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El Búho
DECIMOSÉPTIMA ENTRADA
Creo recordar que fue una tarde de septiembre con el verano vencido cuando, sentado en una silla junto al Café de Zhivago, lo vi con una guitarra en las manos y una canción en sus labios. Una canción que, sin dejar de mirar las hojas de los frondosos álamos zarandeados por el viento, él entonaba con evidente embeleso como si gozara con ella de tan lejanos recuerdos.
La canción era de un cantautor francés… que a la memoria no me viene ahora su nombre. Claro que tampoco recuerdo en este instante si fueron dos o tres las veces en que me besó mi primera amante.
Qué agradable se quedaba el parque cuando se marchaba la tarde con las dos rumorosas acacias despidiéndola sin pausas. Pero volvamos a lo que Zhivago cantaba.
Aguzando el oído, a pesar de que soy algo sordo del francés, entresacar pude unas frases de aquella lírica canción y otras que sólo fueron producto de mi imaginación.
La canción hablaba de un muchacho que, yendo a dar un paseo por un bosque cercano, al llegar a un remanso donde brotaba una fuente de agua muy clara, vio a una joven que se bañaba desnuda, dejando sobre unos juncos la ropa que velaba su hermosura. Era tan clara el agua de la poza que hasta se podía advertir el dibujo de su párvulo ombligo, temblando como tiemblan las miradas de los amores prohibidos.
Y en esas estaban cuando, de pronto y sin nadie esperarlo, una ráfaga de viento se llevó sus ropas al cielo dejando a la muchacha inerme y con un rictus de miedo. Entonces, al ver cómo el muchacho la miraba, sobreponiéndose le pidió que por favor la auxiliara y que le fuese a buscar algunas hojas de viña o de naranjos y también pétalos de rosa con que cubrir por lo menos su intimidad más rizosa.
Presto el muchacho por cumplir su deseo se internó en la maleza para encontrar esas hojas que la joven demandaba. Volviendo al pronto con un montón de ellas, se dispuso a hacerle un corpiño, temblorosa ella, le dijo él que no temiera, que fuese obediente. Pero la bella era tan menudita que con sólo una rosa fue suficiente.
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Al momento y con los pámpanos de la viña se prestó a coserle una falda, pero igual que la vez anterior para la figura de la joven con una hoja bastó.
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Ataviada de forma tan florida y cuando la ninfa le daba aquellas muestras de alegría extendiendo sus brazos para agradecerle su gesto, puso él tanto ardor en el abrazo, que los pétalos y el pámpano se vinieron abajo. A la joven la mañana le pareció tan agradable que la brisa que en el remanso soplaba, le parecían susurros y manos que la acariciaran.
En los días que siguieron tanto le llegó a gustar aquel armonioso juego que, cuando rompía la mañana, allá que se iba la ingenua a bañarse pero rogando que, de nuevo hasta el cielo, se llevaran también sus pensamientos como con sus ropas antes lo había hecho el viento... lo había hecho el viento.
El Búho