sábado, 24 de diciembre de 2016




SE ROBARON LAS FRASES

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Estas se las robó un amigo mío a una prima que tenía en Cuenca, sin que ella se diera cuenta, una plácida noche de luna mientras se miraban a los ojos con demasiada ternura. Aunque no sé yo si la ternura pueda ser alguna vez considerada como... demasiada.

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"Transcurrida esta larga etapa de mi vida, he aprendido que los amores pueden llegar por sorpresa y permanecer, aunque pueden también acabar lo que dura un atardecer. Además observé que grandes amigos pueden volverse grandes desconocidos y que, por el contrario, un desconocido puede convertirse en alguien más que inseparable conocido.

Me di cuenta a la vez que el "Nunca más" casi nunca se cumple, y que el "Para siempre" casi siempre termina. Que el que arriesga no pierde nada y el que no arriesga gana todavía menos que nada. 

También pude aprender que si te interesa una persona... ¡búscala, no te la dejes! porque mañana puede que en el amor ya seas un hereje. Noté que el sentir dolor es algo inevitable, pero sufrir... lo que se dice sufrir, si no eres demasiado imbécil, debes saber que es opcional. Pero sobre todas las cosas he aprendido que de nada sirve seguir negando lo que es tan evidente. Quizás para coger un poco de aire solamente, ese respirito".

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Pero entre aquel embeleso, mientras una frase le robaba, tampoco pudo él advertir la mano que ella siempre tuvo tan larga.

"Si hay algo que siempre me sobrecogió, fue el modo con que dos almas, que se saben gemelas, lo disimulan porque quieren guardar su secreto tanto, tanto... que lo guardan para ellas mismas" 

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Y termino diciendo que aunque a algunos les suene esta música como canción de uno de esos anuncios de dulces de Navidad, antes fue la Danza Eslava nº 2 de Antonin Dvorak. Por estas que es verdad.







jueves, 22 de diciembre de 2016




NAVEGANDO

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Atardecía cuando me invitó a dar una vuelta en su barquito.

- Pero, mujer, si yo no sé nada de marinería...
- Eso no importa, tú déjate llevar - me dijo - confía en mí, verás como hasta los colores te parecerán de otro confín.


Y me parecieron, y me dijo cosas que no imaginé ni que tampoco olvidaría. Recuerdo que la mar estaba preciosa, la brisa entre fresca y salada, y sus ojos me miraron quietos cuando el sol se desmayaba.

domingo, 18 de diciembre de 2016




LA CANCIÓN DE LA LUNA

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Aquel adolescente era tan enamoradizo que, a sus trece años, había tomado por costumbre listar las muchachas que más fervor le inspiraban, numerándolas del 5 al 1. 

Bueno, pues con los años se hizo mayor y, naturalmente, fue perdiendo esa costumbre de numerar a las muchachas, pero sustituyéndolas por otra clasificación aunque esta vez, no nos equivoquemos,  referida a la música. 

Sin ir más lejos, el otro día, mientras se afeitaba, me contó cómo estaba ahora la situación aunque solo me habló de la primera, de la que ocupaba en ese instante el número uno de sus preferidas, enredándosele en no sé qué parte de su cerebro o su alma, hasta que cuando otro día la volvió a oír, quedó de nuevo prendado.

Me dijo que era la Canción de la luna. Un aria de la ópera Rusalka de Antonín Dvorak. Entonces, yo me atreví a preguntarle...

- ¿Pero es la misma sensación que cuando..?
- Hombre, la misma... claro que, salvando las distancias y que a una solía encontrármela por alguna esquina o por una calle solitaria viéndola de lejos venir, a la otra, en cambio, solo me topaba con ella en las ondas, sin reconocerla al principio, pero luego al cabo de cinco o seis notas, totalmente y con gran dicha y emoción.

- Ayer - me dijo - para que te sirva como ejemplo, me la encontré no en ningún parque ni yendo camino del cole, sino saliendo de los mismos pulmones y garganta de la Netrebko en no sé qué medio.

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Excepcional escenario el del Teatro del Bosque al aire libre de Berlín. Nada debe reconfortar más a un director que los dos besos y el abrazo de la diva. Y encima, cuando él ya se retiraba, Anna le hizo un bis. A mí, se me hubiera caído la batuta al suelo. Vamos, como para morirse.





jueves, 15 de diciembre de 2016




ALOHA OE

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La palabra amor tiene su fuerza y misterio, en que no conoce fronteras, ni tiempo en el universo. Aparece cuando no te lo esperas y si lo esperas, te da la vuelta y entonces es él el que espera.

