lunes, 4 de julio de 2011

DÉCIMO NOVENA ENTRADA






He llegado a acostumbrarme tanto a su voz y a su aliento que, en las circunstancias de más honda melancolía, no volví a sentirme solo, de noche, y luego al rayar el día.



Incluso las veces, en que por tomar otras veredas, adquirí el compromiso de tener que desbrozar malezas de otras espesuras, ella jamás hizo ademán de tenérmelo en cuenta. Y eso porque siempre gocé de su compañía, de noche, y luego al rayar el día.



Cuando algunas madrugadas me da por imaginar y ella lo observa por encima de mi hombro, me dice que le gusta lo que escribo pero que prefiere cuando le dije, sin apenar mover los labios, que jamás me iría de su lado, de su café y su barrio.




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El Búho

miércoles, 15 de junio de 2011

DÉCIMO OCTAVA ENTRADA.



Imagina que no hay paraíso, es fácil si lo intentas.


Un día, en esas conversaciones que a veces teníamos Zhivago y yo cuando fuera del Café nos sentábamos a charlar un rato, oímos que en el piano de Lady O´Callaghan alguien tocaba una bonita canción. Era el Imagine de John Lenon.


Tampoco infierno debajo y arriba sólo cielo
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Zhivago se echó hacia atrás como si de pronto toda la paz de la tarde se le hubiera caído encima de golpe y, mirándome, me dijo


Imagina que no hay países, no es difícil hacerlo

-¿Verdad que es una melodía preciosa?
- Ajá - le contesté - pero... ¿y qué me dices de la letra?
- ¿De qué letra hablas? - puso cara de nórdico que es la que solía poner cuando algo le era casi indiferente - no consigo oír...


Nada por lo que matar o morir, ni religiones tampoco

Entonces yo le apunté que no sólo la música sino también la letra que le había puesto Lenon me parecía digna del mayor elogio, y él me contestó sin tapujos pues hasta se incorporó un poco, que le parecía que esa letra rezumaba impostura por todos lados, sobre todo viniendo de quien venía.


Imagina que no hay posesiones, me pregunto si puedes

Yo hubiera querido contestarle inmediatamente pero preferí seguir mirando hacia arriba observando cómo se escurría la luz entre los árboles a cada minuto que pasaba.


Ninguna necesidad de codicia o hambre, una hermandad del hombre


A veces encontraba a Zhivago tan inaccesible que me parecía estar hablando con otra persona, tan hermético, tan huidizo y hasta tan introvertido que era un desacato el pretender discutir con él algo a lo que yo presentía que no estaba dispuesto.


Imagina a toda la gente compartiendo todo el mundo...



- ¿Sabes? - le dije - me da igual que te resbale esa letra.
- Pero si no me resbala, todo lo contrario, sino que me harta y me incomoda.

Tú puedes decir que soy un soñador, pero no soy el único, espero que algún día te nos unas y, entonces, el mundo vivirá como uno solo.



No hay que imaginarse, búho, al mundo de tal o cual manera, lo que hay que imaginarse es a los hombres - parecía acabar pero entonces siguió – Jamás trates de cambiar el mundo y sí hazlo contigo mismo que lo conoces mejor y lo tienes más cerca. Pero eso, querido búho, eso… sí que es… harto, harto difícil.







El Búho

domingo, 5 de junio de 2011

DECIMOSÉPTIMA ENTRADA



Creo recordar que fue una tarde de septiembre con el verano vencido cuando, sentado en una silla junto al Café de Zhivago, lo vi con una guitarra en las manos y una canción en sus labios. Una canción que, sin dejar de mirar las hojas de los frondosos álamos zarandeados por el viento, él entonaba con evidente embeleso como si gozara con ella de tan lejanos recuerdos.


La canción era de un cantautor francés… que a la memoria no me viene ahora su nombre. Claro que tampoco recuerdo en este instante si fueron dos o tres las veces en que me besó mi primera amante.


