jueves, 22 de junio de 2017




PENÉLOPE


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Conocí a Penélope en un pueblecito de esos marineros, muy cerca del golfo de Rosas. Era una noche de junio cuando las estrellas parpadeaban aquí y allá como si alguien las colocara una a una.

Sentado en una terraza, a la vera mismo del mar, bebía con mi amigo Tony el Negro unos vasos de ron con limón. De repente, en una de las pausas de las olas que se retiraban del embarcadero, oí su risa por primera vez. Y es que hay risas que nos da tanto placer escucharlas que parecen venir envueltas en papel de regalo. Como aquella risa, como la de Penélope.

Ella estaba sentada casi a mi espalda y debieron pasar minutos antes de que decidiera mirarla con esa discreción con que algunos hombres se saben manejar. Me encantaba su atractivo cuando, al beber, sus labios se abandonaban de aquella forma obre el borde de la copa.

- ¿Pero tú te has dado cuenta, Tony?
- ¿Que si me he dado cuenta? ¿cuenta de qué...?
- Pues de esa preciosidad.
- ¡Joderrr...! ¿ya estamos otra vez? ¿es que no vas a aprender nunca? Que aquí se viene ya enamorado de casa, que te veo venir…

Entonces mi amigo, el auténtico, Tony el Negro en estado puro, se levantó, se dirigió hacia la mesa y, sentándose, les dijo no sé qué pero que, como siempre, causó su efecto pues en seguida las dos muchachas comenzaron a reír como si no pudieran parar. 

Circunstancia que me puso en una comprometida situación pues si me quedaba sentado allí, parecería que era medio idiota y si me levantaba idiota entero. Menos mal que Tony me hizo una seña para que me acercara pues entonces ya todo quedaba justificado.

- Ven un momento, Carlos, que te voy a presentar a dos buenas amigas, Laura y Penélope.
- Hola, hola.
- Este es Carlos – les dijo – un poco antipático y desagradable, pero una vez conocido es más aprovechable de lo que parece.
- Pues menos mal – exclamó Laura riéndose – si no, vaya joya ¿no? Oye… ¿os vendréis luego a la playa?
- ¿A la playa…?

Y entonces me enteré que esa noche era la noche de San Juan.

- Yo es que soy muy de mar y además como he nacido en el Mediterráneo…
- ¡Coño, como Serrat! – la interrumpí queriendo ser torpemente ocurrente, pero Laura pareció como si no me hubiera oído nada porque siguió.

Nos contó que esa noche su piel era más piel, que necesitaba el contacto con la gente, que deberíamos mirarnos más, tocarnos más, y escucharnos y sentirnos más.

- Porque… – y siguió viniéndose arriba - mis poros rezuman tanto mar… que a veces me siento como si formara parte de él. Es la hora en que la magia y la superstición se entremezclan con el yodo y el salitre marino formando una pasta de deseo y brujería.
- ¡Cómo nos parecemos! – le dijo Tony el Negro mirándola cada vez más cerca de sus ojos y atento a todo lo que decía.

Laura continuó con que la cultura del fuego era tan consustancial con ella, que su imaginación la sobrevolaba saltando por encima de las hogueras como sutiles pavesas, y que si no podría vivir en otro lugar, que igual le daba... Tarifa que Beirut o la misma Ankara.

Entonces fue cuando decidí echarme un buen trago y me acerqué a Penélope porque sentía que me había distraído demasiado con aquel discurso.

- Fíjate en el mar, mira, por allí… – me dijo Penélope señalando a lo lejos.

Un ejército de blancas cabrillas, montadas cada una sobre su ola, se acercaba veloz viniendo desde el horizonte. Estaban a punto de dar las doce y por lo visto había llegado el momento.

- ¡Va, venga, que ya es la hora! ¿Venís...? 

Fue el momento en que ambas se descalzaron y comenzaron a encender unas pequeñas teas al tiempo que desplegaban y recogían sus brazos y sus piernas como si estuviesen en una clase de Tai-chi.

Entonces Tony, tomando una de las teas, se metió entre Laura y Penélope componiendo uno de los más bellos grupos escultóricos que esculpirse puede. Se quitó la camisa liberando su torso y, cogiendo de la mano a Laura, se adentraron en el mar.

- ¿Qué te parece tu amigo? - me dijo Penélope riéndose.
- Él es así.