En Hawai, donde algunos creyeron que se hallaba la tierra prometida, mientras otros afirman que fue el lugar donde estuvo el paraíso, la palabra Aloha es un concepto mayor pues nada escapa a su embrujo. En esas tierras, la palabra Aloha todo lo absorbe pues no solo significa, Hola y Adiós o Aprecio y Amor, sino que además es una forma de vida, un modo de sentir y hasta de acoger a las almas gemelas a cuyo amparo acuden ellas.

Sucedió que una reina de esas tierras, hace ya muchos años, como no tenían guarderías que inaugurar ni museos que visitar, las tardes las dedicaba a pulsar su ukelele componiendo canciones. De esa forma compuso este Aloha Oe inspirándose en los amores que una hawaiana tuvo con un marino noruego cuyo barco había fondeado junto a las islas.

Como el poli bueno tiene su poli malo, el amor tiene también un compañero de nombre parecido y al que solo ve cuando él ya se ha ido. Esa tarde, la de la partida, la lluvia alejaba orgullosa las nubes de los acantilados llevándolas hacia la arboleda, mientras sonaba la más triste y hermosa canción de amor que jamás se oyó nunca en aquellas islas.






LA FELICIDAD

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Siempre pensé que la felicidad es como un rompecabezas de infinitas piezas que nunca llegan a ensamblarse porque, si por una de aquellas llegaran a hacerlo, se perdería la ilusión y chispa que pusimos con tanto empeño.

Creo que la felicidad no es algo que esté al final del camino, sino en cada una de sus vueltas y recodos, disfrazada además de las cosas más bellas. 

Como por ejemplo, aquella caricia que aún sigue permaneciendo en nosotros al recordarla, como ese abrazo que nos dieron la otra tarde aunque fuera por teléfono, como esa palabra que nos dijeron más azul que todo el que hay entre el cielo y el mar, y también la sonrisa de un hijo, la belleza de una tarde, el impactante paisaje o escuchar, por ejemplo, este allegretto de la Pastoral en su quinto movimiento.



miércoles, 14 de diciembre de 2016




SARABARAS

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Palíndroma de nombre y apellido, porque se le antoja y puede, por eso es más grande su arte que la luna que alumbra en su pasillo. Una chimenea en medio del salón porque le ha dicho el invierno que ya viene soplando un ciclón. Un ciclón que baila y se quiebra, y una silueta que sonríe y luego se pone seria. 

Repiquetean sus piececitos que hacen temblar las armónicas maderas, el pelo negro, estirado, la boca hermosa y unos ojos que intimidan cuando serios, como dos navajas, te miran.

Nacida en Cádiz con ese arte gaditano. La enseñó a bailar Concha Baras, su madre, que tocaba el piano y,  encima, profesora de baile. Para que luego digan que se necesitan las musas para crear tanto arte, cuando se sabe que solo hacen falta, una hija y una madre.



viernes, 25 de noviembre de 2016




POR LOS BUENOS TIEMPOS

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Jamás habrá separación más cruel, que la que aparece en el recodo del camino diciéndonos que ya no hay más que caminar. Atrás quedaron los buenos tiempos que nunca más volverán pero no lo digas, ni tampoco lo pienses.

Entonces... ¿qué es lo que ocurrirá ahora? Parece que nos diera igual porque nos damos cuenta de lo que importa es ese tiempo que tuvimos para estar juntos.

Y ahora, con tantas mañanas para rumiar nuestra tristeza ¿valdrá la pena creernos que existe otro lugar? Y si así fuese... ¿coincidiremos en él? ¿nos reconoceremos? Pero... y si fuésemos dos extraños ¿se produciría otra vez el chispazo? ¿volverías a sonreír de la misma forma?

Si es así, la enviaré por delante, sé que te gustaba apoyarte en ella, como a mí sentir el calor de tu cuerpo pegado al mío.



jueves, 24 de noviembre de 2016



EL ASCENSOR ENAMORADO. CUENTO PARA MAYORES

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Subibaja era un ascensor de una rara madera tropical, de esos que ya no quedan, de esos que ya no suben y bajan como él sigue haciéndolo en esa casa señorial. 

Con aspecto de confesionario de majestuosa catedral, Subibaja se adornaba, en sus adentros, con una banqueta de terciopelo rojo, imprescindible marchamo de todo ascensor de alcurnia que se precie. En su gran espejo de cuerpo entero, todos sus vecinos se miraban expectantes esa arruga que antes no estaba, pero sin nadie reparar que era allí, tras la pátina de aquel veteado espejo, donde el alma de Subibaja tenía su guarida.

Pues bien, aquella noche de fiesta, su adorada Nuria del Vall entraba esplendorosa en él, mientras el aura del perfume que la envolvía inundaba toda la cabina.

- ¡Pero qué aroma! - musitó Subibaja - ¡qué bien huele mi adorada!