Qué agradable se quedaba el parque cuando se marchaba la tarde con las dos rumorosas acacias despidiéndola sin pausas. Pero volvamos a lo que Zhivago cantaba.


Aguzando el oído, a pesar de que soy algo sordo del francés, entresacar pude unas frases de aquella lírica canción y otras que sólo fueron producto de mi imaginación.


La canción hablaba de un muchacho que, yendo a dar un paseo por un bosque cercano, al llegar a un remanso donde brotaba una fuente de agua muy clara, vio a una joven que se bañaba desnuda, dejando sobre unos juncos la ropa que velaba su hermosura. Era tan clara el agua de la poza que hasta se podía advertir el dibujo de su párvulo ombligo, temblando como tiemblan las miradas de los amores prohibidos.


Y en esas estaban cuando, de pronto y sin nadie esperarlo, una ráfaga de viento se llevó sus ropas al cielo dejando a la muchacha inerme y con un rictus de miedo. Entonces, al ver cómo el muchacho la miraba, sobreponiéndose le pidió que por favor la auxiliara y que le fuese a buscar algunas hojas de viña o de naranjos y también pétalos de rosa con que cubrir por lo menos su intimidad más rizosa.

Presto el muchacho por cumplir su deseo se internó en la maleza para encontrar esas hojas que la joven demandaba. Volviendo al pronto con un montón de ellas, se dispuso a hacerle un corpiño, temblorosa ella, le dijo él que no temiera, que fuese obediente. Pero la bella era tan menudita que con sólo una rosa fue suficiente.
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Al momento y con los pámpanos de la viña se prestó a coserle una falda, pero igual que la vez anterior para la figura de la joven con una hoja bastó.
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Ataviada de forma tan florida y cuando la ninfa le daba aquellas muestras de alegría extendiendo sus brazos para agradecerle su gesto, puso él tanto ardor en el abrazo, que los pétalos y el pámpano se vinieron abajo. A la joven la mañana le pareció tan agradable que la brisa que en el remanso soplaba, le parecían susurros y manos que la acariciaran.



En los días que siguieron tanto le llegó a gustar aquel armonioso juego que, cuando rompía la mañana, allá que se iba la ingenua a bañarse pero rogando que, de nuevo hasta el cielo, se llevaran también sus pensamientos como con sus ropas antes lo había hecho el viento... lo había hecho el viento.



