lunes, 11 de junio de 2018


LO QUE DA UNA TAZA DE CAFÉ 

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Después de comer, Pablo pensó en llamarla sin mucha convicción, para ver si le apetecía tomar un café. Pero le dijo que sí aunque arrancándole antes la promesa de que pasarían después por la galería donde una amiga suya exponía unos cuadros.
Cuando Almudena salió de casa, el sol pintaba de naranja los árboles del bulevar, dándole a la tarde esa envidiable apariencia de otoño. Era una de esas tardes que a Pablo tanto le gustaban, en las que la brisa de la sierra comenzaba a bajar y el parque se sonrojaba de tanto color, pues de lejos parecía la paleta de un pintor.

- ¿Te gusta la pintura, entonces? – le preguntó él.
- Psché… No puede decirse exactamente que sí ¿lo dices por lo de esta tarde? es más bien un compromiso, además sólo me gustan determinados cuadros.
- Es una forma de empezar ¿no?
- ¿De empezar? Pues tampoco tengo el menor interés en hacerlo, me gustan algunos cuadros y ahí acaba todo.
- ¿O es que quizás ya estás un poco de vuelta y sólo hablas de esos pocos que te llegan?
- No, ni hablar, aunque tampoco soy yo persona que le guste hablar de pintura, entre otras cosas porque no tengo mucha idea, lo cual no quita para que me gusten algunos cuadros que me parecen bellísimos.
- ¿Pues sabes lo que te digo? que haces muy bien.

Eso conversaban Pablo y Almudena, sentados frente a frente, en una de las mesas del Gran Café. Y como unos minutos antes él la había visto venir por el bulevar y pararse ante la cristalera mirando hacia dentro a ver si lo localizaba, ahora no podía por menos que sorprenderse de nuevo con su belleza y con su inigualable atractivo.
Llevaba el pelo aún revuelto por el aire que se había levantado y bajo la gabardina negra, asomaba como una rebeca de color rosa que hacía resaltar el moreno de sus marcados pómulos, y esos ojos oscuros a veces tan tiernos otras tan duros. Se había puesto a llover y los goterones pegaban contra la cristalera con ese son tan rítmico y evocador. La tarde se alargaba y una dulce y hermosa nostalgia quería pegarse a las paredes y mesas del Gran Café como si no quisiera marcharse jamás.

                   - ¿Sabes?
- Dime. Le dijo ella acercándose más de lo necesario como para escucharle cómodamente.
- Pues que hoy, no me preguntes por qué, te encuentro interesantemente atractiva.
- ¿Interesantemente?
- Sí, igual no te gusta el adverbio o no supe elegir la palabra adecuada pero te aseguro que lo que pretendía era decirte lo cómodo que me encuentro mirándote y tomando este café aquí contigo.
- A veces, Pablo… a veces...
- ¿A veces qué...?
- No, no te lo digo porque me da vergüenza.
- Le dijo Sharon Stone a Woody Allen.
- ¡Jajaja...!

Una neblina, como una gasa violeta, flotaba pálida sobre la ciudad cuando Almudena y Pablo salían horas después de la Galería.  El aire era fresco y al atravesar el parque, algunas hojas, bajo el peso de sus pisadas, sonaban como suenan los caparazones de algunos insectos cuando se les sentencia a muerte, luego se les pisa y finalmente se les mata.
Pablo venía agradablemente sorprendido por la simpatía y amabilidad con que la amiga de Almudena les había atendido. Ella caminaba feliz porque llevaba bajo el brazo el cuadro que su amiga Rosa, la pintora, le había regalado.

- ¿Tanto te agradaba ese cuadro?
- Es que le tengo un cariño especial pues viví casi todo su proceso desde que empezó a pintarlo.
- Pues a mí me encanta el color y, desde luego, hay que reconocer que la modelo es preciosa.
- ¿Pero qué dices? si apenas se le ve la cara.
- Esas cosas se intuyen, Almudena, además, para tener ese cuello hay que ser muy bonita. Vosotras como no entendéis de mujeres…

Y Almudena, con una sonrisa de lado a lado, se agarró de su brazo, marcó bien los pasos y mirándole, le preguntó:

            - A ver, cuéntame... ¿y tú, qué es lo que entiendes de nosotras? 
- De vosotras entiendo bastantes cosas, pero de ti lo entiendo todo - y echándose a reír, continuó - pero no me hagas mucho caso sobre lo que ahora te diga, pues lo que pasa es que yo soy muy mentiroso.
- ¿Sabes? Así de pronto me han entrado unas ganas irreprimibles de destapar el cuadro y ponerme a mirarlo.
- Pues por mí… ya estás tardando.
- No, pero aquí no, necesito iluminarlo bien. Ven, crucemos – y tomándolo ahora de la mano, aligeraron el paso y tomaron el camino de su casa.