Con un vestido verde oscuro, elegantísimo, un discreto collar y un gran abrigo negro al brazo, Nuria del Vall se miraba en el espejo esponjándose la melena con la otra mano y ensayando la más seductora de sus sonrisas. Segura y arrebatadora, Nuria salió del ascensor, cruzó el vestíbulo y, a los pocos segundos, en el amplio zaguán sólo quedó flotando, el difuminado eco de sus tacones.

A esa misma hora, en otro ascensor de un moderno edificio de la ciudad, un individuo se miraba en el espejo barruntando que igual esa noche se iban a quedar mudos hasta los grillos. Bien afeitado y con un traje de impecable corte, el individuo se ajustaba el nudo de su corbata italiana, mientras carraspeaba con discreción. Salió del ascensor, saludó al conserje y, en seguida, se fue caminando bulevar arriba.

Mientras, subido allá arriba, por las inmediaciones del ático, con sus geométricos calzoncillos de madera y su dorada cadena colgando como leontina de un viejo reloj, Subibaja, el ascensor enamorado, rezongaba en un duermevela soñando a ratitos con su amada. 

Hasta que rayando la madrugada, unos ruidos lo despertaron. Era su adorada que regresaba de la fiesta.

Nuria venía con esa pinta que se les queda a algunas mujeres, a unas más que a otras, cuando regresan de madrugada. Cansada, como si la noche no hubiera sido lo apasionante que prometía, que al parecer no era éste el caso pero que, de todas formas, la pinta era la misma:

Sus ojos se balanceaban en un laguito de alcohol como si se hiciesen aguadillas el uno al otro. Sentía también su lengua pastosa del tabaco fumado pero resbalosa a la vez quizás con la forma del último lance vivido. Aquellos hombros redondos y firmes que, tan sólo hacía unas horas, bajaron lozanos y altivos, regresaban ahora con sus tirantes vueltos y asimétricos donde su acompañante, seguramente, intentó rumiar sus últimos deseos.

Inmediatamente tras ella, venía el que horas antes bajaba en el moderno ascensor de aquel otro edificio. Venía, con esa pinta que se les queda a algunos hombres, a unos más que a otros, cuando regresan de madrugada. Cansado, como si la noche no hubiera sido todo lo elocuente que prometía - que tampoco parecía ser este el caso pero que de todas formas la pinta era la misma:

Con los ojos idos y un golpe de tos en los pulmones, el acompañante se recostaba frente al espejo. Aquella corbata italiana, anudada hacía tan sólo unas horas, con primor cartesiano, se desgarbaba floja y desaliñada como una serpiente ebria entre su chaqueta mal abotonada. Junto a la hebilla del cinturón, su camisa, antes tersa, flotaba ridícula como un velamen sin brisa, enseñando un ombligo sin atractivo digno de resaltar, para qué nos vamos a engañar.

Una vez que entraron en la cabina y apretaron el botón de Subibaja, que le dolió como si le desgarraran el alma, Nuria y su acompañante comenzaron a besarse entreabriendo sus bocas como si ambos bebieran del mismo botijo mientras tras el espejo, con el mayor de los quebrantos, Subibaja asistía atónito a la escena que contemplaba... Nuria apretando sus muslos contra los de su acompañante sintiéndolos - si el de Fuentevaqueros me cediera la licencia de sus versos - la mitad llenos de lumbre, la mitad llenos de frío.



Fue el momento en que se dieron la vuelta - para mayor escarnio de Subibaja - apoyando ella su rostro contra el viejo espejo de azogue, y el acompañante completamente decidido a trocar el natural sentido de las cosas. 

Y así, acunándola como si le fuera a cantar una nana, Nuria recibió extasiada su tibia concupiscencia justo en el momento en que a Subibaja se le cayeron dos grandes lagrimones que, los invisibles cronistas de la casa, contaron que le habían salido de lo más profundo de su alma.




domingo, 20 de noviembre de 2016




NO PODÍA SER OTRA, ES IMPOSIBLE QUE HUBIERA DOS


Al llegar la madrugada y la lluvia dejar de caer, fue cuando la vi por primera vez. Al pronto supe que era ella, me di cuenta en seguida, no podía ser otra, sería imposible que hubiera más. A esa hora, caían las últimas gotas del saledizo del porche, brillando en la luna escondida entre su pelo de noche.

Le dije algo que muy bien no recuerdo porque me miró como a veces le mira el amor al olvido, para que ya jamás regrese. Y de pronto noté que yo había regresado sin jamás haberme nunca marchado. Tal era su bondad, tal su belleza, tal su sonrisa. No podía ser otra, me di cuenta en seguida.