Seguimos charlando y bebiendo durante un buen rato al runrún de las pequeñas olas que no dejaban de pegar contra el embarcadero, y entonces me preguntó si me apetecía dar un paseo, yo le contesté que más que a mi vida y ella se echó a reír mientras nos dirigíamos caminando hacia la orilla.

Y así fue cómo al final de aquella noche de San Juan, con la aurora asomando sus jugosos labios por el horizonte, Tony el Negro y Laura, emborrizados como dos croquetas en la arena, bebieron del néctar de los dioses con la ternura precisa y la pasión desbocada, sin que San Juan protestara, y sin que les quedara un solo poro por juntar, como a la mediterránea Laura le gustaba.

Al otro lado, tumbados junto a las rocas, al final de la playita, Penélope y yo estuvimos apunto – por lo menos eso fue lo que me pareció - de bebernos una gotita de aquel reconfortante néctar, pero fue solo un impulso pues dándome un golpecito en el brazo, me dijo que agradecía mucho mi comprensión.

Entonces, mirando boca arriba las estrellas que ya comenzaban a desaparecer, le cogí una mano y apretándosela un poco le dije

- No te importe, mujer, porque además tú a mí no me gustas… lo que se dice nada, vamos, absolutamente nada.

Y Penélope, besándome con ternura la mejilla, me sonrió.


- Gracias, gracias otra vez – me dijo – porque tú a mí... sí que me hubieras gustado.



jueves, 15 de junio de 2017



UN FLASHBACK DE ACERO Y FUEGO

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Fue una noche de aquella época oscura cuando se lo presentaron, tenía triste la mirada y se veía preocupadamente delgado. En su primer encuentro le quiso sonreír, fue muy amable pero sus ojos vivían entonces del aire.

Pasados unos años le vino aquel encuentro de nuevo a la mente, cuando abriendo un diario leyó, entre sus páginas, que habían encontrado a un muchacho con la mirada de cristal, tirado en el suelo de un portal de la calle Espíritu Santo, del barrio de Malasaña, y en el brazo fuego del que no tiene llama.

Aunque tú no lo sepas me inventaba tu nombre para charlar a solas contigo, cuando el otoño llegaba y el verano no se había ido. Aunque tú no lo entiendas nunca ponía el remite en aquel sobre, falseando la letra, porque no quería que tú lo supieras y porque me inventaba mareas en playas desiertas, para beberme despacio la mar de tus labios.





domingo, 21 de mayo de 2017







LA CASA DE LA PLAYA





Primera parte

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Él había escrito unas cartas que dejó colgadas en el facebook pero sin sospechar que alguien que las había leído, estaba haciendo planes para ir a visitarlo. Esta persona trabajaba en un periódico en donde le habían encargado que hiciera un reportaje sobre esas cartas publicadas en la Red.
Claro que en vez de visitarlo, Candela, que así se llamaba la periodista, podía haberle escrito o mandarle un mensaje para concertar una entrevista. Pero no, lo que ella quería era conocerlo sin que supiera que tenía conocimiento de esas cartas. Unas cartas que llevaban todas el mismo título, Carta a una desconocida:


Así que como estaba a unas dos horas y pico de camino, tomó el coche y esa misma tarde, antes de que anocheciera, llegó a aquel pueblecito costero. Fue fácil encontrar la casa pues en el periódico ya le habían informado que, de todas las que se alineaban en la playa, era la número siete.  


Nada más llegar, se dirigió a un pequeño hotel que había por allí cerca y donde había reservado una habitación. Cenó algo y al día siguiente, con la máquina de fotos en bandolera para dar más prestancia a su labor, Candela se sentó a desayunar en un Café desde donde se veía perfectamente la casa.
Mientras, abrió unos minutos el ordenador para recordar algunos párrafos de las cartas pensando, pero seguramente equivocándose, que alguien que escribía esas cosas tenía que ser un buen tipo. Aunque, en seguida lo pensó mejor y vio que no tenía por qué.