                 Nada más llegar, Almudena había dejado el cuadro sobre un caballete, orientándolo de tal forma que incidiera sobre él la luz de ese foco cenital que tanto le agradaba. Y mientras iban conversando, lo miraba de vez en cuando, tal era la fuerza que la imagen de aquella excitante mujer se proyectaba sobre ella.
La mujer del cuadro se llamaba Andrea y, según le contó, era una modelo que conoció en vida y por la que antes, y más tras su trágico accidente, había comenzado a sentir una gran admiración. Tanta que pronto se dio cuenta de que, desde hacía tiempo, imitaba su forma de hablar, de mirar y creía que hasta de su forma de comportarse. Su admiración llegaba a tal extremo que hasta procuraba vestirse con los mismos colores con los que ella siempre se vistió. Colores que iban del púrpura al azul intenso, pasando por todos los tonos violáceos que tan bien combinaban con el azul de sus ojos.
Dejaron el cuadro, salieron a la terraza y Pablo comenzó a hablarle de que cada vez le costaba más escribir por no ocurrírsele nada nuevo digno de mención, y ella le dijo que quizás esa era una buena señal pues lo que pasaba es que ya no se conformaba con lo que escribía ahora, que quería ir más allá.

- A veces, Pablo, viene muy bien ese momento de espera.
- Tú siempre tan amable…
- No, creo que es la verdad, cuando te atascas en algo, pero en cualquier orden de la vida, nada hay mejor que distanciarte y buscar otra perspectiva. Entonces, cuando la encuentras nada hay más gratificante que, sin saber cómo, darte cuenta de que todo comienza a fluir de nuevo ¿o acaso nunca te pasó esto alguna vez?
- Sí, alguna vez…

Esa noche, Almudena se sentía contenta porque su amiga Rosa le había regalado aquel cuadro y porque le agradaba escuchar las cosas que Pablo le decía, mientras saboreaba aquel ron con limón.

- Anda, ven y siéntate a mi lado, que esta noche necesito tener a alguien muy cerca, que me cuente cosas pero que también me escuche.

Arriba, la luna, aunque hacía enormes esfuerzos para que no se le notara, sentía una envidia infinita de que aquel foco cenital, que tanto le gustaba a Almudena, no estuviese apagado y fuese ella, entonces, quien iluminase la bella imagen de Andrea.

- ¿Sabes? Ahora mismo tengo la sensación de que… como si ese cuadro me acercara más a ti - le dijo ella.
- ¿El cuadro? ¿acercarte a mí? Y luego me dices que a vece se me ocurre cada cosa... Pues durante todos estos días yo no necesité ni cuadro ni nada, ya lo ves - le dijo tomándola del cuello y girándola hacia él.
- Tú es que siempre me pareciste muy seguro...
- ¿Yo? Pero si ahora mismo no sé ni cómo manejarme, niña mía.
- Pero qué poca vergüenza tienes. Y no me digas niña mía que si no, la vamos a tener.
- No caerá esa breva. De verdad, te juro que durante toda la tarde fui de sorpresa en sorpresa. Empezando porque no sabía si ibas a querer tomarte esa taza de café conmigo.
- ¿Estás hablando en serio?

Entonces, ante la cara de incredulidad de Almudena, Pablo continuó.

- Completamente en serio, y siguiendo porque me ha impresionado ese amor que le tienes a ese cuadro, no te pegaba nada pero dice mucho de ti, y terminando porque ahora me siento como un indefenso pajarillo.

                 Almudena se reía observando la facilidad que Pablo tenía para pasar de la seriedad a la risa ¿o es que ese cambio quizás era debido a su timidez que se le quedaba en seguida desnuda, por no saber si luego vendría el esplendor o el fracaso. Fue el momento en que se miraron muy de cerca pero con tanta complicidad que ni uno ni otro quisieron tomar ventaja ya que las cartas ya habían sido echadas.
Pablo observaba sus ojos, las cejas, la nariz y sus carnosos labios llenos de sensualidad. Habíanse acercado tanto que ya no se podía hacerlo más ni era conveniente volver ahora hacia atrás. Entonces, dando rienda suelta a lo que tantas y tantas veces había Pablo imaginado, se quedó corto al comprobar la calidez con que los labios de Almudena abrazaban los suyos, inventando caricias que ninguno supo de donde salieron.