El Búho

viernes, 18 de marzo de 2011

DECIMOSEXTA ENTRADA

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Era más de medianoche cuando la luna rebotando entre las hojas de las dos acacias del parque, metió la nariz entre ellas para decirles... apártense, por favor, déjenme pasar ¿no ven que estoy ansiosa por escuchar lo que en el Café se cuenta?
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Hacinados, despendolados y mundanos, los clientes conversaban reflotando en el aire ese aroma de licor y de puros habanos, revueltos con la mescolanza de otras muchas fragancias que la sensibilidad de cada cual disfrutaba.
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- ¿Sabes? - me decía sotto voce Zhivago - nunca me siento más a gusto escribiendo que cuando llegan las primeras tormentas y me quedo observando a la lluvia repiquetear sobre el alféizar de mi cuarto como si fueran bailarinas de un acuático ballet.
- A mí también me pasa - le dije tratando de apoyar esa imagen.
- Entonces, si las observo con atención parece como si se esmeraran en querer bailar mejor, mientras se viene acercando ese leve soplo de inspiración.
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En la parte de la barra que derrapaba a la derecha, decían que a causa de tanta ginebra, después de acicalarse frente al espejo, John el Inmenso platicaba con el comerciante en vinos de Jerez de la Frontera. Ensimismado parecía hacerle ver que a él también le horrorizaban las colas y que siempre había hecho lo imposible para no formar parte de ellas.
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- Bueno - le aclaró - salvo cuando aquella vez me dijeron que la cola era para ver a Ava Gardner, bajo el chamizo de Kenia, salpicándole la lluvia en sus labios y entre su blusa entreabierta.
- Recuerdo que llegaron a decir de ella que era el animal más bello del mundo ¿no es cierto?
- Cierto, más bella que una diosa pero aún más seductora.
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La Gran Marquesa de Culoplano, pasada de nuevo de Marie Brizard y a sabiendas de que la discreción siempre sería su asignatura pendiente, hablaba de intimidades de personas concretas emanando, eso sí, el agradable perfume con el que siempre se aromaba los pechos introduciendo en su escote pétalos de jazmín y violetas de su frondoso jardín con sus cuidadas macetas.
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- Una vez leí no sé donde, admirada marquesa, que nunca, absolutamente nunca, le delatará más el amor que si sintiéndose observada a su espalda, por el que se bebe usted las noches, no para de estarse quieta notándosele demasiado que quiere darse la vuelta.
- Ay, Don... éste, escritor... que nunca me acuerdo cómo se llama, qué difícil lo dice usted todo siempre, yo la verdad es que...
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Otra vez, la luna de medianoche, la que se esconde por entre las nubes, la que tanto se interesa por las conversaciones que en el Café se tienen, mitad soñadora y mitad licántropa, la que te embelesa en las noches de agosto, y la que, en las del invierno te esquiva y después te acuchilla con acosos de fiera, con dentelladas de loba y con su mirada perdida.
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Ocupando los dos sofás enfrentados, para poder conversar más cómodamente, hablaban y discutían sin más decibelio que el correctamente debido, sobre todo cuando el sosegado escritor comenzó a hablar con esa voz de Padrino.
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- Pero... - se quedó mirando a unos y a otros - ¿quién no se ha vuelto loco aunque haya sido una vez y en las circunstancias que fueran? Y además, seguro que con la evidente aquiescencia de todos. Sin embargo, cuando ese asomo de desvarío se relaciona con asuntos que tienen que ver con el amor, entonces la aquiescencia se torna en intolerancia y hasta, en algunos casos, en ajeno menosprecio y subestima porque...
- Porque bendita locura - le interrumpió Lady O´Callaghan - la que no es aceptada fuera de las coordenadas con las que la lógica se envuelve. Como, por ejemplo, ese sentir general de que llegado a un punto ya sólo nos queda el interior, sin advertir que, muchas de las veces, más lentamente el físico envejece que el interior se deteriora. Además aun quedan esos gestos inamovibles... De todas formas y volviendo a la locura, recuerdo con mucho agrado aquella canción que más o menos decía...
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Loca por sentirme tan sola y por sentirme tan triste, loca por intentarlo, por haberte llorado, y loca por tanto quererte.
El Búho

miércoles, 16 de marzo de 2011

DECIMOQUINTA ENTRADA
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Cuando con aquel sosiego esa misma tarde leía, no hubo momento más grandioso de perderle el hilo a la lectura que cuando noté que me mirabas de aquel modo. Y mira que no estabas porque... ¿te imaginas si hubieses estado?
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Y es que de nadie podríamos enamorarnos más como de esa persona con la que una vez hicimos, aunque fuera por unos segundos, el firme propósito de olvidarla.
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El Búho

lunes, 14 de marzo de 2011

DECIMOCUARTA ENTRADA
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Atardecía cuando Zhivago se puso el abrigo y salió del Café. Cruzaba ya por el parque en el instante en que volviéndose hacia el ventanal, levantó un poco la cabeza y me sonrió. Entonces me di cuenta de que se había dejado unas notas sobre la mesa. Notas que, tras esperar unos minutos, no pude vencer la tentación de leerlas. Era un borrador que después de mucho ordenarlo, decía más o menos así:
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TE PRESTO UN OTOÑO