"Hola. Te mando esta carta porque... Sí, ya lo sé, seguramente te preguntarás que cuál es la razón para hacerlo pues seguro que conoceré a alguna mujer, o a varias, quizás a muchas. De acuerdo, así es, pero no conozco a ninguna con la que me sienta tan a gusto enviándole una carta, así que esa es la razón de que te la envíe a ti.
Otra cosa que te preguntarás es el porqué de esa necesidad de escribir una carta. Pues, la verdad, ni lo sé ni me importa, sino que únicamente siento ese deseo. Así que, una vez que la termine, te la enviaré aunque no conozca ni tu dirección ni tu nombre.
Me gustaría decirte que sospecho que de todas, eres de largo la más bonita, la más encantadora, por eso no te imaginas lo que siento el haberme perdido tantas cosas contigo. Como por ejemplo desayunar cada día en un Café que hay por aquí cerca, o cenar encima mismo de la playa viendo venir las olas porque la luna esa noche así lo quiso. O encender una fogata en la arena y acurrucarnos con una manta mientras observamos las pavesas saltando hacia todos lados y luego dispararse hacia arriba.
También me agradó mucho verte el otro día, porque seguro que eras tú, paseando por el pantalán con unas bambas, tu larga camiseta azul, donde escuetamente ponía LOVE, y esos tejanos que tan bien te sientan. Yo creo que ibas mucho mejor que con cualquier otro vestido y además con muchísimo más estilo..."

Pero no llevaba allí ni una escasa media hora cuando el escribidor de cartas hizo su aparición. Había salido de la casa y atravesando la playa entró en el Café, pidió un cortado en la barra y se sentó a leer el periódico un par de mesas más allá de donde estaba Candela. 
De pronto levantó la vista y se quedó mirándola no sé si con extrañeza o quizás con algo de sobrada soberbia.


Y como Candela pensó que era el momento propicio, con la mejor de sus sonrisas, le hizo un leve gesto con la mano y vocalizó un ¡Hola! Pero él no solo no se inmutó, sino que siguió mirándola con aquella fijeza. 

- Es guapo - pensó - pero tiene cara de loco.
                  

 
                   
Un poco azorada, le volvió a decir ¡Hola! aunque esta vez solo con un gesto de su cabeza, entonces él le contestó con una sonrisa, se levantó y, llegando hasta su mesa, se excusó diciendo que lo perdonara pues lo había pillado en un momento de transitorio despiste.

- Tú no eres de por aquí ¿verdad?
- Pues no - le dijo ella - llegué ayer para pasar unos días.

Entonces notó cómo él, según hablaba, le miraba los ojos y la boca, y otra vez sus ojos y otra vez su boca.

- Pues has dado con el sitio adecuado si vienes a descansar pues esto es la mar de tranquilo, sobre todo en esta época en que ya se marcharon los veraneantes.
- Bueno, tampoco es que haya venido a descansar pues estoy escribiendo algo y...
- ¿No me digas que eres escritora? - se fijó entonces en su portátil.
- No, no ¡qué va! soy periodista y vine a hacer un pequeño reportaje.
- Eso está bien, siempre es importante crear, imaginar ¿no te parece? Bueno, pues... - dijo levantándose - yo es que me tengo que ir hacia el puerto ¿sabes? Me ha gustado conocerte, yo me llamo Pablo y si necesitas algo, vivo ahí en frente, en la casa número siete.
- Qué casualidad, mi número preferido, yo me llamo Candela y estoy en el Hotelito, lo digo por si tú también... necesitas algo  - y se echó a reír.
- Hasta pronto.
- Adiós.

Nada más comer, Candela decidió darse un paseo por el lado del mar llegando hasta bien entrado el puerto. Desde allí veía también la playa, el día era gris, el mar estaba tranquilo, olía mucho a ese aroma de sal y brea. Las olas se extendían por el amplio arenal enlazándose las más rezagadas con las que acababan de llegar. Entonces, cuando ya se daba la vuelta, oyó que la llamaban desde un barquito. Era Pablo que acababa de atracar. Saltó al pantalán y mientras  lo amarraba y recogía las velas, ella le preguntó.