A lo largo de mi vida he sido atacado, incluso una vez disparado y otras seducido, hipnotizado y hasta comercializado aunque no necesariamente en ese orden. También me tomaron por tonto por haber callado sin jamás haber otorgado, por eso quisiera que me trataras con cuidado.

Estoy tan cansado ¿sabes? pero de estar solo aunque, no temas, porque después de haberlo dado prácticamente todo, aún me queda mi mejor amor para dar, por eso quisiera que me trataras con cuidado. 

Ven, acércate, junta tu cuerpo al mío y soñemos juntos. Y es que llegaron esos apacibles días en que ya no me perturba el aroma del éxito ni sé a qué saben o sabrán los desamores. Me di cuenta en seguida, no podías ser otra, eras tú, por eso... no temas, que te voy a tratar con el mejor de los cuidados.





domingo, 13 de noviembre de 2016




MARIANNE ERA NORUEGA, LEONARD DE CANADÁ. YA NO VA MÁS.

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Érase que se era, allá por el 1960, en la isla griega de Hydra. Una isla a la que acudían artistas expatriados entre los que se encontraban algunos que huían hasta de ellos mismos. Pero los que nos interesan son una pareja noruega formada por un escritor y una pintora, y un poeta judío venido del Canadá.

Sucedió que, un día, el escritor desapareció de la isla llevándose en su equipaje una sonrisa rubia que era también como la de su mujer, pero que tenía un rictus que le agradaba más. Entonces Leonard, el poeta canadiense, viendo que Marianne, que así se llamaba la pintora noruega, se había quedado sin nadie a quien por las noches contar las pestañas, él le mostró las suyas.

Transcurrió el tiempo y como sus dedicaciones no daban para pagar ni la luz ni el teléfono, decidieron irse a Nueva York a un hotel donde había gente más surrealista que en Hydra, pero también con más polución, tráfico y artistas.

Y siguió pasando el tiempo hasta que una tarde cuando después de unos felicísimos días, su relación andaba desvencijándose, él se dio cuenta que cuánto razón había tenido aquella madrugada con el verso que escribió...

A veces en el amor aparece una grieta por donde entra la luz

Entonces quiso componerle una canción, que en principio se llamó Come on Marianne que ella interpretó como... Vamos, mujer, intentémoslo de nuevo, pero que al final quedó en un solo So long Marianne que era un hasta pronto envuelto en un adiós.

Hace unos meses que murió Marianne pero años antes le había dicho a unos amigos que nunca conoció a una persona más honesta que Leo y que le encantaba, hasta donde ni él mismo lo podía imaginar, que una canción suya llevase su nombre.

Y luego hay quien dice que la elegancia y el savoir faire jamás podrían ser elementos de una historia de desamor. Maravillosa Marianne. La pobre... después de dos dejadas en ese partido de tenis que le echaron, seguro que pensó como si fuera Sabina 

Antes de que me quieras como se quiere a un gato, me marcho con cualquiera que se parezca a ti.

La canción preciosa y de Marianne... más de uno seguro que se vuelve a enamorar al escuchar de nuevo su nombre. 

Cohen también nos dejó este fin de semana. Hay quien dice que su subconsciente no pudo resistirlo y que además se había quedado algo corto de imaginación y ternura el día en que le escribió aquella postrera carta.
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El último que apague la luz. Cada vez vamos quedando menos.








miércoles, 2 de noviembre de 2016



COSAS QUE SE LE OCURREN A UNO

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Si yo fuese la luna rielaría sobre tus párpados dormidos, para ver si es verdad eso de que sueñas conmigo.

Aunque si fuera ese libro que estás leyendo, me haría más extenso y cercano, para que acariciaras más tiempo mis hojas en tus manos.


Pero si fuese un hombre entero y bueno, me ocuparía con el mejor de los tinos, de manejar los espacios que guardo entre mis amigos.






sábado, 15 de octubre de 2016




IO NON SO PARLAR D´AMORE

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Dijo este ragazzo de la Vía Gluck en la Arena de Verona - las paradojas de la vida - porque ahí fue donde el montesco Romeo tuvo el arrojo de enfrentarse a los capuletos de su amada Julieta, y decirles que ella sería su ángel más bello, por encima de todos los pueblos razas y credos.

¿La excusa para afirmar que él no sabía parlar d´amore? Pues que la emoción no tiene voz y además le faltaba un poco de aliento porque si ella estaba allí... había demasiada luz, y por eso su alma se expandía como una música de verano.

Entre sus brazos dormiría serenamente, aquello era muy importante por sentirse los dos tan de puta madre. Y así le daría ella otra vida que él seguro no conocía, y sería su compañera hasta el final de sus días. 

Hay quien dice que dos caracteres diferentes prenden en seguida y muy fácilmente. De eso no estoy muy seguro, aunque que sí sé que jamás con nadie me sentí más a gusto - le dijo él - y eso sí que lo juro.