- ¿Sabes? – le dijo ella – te voy a ser muy sincera y me da igual lo que ocurra pero no me lo voy a callar, así lo siento. Y es… que nunca pensé que llegaríamos a esto.
- ¿Pero a qué hemos llegado? - le preguntó él, apretando su cabeza con una sola mano contra su pecho, como si fuera una pelota de baloncesto.
- Te había observado muchas veces pero nunca te imaginé así y me da miedo.
- ¿Imaginarme cómo? ¿Y miedo de qué, chiquilla?
- Me encanta cuando me dices chiquilla. Oye, imaginarte… es que no me vienen las palabras, Pablo, pensaba que con esa forma tan despreocupada que a veces tienes de comportarte pues...

                Y dejó la frase en suspenso pero como si quisiera decir más que acabándola de decir.

- ¿Y lo del miedo?
- Pues porque cuando mejor comienzan a rodar las cosas, más se mira a todas partes como si temieras que todo de repente se fuese a trastocar ¿o a ti no te pasa?
- Pues no, además eso es complicarte la vida demasiado.

              Con los minutos que pasaban y siempre bajo esa luz cenital del foco, la imagen del cuadro parecía cada vez más bella, desde la misma cama, abrazándose las piernas con los brazos, Almudena admiraba aquel perfil que tan bien conocía, como si fuera el acicate con el que recordar el bonito rostro de Andrea. Pablo se quitó la camisa, se encendió un Ducados y se echó a su lado acomodándose y poniendo la cabeza en su regazo. Entonces ella se inclinó y lo besó en los labios.
Trepaba la madrugada como una ladrona subiendo por la fachada de aquel edificio donde había un cuadro con una imagen iluminada y una cama entre caricias desordenada. La pasión desnuda de dos amantes abrigados por el frenesí y el calor de unos cuerpos que parecían hechizados.
Fue entonces cuando llegó el instante supremo en que ella lo sintió como el más hondo de los placeres, como se espera a alguien al que has estado deseando durante tanto tiempo, y en el que también él se adentró con el más contenido júbilo del que esperaba ser tan bien recibido. La noche fue una noche fascinante, de silencios sin tensiones, con caricias excitantes y sentidas convulsiones.
En el cuadro, la imagen de Andrea siguió de perfil pero escapándosele una lágrima que por supuesto Pablo no vio. Sólo Almudena pudo darse cuenta pero ya no le importó.





viernes, 9 de febrero de 2018

UN VIAJE COMO NO HUBO OTRO

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Habíamos llegado a aquella ciudad rendidos por los muchos kilómetros recorridos en tan largo viaje. Así que, instalados por fin en el hotel, nos fuimos directamente a dormir.

Pero cuando ella hizo ademán de acunarse en mis brazos, le dije que no, que esta vez sería yo el que me acunaría en los suyos. Así que como un niño me fui quedando dormido, mientras notaba el placer y el celo con que ella me acariciaba el pelo.

A la mañana siguiente después de ducharme, observé que aún seguía durmiendo ¡Estaba tan bonita...! que hubiera sido una torpeza despertarla. Así que me vestí y me fui a dar un paseo. Siempre me gustó mucho aquella ciudad con su gran plaza cuadrada y sus viejos soportales de piedra.

Como lloviznaba un poco, caminé bajo ellos admirando el sinfín de cosas bonitas que en esa ciudad había, aunque siendo muy consciente, de que la más preciosa de todas era mi bella durmiente.


jueves, 8 de febrero de 2018



LLEGÓ LA LLUVIA

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Por fin ha empezado a llover esta tarde. Lo ha hecho suavemente, como si le estuviera pidiendo permiso a la gente, sin saber que el mío ya lo tiene de siempre.

La estoy viendo caer con dulzura, lloriqueando como esas lágrimas que de pronto aparecen y tanto gusta quitar con el dorso de los dedos sobre sus mejillas. Cae muy lentamente sobre la marquesina del amplio ventanal del Café de Zhivago donde ahora me encuentro.

Ha sido una sorpresa muy agradable, no me la esperaba, como tampoco se esperan esos grandes amores que surgen de pronto, de sopetón, una sonrisa, un gesto, otra mirada cuando más desprevenido está uno y por ende con las defensas bajas. Lo digo porque hoy no me traje el paraguas.