Eso te dije, pasado el calor del verano, el día aquel en que nos sorprendió el sonido de la primera tormenta. Yo sabía que, aunque lo deseabas, nunca te hubieses atrevido a revivir ese otoño, estando segura, como estabas, del amor que yo le tenía.
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Por eso, cuando te lo presté, te recomendé tanto el que no dejaras ni un sólo minuto de cuidarlo. De cuidar ese otoño de tan gratos recuerdos, de ese otoño que tanto nos acompañó cuando, al atardecer, íbamos a pasear por el parque o por aquella verde hondonada que tanto te gustaba.
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Conversando en silencio, mirando yo dentro de tus ojos y tú de los míos. Con ternura y sin apenas un gesto, quizás una leve sonrisa, regresábamos luego a nuestra casa con mis sentimientos llevando a caballito a los tuyos. Por eso me gustaría volver a decirte, que no dejes de cuidar ese otoño.
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Porque ya no podemos ir juntos por el parque, pero tú… hazlo.
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Porque ya no podemos seguir el curso del río dirigiéndonos hacia aquel robledal por donde tanto paseamos, pero tú… hazlo.
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Porque ya no podemos caminar bajo aquel enorme paraguas que me compré, pensando únicamente en nosotros, mientras la lluvia nos acompañaba cayendo en un suave sirimiri para no molestarnos, pero tú… hazlo.
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Porque ya no podemos tomar café en aquel acogedor porche donde tanto nos miramos sin apenas hablarnos, pero tú… hazlo.
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Porque también sería ya difícil echarnos de menos tanto, tanto como antes nos echábamos, pero tú… pero tú no lo hagas porque hace unos días que me adelanté y te gané por la mano.
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Y te gané…
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Porque ya paseé otra vez por ese parque con un remolino de hojas amarillas cruzándose bajo mis pies.
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Porque ya bajé al valle, a esa parte de la margen del río donde sus aguas lamían los troncos y hasta las almas de aquellos vetustos robles y donde, muy cerca, los juncos se alborozaban, con la ligera brisa que soplaba, nada más vernos llegar.
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Porque ya empuñé mi paraguas mientras la lluvia, golpeándolo hoy sin miramientos, trataba de interrogarme sobre cuál era la razón de que fuera ahora tan triste, bajo aquel amapolón negro tan grande.
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Porque ya me tomé ese café caliente... pero en aquel acogedor porche ahora tan frío sin nadie a quien mirar ni nadie a quien escuchar.
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Porque te echo de menos aunque haya sido tan torpe que apenas un par de veces te lo dije, y porque eso de prestarte un otoño, fue tan sólo una excusa de adolescentes para escribirte esto que ahora lees y para decirte también que cómo iba a prestarte un otoño si no existe, en este mundo, otro otoño más bello que el de tu mirada.
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Ah, me gustó mucho el disco que me enviaste, es ese tipo de regalos que sólo hay una persona que pueda hacerlo, claro.
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El Búho

jueves, 3 de marzo de 2011

DECIMOTERCERA ENTRADA


Otra tarde, envueltos en la atmósfera de la agradable charla que se desmadejaba por entre los veladores del Café, Lady O´Callaghan nos contó una historia que le había sucedido, allá en la adolescencia, cuando se fue a pasar la tarde con unos amigos a un monte cercano.


- Recuerdo que fue recién entrado el otoño - comenzó a decirnos - pues aún no habían comenzado las clases y yo ya llevaba puesta mi rebequita. Pues bien, como digo, habíamos decidio pasar aquella tarde en un monte que se alzaba al este de la ciudad y donde solíamos acudir a coger piñas cuando éramos unos infantes. Pero esa vez íbamos tres para tres y las piñas no eran el objeto de nuestros deseos. Mi pareja era un muchacho que gozaba de todas mis apetencias, guapo, alto, de tez morena y que se llamaba Antonio, aunque todos le decíamos Tony, el Negro.


Según subíamos, nos dimos cuenta en seguida que el cielo tan azul que nos había acompañado cuando marchábamos por La Marina hacia el monte, comenzó a ponerse cada vez más oscuro.


- La que nos va a caer - dijo alguien.

- Va, no seas cenizo, Salitre.

- ¡Pero si a mí la lluvia es lo que más me gusta! - dijo él.

- Pues vaya gusto que tienes...