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PD. También me gustaría recalcar que aproximadamente hacia el minuto 2´40 de la grabación, cayeron sobre la arena de Verona dos preciosos luceros, que hasta entonces habían estado brillando en lo más alto del cielo. 




martes, 11 de octubre de 2016



POR UNA CABEZA. TANGO

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Este excelente tango llegó a mis oídos, a pesar de cantarlo en su día Gardel, hace relativamente poco. Quizás no son más de 20 o 30 años.

La música me resulta preciosa y el sentido alegórico de la letra me entusiasma al dejar abierto todo un mundo de sinsabores, metejones (enamoramientos carnales) ocasiones perdidas, pingos del nueve y medio y también satisfacciones.

Empieza hablando de un potro que justo al llegar a la meta, creyéndose ya ganador, aflojó su exigencia y al regresar a las cuadras, decepcionado, nos avisó que jamás hay que perder de vista esa meta hasta no lograr morderla. 

La meta eran como sus ojos, me dijo una vez tío Alberto, que en las distancias cortas, menos aún de una cabeza, es cuando son más peligrosos. Por eso se reafirmó diciéndome que nunca más perdería la cabeza por ella, ni volvería a sentir sus latidos, a no ser... que la volviera a ver con aquel bonito vestido y el peinado ocultando sus ojos en una noche de estío.








UNAS PALABRAS DE AMOR

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La mujer suele decir que una de las cosas que más le gusta de un hombre es que la haga reír pero también sus manos - ahora son ellas las que me hacen reír a mí - Yo, desde luego, no estoy muy seguro pero en fin, si ellas lo dicen. 

También dicen que su punto más vulnerable para conquistarla está en el oído con palabras de amor que sean sencillas pero a la vez tiernas. En eso creo que vamos estando más de acuerdo aunque la inmensa mayoría no nos apellidemos... de Bergerac.

Bueno, pues esta es la pequeña historia de un muchacho que comenzaba a caminar por esos caminos tan intrincados por donde más de una vez, el que más o la que menos, no salió bien parado. 

Entonces, en uno de aquellos días, al muchacho le dio por añorar aquel amor escribiendo una canción que decía así...


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Ella me quiso tanto... Yo aún la quiero. Juntos atravesamos una puerta cerrada. Ella ¿cómo os lo podría decir? era entonces todo mi mundo cuando en aquel fuego nuestro ardían nada más que palabras de amor. 

Palabras de amor sencillas y tiernas, no sabíamos más pues teníamos solo quince años y apenas habíamos tenido tiempo para aprenderlas pues acabábamos de despertar de esos sueños que tienen los niños.

Teníamos bastante con tres frases hechas que habíamos aprendido de unos antiguos comediantes: Historias de amor, sueños de poetas, no sabíamos más teníamos quince años. 

Ella ¿quién sabe donde estará y por donde parará ahora? Un día la perdí y nunca más volví a encontrarla. Pero a menudo, cuando llega la tarde, al oscurecer, de lejos me llega el sonido de una bella canción. Viejas notas, viejos acordes, viejas palabras de amor.




lunes, 10 de octubre de 2016




ALLÍ SEGUÍA SOBRE LA ARENA 



En uno de los veladores del Café de Zhivago y bajo la tenue luz de su lamparita, el ilusionado escritor que nunca quiso entregar sus trabajos a su fallecido editor, escribía unas notas sobre un folio en blanco.

De vez en cuando, el escritor miraba por el ventanal hacia la alameda que se cimbreaba como si toda ella estuviese bailando un vals, y regresaba otra vez a lo que andaba escribiendo. Al rato…

- Bueno, pues más o menos esta es la idea, ahora sólo queda darle forma – se dijo mientras sacaba un lápiz rojo y volvía a los álamos que, efectivamente, le daban su visto bueno.

Siguió escribiendo unos minutos más y, tras apurar el café de la taza de un solo golpe, comenzó a leer lo escrito pero esta vez de corrido. Y así fue cómo le quedó.

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Una tarde de finales de septiembre cuando la mar, por querer estar muy guapa, se pintaba los labios de oscuridad y de plata, iba yo hacia la playa cruzando por el embarcadero.

- Toc... toc... toc… – resonaban mis pasos en las entrañas de la madera.

Rodeé aquel Bar del Acantilado con su marquesina de siempre y su penetrante aroma a café y en seguida tomé por la veredita que bajaba. En esta época de principios del otoño, siempre me atrajo mucho la soledad que respiraba la playa. Paseando junto a su orilla y mirando las pequeñas olas que rompían con su pausado blad... chassss, blad... chassss, me daba cuenta al momento de que todo aquello seguía teniendo las hechuras de un paraíso, aunque no acababa de serlo, y eso ya sabes por qué.