- Se nota que eres aficionado a navegar ¿no?
- Podría decirse que algo más que aficionado.
- Pues fíjate, yo sin embargo nunca navegué.
- ¿No me digas? Pues eso tiene fácil arreglo, si quieres yo te bautizo rápido.
- ¿Crees que podría confiar en ti? Es que el mar me da... no miedo sino pavor.
- Conmigo no has de tener cuidado, no se me da mal, aunque también tengo otras habilidades, no creas. Por cierto ¿qué vas a hacer esta noche?
- Pues aún no lo sé.
- Ya...
- ¿Y que habilidades son esas si puede saberse?
- Pues mira, no es por chulearme pero yo cocino unos pimientos que...
- ¿Rellenos?
- Claro.
- Pero.. ¿rellenos de qué?
- Pues de lo que quieras, aunque los que mejor me salen son los rellenos de miradas cautivas.
- ¡Jajaja...! ¿De miradas qué...?
- Cautivas ¿sabes aquello de que cuando cenas con alguien que te apetece mucho, te das cuenta de que no puedes mirar para otro lado aunque lo quieras disimular? Pues eso. Así que si quieres probarlos, conque vengas a casa sobre las siete... De paso me ayudas a poner la mesa.

Serían las siete y cinco cuando Candela subía la escalerilla de la casa número siete, con un vino que había comprado en un colmado.

¡Hola...! ¿hay alguien?
- Hola Candela, pasa... pasa, estás en tu casa.
- Toma, un riberita.
- Muchas gracias. Huy - dijo mientras lo miraba - este vino le viene que ni pintado a los pimientos.
- Pues me alegro.
- A ver... ¿qué quieres tomar?
- Yo, si no te importa, empiezo directamente con el vino.
- Estupendo.
- Trae, yo la abro.
- Oye, no me había fijado ¡pero qué bonito! - le dijo separándola un poco de él y tomándola por los hombros.
- ¿Te gusta? - y se dio una vuelta sobre sí misma para que lo admirara - pues me lo he comprado esta mañana.
Ya... tampoco está mal el vestido pero me refería a tu pelo.
- Pues gracias - dijo mientras se lo atusaba un poco - Oye, qué mesa más bonita preparaste.

                   
- ¿Nos sentamos?
- Vale.

A él le vino de pronto la idea de ayudarla a sentarse acercándole la silla por detrás, como pasa en las pelis, pero le pareció demasiado. Aunque le hubiera gustado ¿A quién, a ella o a él? Yo creo que a los dos. 
  
- ¿Sabes?
- Dime.
- Pues que a veces lo que más gusta de la primera cita, es el comienzo, cuando nada se sabe del otro y te da por observarlo todo ¿a ti no te pasa?
- ¿Pero a que te refieres?
- Pues... por ejemplo, ahora en mi caso, al modo en que coges los cubiertos o despliegas la servilleta sobre tus piernas, o a la forma en que descansas tus labios sobre el borde de la copa al beber, o simplemente a tu inoportuna risa mientras haces esfuerzos para no atragantarte por la chorrada que acabo de decir, pero en fin... todo eso me gusta.
- Eres un caso ¿te gusta este vino?
- Sí, está muy bien ¿no? yo es que, la verdad, no entiendo mucho ¿tú entiendes?
- Lo suficiente, me lo enseñó mi tío Manolo. Mira, para entender es fundamental dominar los taninos, también que haya un buen equilibrio en boca, y segundos después ya harás observancia de los sabores a bayas y maderas. Lo demás ya solo consiste en creíbles ademanes y en no descomponer la figura.
- Ajá... Me has dejado alucinado. 
- ¡Jajaja...! Ahora en serio ¿sabes que los pimientos están buenísimos? Eres todo un artista.
- Todo consiste en cogerle el punto a la capsantina.
- ¿A la capsantina...? ¿qué es la capsantina?
- Pues es un caroteno muy antioxidante, es como...
- ¿Algo parecido a los taninos?
- Exactamente, me lo has quitado de la boca.
- Me pareces que tú eres un poco cachondón ¿no?
- Puede, aunque también se comenta lo tuyo.
- Ya... Oye ¿y tú por aquí qué tal? ¿sales con gente, te lo pasas bien?
- Pues unas veces esto me parece demasiado tranquilo y otras me encanta esa tranquilidad. De vez en cuando salgo con alguien pero a navegar, la mayor parte del tiempo leo, escucho música y entro en el facebook. 
- Lo que tienes es una vista preciosa desde aquí.
- También tengo un blog en el que escribo cosas que se me ocurren... Oye, que se me olvidaba - dijo dándose una palmada en la frente - es que te he hecho un postre - y se levantó hacia la nevera.
- ¿No me digas que es de chocolate?
- ¿Por...? - y volvió la cabeza - ¿es que no te gusta?
- Lo que más. Desde luego con este postre acabas de redondear la cena. Está exquisito.
- ¿Quieres café? Lo tengo ya hecho en un termo. Ven vamos a tomarlo fuera ¿te apetece?
- Vale ¿sabes...? eran muy bonitas las velas que pusiste, me han encantado.
- Es que las he puesto a juego.
¿A juego con qué?
- A juego contigo, pero creo que se han quedado cortas.