Por fin, entre vericuetos y senderos salpicados de chumberas, llegamos arriba cruzando la carretera que bordeaba todo aquel monte. En seguida volvimos a bajar pero esta vez por la pendiente de aquellos pinares que desembocaban en una tranquila y recoleta hondonada, donde nos echamos a descansar aspirando la fragancia que despedían aquellos pinos, y el aroma del aire salado que trepaba desde el mar.
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Tumbados sobre la pinocha, observábamos las copas de aquellos pinos que se cerraban dejando ver sólo unas nubes que se empujaban unas a otras como si quisieran pasar todas por el mismo sitio. Cerré los ojos y mientras Tony, el Negro, me decía al oído que a ver si me iba a quedar dormida, oíamos cada vez con mayor nitidez el ronco sonido de una lejana tormenta que se iba acercando poco a poco.
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No sé cuánto tiempo transcurrió, pero lo extraño no fue que me quedara dormida, ni tampoco que notara mis ropas mojadas, sino que a mi alrededor no había ya nadie ¡me habían dejado sola! ¡completamente sola! Había oscurecido, se oía el viento silbar por entre los pinos y empezó a venirme un canguelo que para qué las prisas.
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Entonces quise llegar rápidamente a la carretera pero la pinocha estaba tan resbaladiza que me era imposible salir de la hondonada pues trepaba dos pasos y en seguida, las hojas cedían bajo mis pies y vuelta otra vez hacia abajo.
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Ya no se veía casi nada. Lo intenté por otro sitio y tampoco. Hasta que se me ocurrió quitarme la rebeca y hasta el vestido y echándolos sobre la pendiente y pisando con cuidado, poco a poco pude llegar hasta arriba. Crucé la carretera y corrí a cobijarme bajo el árbol más frondoso que por allí había esperando qué decisión tomar.
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Abajo se veía la ciudad tan chiquita, tan indefensa entre aquellos dos mares, pero tan acogedora a la vez, con sus dos brazos abiertos, los muelles de La puntilla y Alfau, y las luces de sus edificios parpadeando como si la lluvia les molestara en la cara.
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Pero mientras dudaba entre permanecer allí hasta que el chaparrón cesara, o salir corriendo y que fuese lo que Dios quiera, de pronto, una mano se posó despacio sobre mi hombro. A punto estuve de que se me doblaran las piernas o toda yo entera pero... recuperándome, me giré poco a poco y con la lentitud propia de la que espera lo peor, me encontré con un individuo alto, extraño, pero de ojos amables.
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Entonces me sonrió y, ofreciéndome un paraguas del que destacaba su precioso mango de plata, me dijo
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- Toma, así no te mojarás, puedes quedártelo.
- Gracias... - le dije agradecida - pero… ¿y tú?
- A mí no me hace falta, ya me lo devolverás algún día que vuelvas.
- Gracias otra vez, pero… ¿dónde vives o cómo te llamas? ¿cómo voy a devolvértelo si no...?
- No te preocupes, vivo por aquí y algunas personas me llaman el Búho.
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- Fíjate qué casualidad, Búho, se llamaba como tú ¿no me digas que no...? - me dijo Lady O´Callaghan.
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- Bueno, sigo... Y fue en ese preciso instante cuando me desperté sudando, pero además la gota gorda. Entonces, me acuerdo que, durante los días que siguieron, muchas veces pensé si aquello que me ocurrió había sido verdaderamente un sueño, o el sueño era lo que en ese momento estuve viviendo.
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La verdad es que estuve hecha un lío pues ni siquiera ahora, pasado tanto tiempo, tengo las cosas claras, sobre todo cuando todas las tardes, al llegar a casa, veo brillar en la oscuridad del rincón de la entrada, el precioso mango de plata de aquel paraguas salvador.
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Ahora, sólo me queda deciros que es la primera vez que hablo de esto, más que nada por si alguien pueda llegar a creerse que desvarío. Con vosotros he hecho una excepción pues... porque hay confianza. Desde entonces lo nocturno siempre ha ocupado en mi vida un lugar especial.
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Como siempre, si te pones los cascos, y abres la pantalla...



El Búho