Continué paseando hasta llegar casi a las rocas y allí seguía varada, sobre la misma arena, pero de forma diferente, ya no estaba desvencijada por los muchos años que llevaba de trote sino que la habían pintado de blanco y lucía una cara nueva pero guardando, eso sí y con su habitual discreción, los secretos que de nosotros sabía cuando, algunas noches de mayo y recostándonos sobre ella, nos miramos y nos quisimos tanto.


Entonces quise hacer lo que entonces hacíamos. Me senté sobre la arena y, apoyando mi espalda sobre ella, me quedé mirando aquel cielo gris porque la luna, arreglándose con su habitual coquetería, no acababa de salir ¡Qué serena tranquilidad y qué agradable brisa la que soplaba! Tanta que cuando hasta el silencio de la playa intentó decir algo, el blad... chassss... de las olitas, cruzando su dedo de espuma sobre sus labios, no le dejó ni hablar.

Y me vino entonces esa imagen tuya, la de los días del final de aquel verano, junto a las rocas, que se fue con tus ojos negros tras la frescura salada de tu boca. Cómo recuerdo aquellos instantes pero, sobre todo, la tibieza de tus piernas morenas bajo tu falda abierta vaquera, con las estrellas brillando trémulas... sobre la arena.

 


lunes, 3 de octubre de 2016





UNOS VERSILLOS Y UNA CANCIÓN

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TE LO DIJO EL VIENTO

De amarillo el amanecer repinta
la frágil espiga de tu trigo
y morado el atardecer riza
el violeta de tu mar tranquilo.

Tan segura estás que de menos no vas a echarme
como sientes acelerar mi pulso
en cuanto me acerco a abrazarte.

Porque se me quiebra la voz nada más que te siento
segura vuelves a estar de que por ti yo me pierdo.

Y me pierdo por la orillita del mar
por donde pasear contigo quisiera
de noche y que nos dieran las tantas
sin que nadie… nadie nos viera.

Sí, ya lo sé
que estás más segura cada vez
de que por ti yo me pierdo
pero no porque te preocupe
sino que te lo dijo el viento.
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El Búho



sábado, 1 de octubre de 2016




¡CADA VEZ ESTÁS MÁS GUAPA, MUJER!

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Me di cuenta que me había enamorado cuando supe que desconocía por qué me gustaba tanto.

Había oído hablar tanto de ella que, a pesar de eso, jamás pregunté si era rubia, morena o tenía rojo el cabello.

Hasta que una noche, enredado en la madrugada, vi de cerca sus ojos fenicios, azules y verdes, negros y moros, noté el perfume de su cuerpo salino y sentí, como propio, sus más cercanos latidos.

Sus cercanos latidos justo al abrazarnos al doblar la esquina de esa calle cualquiera, con el viento entreabriendo su falda y la brisa en su boca de nácar.

Me vuelve loco el salitre, pero también sus ojos cuando saben que no los miro porque entonces sé que me miran ellos. Me vuelve loco el salitre pero el que por la tarde, atrevido, en su espalda ronea, cuando asoman sus andares que por esa playa pasea.

Y así, al arrullo de la brisa marina, con olas de belleza infinita, se me queda soñando el alma mientras dormida suspira.

Nunca entendí ni quise pegar un tiro al aire ni que cayera en la arena. Los tiros con tapones de corcho o con pistolas de agua buena, y menos aún hablando de ella con su cuerpo de cisne y su mirada serena. Siempre quise besar sus labios de mar y de arena y que muriera de celos la luna, pero también de pena. 




sábado, 10 de septiembre de 2016




PENSAMIENTOS MÍOS 

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Hoy he vuelto a estar de acuerdo conmigo mismo en que nuestras sensaciones, incluso las más fuertes y deseadas, se desvanecen como por encanto si no estás encima de ellas, si no las cuidas. Del mismo modo, pienso también que la razón y el entendimiento ha de procurarse que vayan siempre de la mano, al unísono, delante del corazón, pero sin que mucho lo note.

Me he convencido que ese amor que una vez te trastocó, jamás valdrá la pena haberlo vivido, ni siquiera para enmendar posteriores errores, porque en el amor quien semejantes fallos comete, está muy próximo a volverlos a cometer.

Creo que nada reconforta más que la sonrisa de un hijo, y que nada hace venirte más arriba que esa especial y silenciosa mirada que él a veces te envía, envuelta en la mayor sintonía.

Nos damos cuenta que la vida pasa y también que quizás algunos amigos los tengamos a nuestro lado si gozamos de ese privilegio, pero que si no es así, que parezca que los tengamos cerca.