- ¿Siempre eres así?
- ¿Así cómo?
- Pues tan... amable, tan...
- Es que me lo pones muy fácil.
- Oye, mira, me gustaría decirte algo porque no quiero que haya malentendidos, lo que pasa es que no sé por donde empezar
- Pues hazlo por el principio.
- Por el principio ya lo sé, pero no encuentro el modo. Mira, mejor dejo pasar esta noche y te lo cuento mañana ¿vale?
- Como quieras.

La noche fue de esas noches redondas en las que todo sale de corrido, con un vino que los invitó a expresarse de forma sincera y cercana, y con esa agradable sensación que los envolvió como si ya se conocieran desde hace más de una década y ahora volvieran a encontrarse. 
A ella le agradaba lo serio que a veces se quedaba Pablo mirándola como si quisiera adivinar lo que ella le hablaba. A él le encantaba como sonreía cuando lo miraba y lo atenta que se quedaba cuando él le decía algo que le interesaba.   


- ¿Te importa que luego vayamos a la playa? hace buena luna ¿no? ¿o crees que hará demasiado frío?
- No creo, además siempre podemos hacer un fuego o llevarnos una manta ¿de verdad que te apetece?
- Mucho.
- Pues andando. Toma, lleva tú la manta que yo voy a coger unas maderas.

Encendieron una fogata y allí estuvieron charla que te charla dándose cuenta de lo diferentes que eran esos dos tipos de calor, el del fuego que puede apagarse a voluntad y el que no depende de uno mismo, aunque seguro que de dos.

Pablo le contó que hubo un tiempo en que lo pasó bastante mal pero que ahora había rehecho ya su vida, pasando esa página del pasado. Desde hacía tiempo, dentro de lo que se puede ser, era relativamente feliz, que no es poco, no tenía problemas y lo peor que le podía pasar era que le viniera uno de esos días mansos que aburre hasta al más pintado. Uno de esos días en que por no tener la mente ocupada en otros asuntos, te da por pensar demasiado. Menos mal que ya le había encontrado una solución, y era optar por irse unos días a la gran ciudad, a cambiar de ambiente, o por coger el barco, llevarlo hasta alta mar, encender un cigarro y mirar las nubes, tumbado, con las manos puestas bajo su nuca.


Candela le dijo que estaba divorciada, que vivía sola y que lo que a veces le deprimía era la monotonía de vida que llevaba ¿monotonía, una periodista que hace reportajes? Pues como todos los trabajos, quizás porque no son los que ella haría, aunque en estos días el albur, el azar y la casualidad, más juntos que nunca, hayan compensado de largo todos los demás anteriores. Tampoco tenía hijos y, mirando alrededor, sentía que tampoco estaba eso tan mal.


También hubo momentos, largos minutos en que nada se dijeron, ni una palabra, pero siempre sintieron esa paz y esa calma de quienes se sienten seguros simplemente por estar abrazados.


Hasta que así les pilló el amanecer. El calor seguía en toda su plenitud, sin venirse abajo ni siquiera un poco. Y el del fuego, a juzgar por su aspecto, tampoco.
En seguida la acompañó al Hotelito y, al despedirse, Pablo le dijo eso que tanto reconforta oír cuando la seriedad viene disfrazada con una pizca de timidez.

- ¿Sabes? Me... me lo he pasado muy bien.

Entonces, al besarse en la mejilla, ella le dijo muy bajito al oído...

- Y yo también. 



  FIN DE LA PRIMERA PARTE

sábado, 22 de abril de 2017




UN BESO Y NADA MÁS

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Recordaba que siendo aún muy jóvenes, anochecía en ese banco de piedra que había en la Plaza de los Reyes junto a la Iglesia de San Francisco. Entonces ella le dijo:

- Bueno, un beso y nada más pero aquí no.
- ¿Entonces donde?
- En la Marina, pero mañana, hoy ya me tengo que ir.

¡Cuánto hubiera dado entonces no por un beso nada más, sino que le hubiera bastado con mirarla muy de cerca una y otra vez.