No me gusta escribir en los Cafés, me parece que es como un acto de incómoda pretensión, me agrada más darle un sorbo a la taza, mirar por la ventana, pensar y, si se me ocurre algo, tomar un apunte, una idea, pero nada más, para luego desarrollarla en casa.

¡Cómo me gusta esa mujer, la que está sentada allí en frente, junto al otro ventanal! Tiene las piernas cruzadas de forma muy elegante. En eso, como en casi todo, también hay que tener su poquito de clase. Está mirando hacia afuera ¿Le gustará la lluvia? ¿pero tanto como a mí?

Calla insensato. Me gusta su vestido azul, le hace juego con sus ojos ¿Estará esperando a alguien? No parece ¿Y eso cómo lo sabes? - me pregunto - Pues porque... ¿Porque qué? Pues... porque eso se nota en seguida. Estaría quizás más inquieta, habría mirado alguna vez el reloj, o dado algunos golpecitos sobre la mesa... pero nada de eso sucede, todo lo que irradia es serenidad y dulzura.

Veo que tampoco lleva paraguas. Acabamos de cruzarnos las miradas ¿será casualidad? Por mi parte desde luego que no lo ha sido, pero ahora que se han cruzado voy a moderarme un poco, tampoco quiero ser tan impulsivo ¿Qué es lo que pensará nada más cruzar la mirada con alguien que sabe que la estaba mirando? Me gustaría saberlo.

¿Y a este qué le pasa ? ¿qué es lo que mira con tan mal disimulada insistencia? ¿le habré gustado? porque es la segunda vez que lo pillo, la primera fue por el espejo que hay en la columna. Se ha sacado una especie de agenda y ha apuntado algo? ¿Será un detective privado? ¡Qué emoción! Jajajajaja... Voy a hacer una cosa, lo voy a mirar fijamente y cuando me mire, me levanto y me voy hacia él, a ver cómo reacciona. Jajajaja Si yo me atreviera... No te atreverás ¿que no? Va, que me atrevo.

¡Joder! Se ha levantado y viene hacia mí, me mira fijamente... ¿Y si me pregunta que qué miro? No, no creo que se atreva.

- Por favor ¿Me pasas el periódico ése de ahí?
- ¿El períod... ah sí, por supuesto, toma.

¿Pero has visto cómo se ha girado para volver a su mesa? Esta tía tiene pero que mucho encanto ¿Y si la invito a tomar algo por ahí? A ver si va a resultar como la canción de Javier Krahe que nada más invitarla aparece a quien espera y... yo allí con mi invitación como un gilipooooollas, madre. Va, que sea lo que Dios quiera. Muertos por mil, muertos por mil quinientos.

- Hola ¿sabes que sigue lloviendo?
- Ya veo - dijo con una sonrisa como para desatar las más estremecedoras tempestades.
- Te lo digo porque si vamos a tomar algo por ahí, nos vamos a poner como una sopa ¿O tú prefieres que nos tomemos otro café aquí a ver si escampa?
- Pues no me dejas alternativa - otra vez esa sonrisa - Vale, me parece bien, tomamos algo aquí, charlamos un poco y esperamos a que escampe.

Después del segundo café íbamos a repetir cuando dejó de llover, unas gotas como corcheas, semifusas y todas esas cosas, brillaban en el pentagrama de los cables eléctricos que pasaban por la placita donde se hallaba el Café de Zhivago. Habíamos charlado por los codos y de repente, cuando salíamos del Café y la ayudaba a ponerse la gabardina, me pareció como si la conociera de toda la vida.

El aire era fresquito pero agradable, las aceras brillaban reflejando las farolas del parque y entonces, yendo los dos al paso, la miré muy fijamente y ella me correspondió pensando yo entonces... Otra vez la mirada de antes.



jueves, 26 de octubre de 2017



AÚN NO SABÍA SI ERA EL ADIÓS

Una tarde, ante dos tazas de café, ella me dijo entre triste y apenada.

- ¿Sabes? Nunca habrá una persona tan importante en mi vida como aquella que me hizo sentir que podía volar. Por eso ahora no me importa que la pueda odiar, que me sea indiferente o que la eche de menos porque lo que queda en mí es su recuerdo.