También me gustaría decir que aprendí a calibrar que no hay nada mejor que marcharse a dormir con la conciencia casi del todo tranquila, porque tranquila, lo que se dice totalmente tranquila, es difícil de lograr.

Aunque con el paso de los años, creo que lo más importante de todo será... el jamás sentirte solo, situación que lleva implícita, naturalmente, querer a alguien y que ese alguien tan querido, también mucho te quiera. Pero que te quiera de verdad, de verdad y de verdad, que eso se nota.
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Si esto es así, aun en los momentos de más honda melancolía, entonces a algunos la lluvia le parecerá sol, y a otros, entre los cuales me encuentro, la lluvia le parecerá más lluvia, afortunadamente.

 


martes, 16 de agosto de 2016



PALABRAS PARA UN VÍDEO DE MUJERES 

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Me descoloca el olor de tu cuerpo abrumado por esas copas de madrugada, que quedaron varadas en la arena de tu playa

Me fascina el aroma de tu piel desnuda, empapada de olas, de algas y espuma, ahora que se fue a dormir tan despacio la luna. Pero también tu blanco vestido libélula, como la flor roja prendida en tu pelo, y tu boca mecida en el amanecer de un beso. 

Me enloquecen esos tus juegos, los amorosos, sobre los ombligos redondos, con deseos tal vez frenados por llevar los ojos vendados, pero todavía más el tacto insonoro sobre el teclado de la rosa muda, envuelta en una sonata con lazos de ternura.

Esa mujer que de niña aprendió ballet, se disfraza ahora con sus zapatillas rojas entre recuerdos y añoranzas. Me gustaba verte con sólo tus tejanos vestida, quizás porque hubo un tiempo en el que gocé con esa fantasía.

En la cálida paleta de tu cadera de pintor, quise inventar una vez el más perfecto de los colores pardos de ese otoño tuyo tan esperado. 

Decúbito prono, la insultante elevación de la copa se mantiene tan firme y tan equilibrada como el mejor ejemplo de las leyes de la estática.

A veces me miras de una forma que parece que lo hagas con descaro y también... con su poquito de traición. 

En la campana de tu amplia falda, tus piernas parecen los badajos del sonido más sutil y divino. 

Una vez un nicaragüense exclamó: Margarita está linda la mar y el viento... no parece que las eche a volar.

Con la cabeza echada hacia atrás y expeliendo el humo hacia arriba pareces una Ava Gardner de Mogambos tropicales y Noches de una iguana salpicada de licores y sentires especiales. 

Me gustan más blancas o negras que de ningún otro color, quizás tenga la culpa aquella afición que le tuve siempre al ajedrez. 

Paso del Dom Perignon porque prefiero del Duero su ambrosía, así como según qué clase de simetrías. Una vez me equivoqué y aunque puse la sal en mi boca con denodada pasión, mordí luego tu espalda en vez de morder el limón ¡Qué sabrán lo que se estila esos de las tierras de Mexicó!

Huellas de tacones de aguja ¿amor, pasión o lujuria? Quizás la prisa, quién sabe si el desenfreno, el éxtasis, el embeleso y las hebras de ese pelo que tratan de callar, sin quererlo, tu descabello.

Me gusta cuando te disfrazas de pirata o de aquella apache Cara de luna, pero me agradan también las amanuenses del medioevo, con su pluma plena de imaginación y de ingenio. 

Jamás habrá un silencio más dulce y hermoso que el que se produce, cuando me mandan callar tus carnosos labios azules.






EL CASO DE UN SINGULAR ADULTERIO

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Era tan fuerte el perfume de los naranjos que, en aquella tarde, entraba por la ventana que daba al Revellín que, Dandy, el elegante detective, no tuvo más remedio que despertarse de su siesta. Y no le vino mal pues, nada más sonar la última campanada de las cinco que sonaron, se oyó el timbre de la puerta.

Era D. Leonardo Cohen, accionista mayoritario del Holding Salazones Exportaciones, que acudía a la cita con imperial puntualidad.

- Hola, buenas tardes.
- Buenas tardes, pase D. Leonardo, pase usted, por favor – le dijo franqueándole la entrada.
- Mire usted – le dijo D. Leonardo mientras le pasaba una toallita de papel a sus gafas - voy a serle claro y muy preciso para no dilatar más esta desagradable situación – dejó la toallita sobre la mesa y poniéndose los lentes de nuevo, le miró fijamente y le entregó un voluminoso sobre - Ésta es la documentación que me pidió, no obstante, si encuentra a faltar algunos datos, venga a verme mañana a la dirección que figura en la tarjeta. A partir de ese momento ya no volveremos a vernos hasta que todo quede solucionado ¿me expliqué con claridad?
- Completamente.
- Pues eso es todo, espero sus noticias. Adiós, buenas tardes.