Sin embargo ahora, qué extrañas le parecieron todas esas frases y palabras. Él que luego se bañó en playas de tantos colores, incluso en algunas llenas de verdosas algas y otras hasta con tiburones. 






CADA VÍDEO TIENE SU MÚSICA Y SU LETRA

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Me gusta el invierno con su gorro de cielos encapotados, no tanto el verano con demasiado calor y sus playas con transistor. Me agrada la primavera y me entusiasma el otoño con la Margarita de Dumas y sus sonatas de Mozart y Valle Inclán. 

¿Verdad que hay veces que cuando escuchamos una canción, inconscientemente le vamos poniendo letra? ¿A ti no te pasa? Pues a mí sí, y si es un vídeo musical, me da por escribir todo lo que voy observando.

No sé por qué pero me ponen las vías por las que discurre ese viejo tranvía color mandarina, o una estación de trenes con sus mojados andenes, sus resoplidos y silbidos, nostalgias de encuentros y despedidas. 

Un hombre, en la borda del barco que acaba de zarpar, fija la vista en la espalda de una mujer que mira hacia las muelles donde una desdibujada figura le dijo adiós con la mano, y ella lo piensa. Más allá, un barco de vela cruza la dársena al tiempo que la muchacha que se apoya en la proa, se da cuenta de que el verano ya se está yendo. 

Por cierto ¡qué elegante le sienta el negro a la elegancia que, con esa sofisticada pamela, le da un punto de glamour! La he llamado por teléfono y estaba comunicando, a saber con quien estaría hablando. Me gusta cuando se pone un sombrero de hombre y ella lo sabe, por eso cuando me quiere gustar se lo pone. 

Un día me dijo que le parecía verme en todas partes: En el casino, en la playa, en el aeroclub... y a mí aquello me hizo venirme arriba ¡qué le vamos a hacer! simple que a veces es uno, pero me la sopla esa vez serlo.

Cuando una mujer se echa de cúbito prono, suele siempre doblar las piernas en angulo recto, elevando sus pies. A mí entonces me parecen dos cisnes discretos que empezaran a representar la ceremonia del cortejo.

Hace tanto tiempo que no voy a un cine de verano, pero cines de los de antes, no estos que salen en las pelis, que son para coches americanos, y chuletas con motos imitando a Marlon Brando.

Me fascina el color ¡cómo envidio las paletas de algunos pintores con esas impresionantes gamas que los cuadros jamás podrán tener pues pasaron antes por la censura y el consenso, pero más del propio que del ajeno. 

Cómo me gusta admirar esas pinturas de calles mojadas llenas de paraguas de Cherburgo donde brilla la luna y una lluvia demente repiquetea y a continuación los mece.

Cuando ya se había ido la tarde, aprovechando que pasábamos por una calle solitaria, al llegar a la misma esquina, se pegó a mí y me tomó por la cintura. Me dijo que era para no mojarse. Y como soy tan desconfiado, esta vez también la creí.


lunes, 17 de abril de 2017




CANCIÓN DE MADRUGADA

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A la nostalgia creo que le va muy bien la buena memoria. La memoria de un pueblo marinero, pero en lo alto encaramado como un gran sombrero, como un sombrero blanco.




Un mar brillante de azules, un olor, un aroma de prendas tendidas al sol, una campana vieja, una bandera, una bonita canción, frases jamás oídas, una caricia amiga y un rostro que no se olvida.







AQUELLA NOCHE EN KENIA 

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De repente, se oyó el sonido de esta bellísima música




Y escuchándola, a ella le encantaba aún más que le hablara con esa voz tan grave, mientras observaba su rostro iluminado por la fogata que él mismo avivaba moviendo sus brasas con un palo.

De vez en cuando, en las pequeñas pausas que tenía la conversación, ella escuchaba con atención el chisporroteo que hacía la leña al arder, aspirando su calor y su olor.



De pronto él le dijo que amando como siempre había amado su elegida soledad, tampoco era algo que en estos momentos le preocupara tanto. Ella le preguntó que cuál era la causa, y él le respondió que no acostumbraba a contestar lo que tan evidente parece.

Entonces ella, bajó la vista con tan leve sonrisa que solo se adivinó la de sus ojos, y él continuó atizando aquellas brasas con el palo, mirándola de vez en cuando.