Solo y nada menos que eso, de nada valen las palabras, solamente el recuerdo porque eso ya nadie jamás me lo podrá quitar.








domingo, 8 de octubre de 2017




NO SÉ SI ATREVERME 



Atreverme a decir que es contigo con quien me apetece tomarme ese café. Ese café calentito cuando, minutos antes, te he visto por el ventanal caminando muy aprisa como si temieras llegar tarde a nuestra cita. Me pareciste tan preciosa con tu gabardina, con el pelo revuelto por la ventolera y ese bolso que siempre llevas cruzado como te da la gana, de cualquier manera.

Atreverme a decir que es contigo con quien prefiero charlar todos los días. Charlar hasta que la tarde se vaya, se enciendan las farolas y se libere de tus ojos esa preciosa mirada.

Atreverme a decir que cuando al regresar me has cogido del brazo, he vuelto a notar ese escalofrío que hacía tiempo que no había sentido. Quizás porque desde entonces, se quedó enredado en el olvido de aquel amor que vivimos.

Atreverme a decir que es ahora todo diferente, aunque mi mano sobre tu vientre me siga pareciendo lo mejor de siempre. De siempre porque es ahora cuando más y mejor te recuerdo, sin prisas y sin atropellos ¿Ves cómo a decírtelo ahora sí que me atrevo? Y es que ninguno nos dimos cuenta de que nos quedaba por vivir, de todo, lo más bello.



    

jueves, 5 de octubre de 2017





A PUNTO ESTUVE DE MATAR UN DRAGÓN


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Nada más llegar a París, deshice la maleta en la habitación que había alquilado para acabar, de una vez, la novela que andaba escribiendo. Hacía esa agradable temperatura de ni frío ni calor, con que suelen deleitarnos los otoños. 

Una vez colgada la ropa en el armario, bajé al café de la esquina a tomarme un cortado. Nada más entrar, me sorprendió la figura de una bella mujer, elegantemente vestida de negro, y que charlaba con el camarero haciendo acopio de una gran simpatía. La miré como si le fuese a decir ¡hola! y a punto estuvo de contestarme como si en realidad se lo hubiera dicho.Igual se lo dije, esta memoria...

Por la tarde, mientras me estaba fumando un cigarrillo asomado al balcón, observé en el edificio de enfrente que en una de las ventanas, una mujer gesticulaba con las manos como si hablara o discutiera con alguien cuando de repente se puso a hipar y a llorar de puro desconsuelo. Me fijé un poco más y...¡pero si es la mujer del café!

Entonces me aparté de allí ocultándome tras las cortinas, pero extrañándome cómo una mujer, unas horas antes tan alegre, podía haber caído en semejante estado de tristeza en tan corto espacio de tiempo ¿Pero quién será la otra persona que desde aquí no la puedo ver? ¿es un hombre o sera otra mujer?

De pronto apareció un hombre en el centro de la habitación y ella se echó en sus brazos llorando desconsoladamente pero, sin embargo, él la repudió ¿Será  cretino? Pero lo peor no fue eso sino que sus hombros temblaban sin control hasta desembocar en más lloros.

Al día siguiente al bajar de nuevo al Café, en el rincón que hacía la barra al doblar, allí estaba otra vez ella pero ahora charlando animadamente con... ¡el individuo de las discusiones y los lloros! pero hablando  como si no hubiera ocurrido nada. En ese momento sentí deseos de implicarme en el problema y decirle cuatro cosas a aquel desgraciado, pero la voz del entendimiento me hizo ser muy comedido.

Volví a mirarla como si le dijera ¡Hola! ¿qué tal estás? y esta vez ella me sonrió haciendo un gesto como respondiendo a mi saludo. En seguida terminaron su bebida y se marcharon tomándola él por la cintura y saludando ella a todos los que en ese momento nos encontrábamos en el café, es decir, el camarero y yo.

- ¿Qué mujer tan agradable, no? - le dije
- Ya lo creo - me contestó - y de lo más alegre.
- Claro que a veces puede que la procesión vaya por dentro - quise cortar yo tanta euforia - De todas formas es bellísima ¿la conoce? ¿cómo se llama?
- Anda, pues claro que la nonozco ¿Es que no la ha reconocido? Es Danielle Durant, la actriz de teatro. Dentro de unos días estrena.
- Ah.






lunes, 2 de octubre de 2017

LA DISTANCIA Y LA PERSPECTIVA

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- Agáchate un poquito, anda.
- Pero si me acerco tanto, no podré verte bien.
- Pero me darás un besito.
- Pero no podré verte bien.
- Pero sentirás mis latidos.
- Pero no podré verte bien.
- ¡Pero si me ves todos los días!
- Pero es que esta tarde estás más que bonita.