiera dos. A esa hora, caían las últimas gotas del saledizo del porche, brillando en la luna escondida entre su pelo de noche.

Le dije algo que muy bien no recuerdo porque me miró como le mira el amor al olvido cuando se va. De pronto noté que yo había regresado sin haberme nunca marchado. Tal era su bondad, tal su belleza, tal su sonrisa. No podía ser otra, me di cuenta en seguida.

A lo largo de mi vida he sido atacado, incluso una vez disparado y otras seducido, hipnotizado y comercializado aunque no fue por ese orden. También me tomaron por tonto por haber callado... pero sin jamás haber otorgado, por eso quisiera que me tratases con cuidado.

Estoy tan cansado ¿sabes? pero de estar solo aunque, no temas, porque después de haberlo dado prácticamente todo, aún me queda mi mejor amor para dar, por eso quisiera que tampoco te fueras de mi lado. 

Ven, acércate, junta tu cuerpo al mío y soñemos un poco juntos. Y es que llegaron esos apacibles días en que ya no me perturba el aroma del éxito ni sé a qué saben o sabrán los desamores. Me di cuenta en seguida, no podías ser otra, eras tú, por eso... no te vayas de mi lado que tendré contigo el mejor de los cuidados.





domingo, 13 de noviembre de 2016




MARIANNE ERA NORUEGA, LEONARD DE CANADÁ. YA NO VA MÁS.

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Érase que se era, allá por el 1960, en la isla griega de Hydra. Una isla a la que acudían artistas expatriados entre los que se encontraban algunos que huían hasta de ellos mismos. Pero los que nos interesan son una pareja noruega formada por un escritor y una pintora, y un poeta judío venido del Canadá.

Sucedió que, un día, el escritor desapareció de la isla llevándose en su equipaje una sonrisa rubia que era también como la de su mujer, pero que tenía un rictus que le agradaba más. Entonces Leonard, el poeta canadiense, viendo que Marianne, que así se llamaba la pintora noruega, se había quedado sin nadie a quien por las noches contar las pestañas, él le mostró las suyas.

Transcurrió el tiempo y como sus dedicaciones no daban para pagar ni la luz ni el teléfono, decidieron irse a Nueva York a un hotel donde había gente más surrealista que en Hydra, pero también con más polución, tráfico y artistas.

Y siguió pasando el tiempo hasta que una tarde cuando después de unos felicísimos días, su relación andaba desvencijándose, él se dio cuenta que cuánto razón había tenido aquella madrugada con el verso que escribió...

A veces en el amor aparece una grieta por donde entra la luz

Entonces quiso componerle una canción, que en principio se llamó Come on Marianne que ella interpretó como... Vamos, mujer, intentémoslo de nuevo, pero que al final quedó en un solo So long Marianne que era un hasta pronto envuelto en un adiós.

Hace unos meses que murió Marianne pero años antes le había dicho a unos amigos que nunca conoció a una persona más honesta que Leo y que le encantaba, hasta donde ni él mismo lo podía imaginar, que una canción suya llevase su nombre.

Y luego hay quien dice que la elegancia y el savoir faire jamás podrían ser elementos de una historia de desamor. Maravillosa Marianne. La pobre... después de dos dejadas en ese partido de tenis que le echaron, seguro que pensó como si fuera Sabina 

Antes de que me quieras como se quiere a un gato, me marcho con cualquiera que se parezca a ti.

La canción preciosa y de Marianne... más de uno seguro que se vuelve a enamorar al escuchar de nuevo su nombre. 

Cohen también nos dejó este fin de semana. Hay quien dice que su subconsciente no pudo resistirlo y que además se había quedado algo corto de imaginación y ternura el día en que le escribió aquella postrera carta.
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El último que apague la luz. Cada vez vamos quedando menos.








miércoles, 2 de noviembre de 2016



COSAS QUE SE LE OCURREN A UNO

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Si yo fuese la luna rielaría sobre tus párpados dormidos, para ver si es verdad eso de que sueñas conmigo.

Aunque si fuera ese libro que estás leyendo, me haría más extenso y cercano, para que acariciaras más tiempo mis hojas en tus manos.


Pero si fuese un hombre entero y bueno, me ocuparía con el mejor de los tinos, de manejar los espacios que guardo entre mis amigos.