Y con la brevedad que muestran las personas eficazmente concretas, D. Leonardo Cohen abrió la puerta y se marchó. Instantes después, el detective Dandy se puso a examinar la amplia documentación en la que figuraban fotografías, costumbres y amistades personales de la Sra. Cohen.

A la mañana siguiente y pergeñado ya su plan, Dandy desayunaba frugalmente bajo las frescas parras del Bar Niza, mientras le echaba una ojeada a El Burlador de Sevilla en una edición de bolsillo que siempre llevaba encima y que le gustaba releer. Supongo que por esas cosas que tienen los seductores.

Mientras lo hacía, miraba de vez en cuando hacia la puerta del garaje por donde habría de salir Paloma Cohen en su coche. Cosa que hizo en el instante justo en que en el carillón de la Iglesia de San Francisco, sonaban las once de la mañana. Entonces, por la Avenida de Los Sueños Rotos y con la discreción que el caso requería, el detective Dandy se puso en marcha siguiéndola a la distancia adecuada.

Tras hacer unas compras en una acreditada firma que rima con ¡joder cómo llueve! recogió después unos libros de la librería “Lea, que nadie se va a enterar, hombre” y, tras tomarse un aperitivo en la Terraza de Florentino observando el paso de la gente, Paloma Cohen regresó a su domicilio.

Momento que aprovechó Dandy para sentarse de nuevo bajo las frescas parras del Bar Niza pero esta vez para tomar su almuerzo. Eligió una espuma de lamelibranquios hembras con láminas de jengibre liofilizadas al estragón templado, que comió con exquisito gusto, mientras de vez en cuando rumiaba las singularidades del caso que llevaba entre manos. Entonces, justo cuando pedía su extracto de café mulato, observó con gozo cómo tomaba asiento en la mesa de al lado, una pelirroja de muy buen aspecto. Y es que Dandy siempre había tenido una especial admiración por un definido tipo de pelirroja como aquella lo era, y como hace ya muchos años quiso quedar prendido en el olvido, sin jamás conseguirlo, un corazón que nunca se pasó de moda. 



La mujer sacó una pitillera del bolso y, con el móvil apoyado en un hombro, se puso un cigarrillo entre los labios mientras con una convincente sonrisa le preguntó con agradable acento canario.

- Por favor ¿tienes fuego por ahí?

Dandy se echó mano al bolsillo pero sin perder de vista, en ningún momento, la entrada del garaje. Tras un rato de conversación, la muchacha cerró el móvil y pidió un café.

- Otro para mí, por favor – dijo Dandy.
- Perdona ¿me das fuego otra vez? es que no encuentro mi encendedor ¿sabes si estoy muy lejos del Hotel Términus? no conozco la ciudad y… – dijo como disculpándose.
- Sí, claro, aunque no está cerca de aquí. Tienes que seguir esta avenida hasta el final, girar a la derecha en la rotonda, luego a la izquierda y en seguida verás una plaza rectangular donde se encuentra el Términus.
- Muy amable – le dijo sonriéndole y estrujando el cigarrillo sobre el cenicero – Hasta otra y gracias.
- Adiós.

Pero no había pasado ni media hora cuando el detective Dandy vio aparecer el morro del Jaguar subiendo por la rampa del garaje. Salió todo lo deprisa que pudo, se metió en su coche y se fue tras Paloma Cohen que ya enfilaba por el Puente de Europa en dirección a Algeciras. Pero cuando parecía que iba a entrar en la ciudad, cambió rápidamente de sentido y regresó a Ceuta para luego aparcar en los subterráneos de El Hacho. Dejó el coche, tomó un taxi, Dandy hizo lo propio y, minutos después, dejaba el taxi colándose a toda prisa en el Hotel Términus. 
En el hall y viendo que tomaba uno de los ascensores, Dandy dudó entre seguirla o esperarla, optó por lo segundo pero no sin antes averiguar en recepción, con la sagacidad que le definía, el número de la habitación. Al rato, oyó de nuevo esa voz de acento tan marcadamente guanche que ya había oído hacía tan sólo unas horas.

- ¿Tienes fuego por ahí? – Era la pelirroja que de nuevo con un cigarrillo entre los labios le sonreía por repetir la pregunta.
- Hola ¿pero qué haces aquí?
- Eso habría de preguntártelo yo ¿no crees? Yo me hospedo aquí ¿lo recuerdas?
- Cierto, cierto, es verdad, yo… es que había quedado aquí con un amigo pero por lo visto me ha dado plantón.
- Pues entonces estoy de suerte, así podrás enseñarme la ciudad ¿no te parece?
- Lo siento, pero hoy me es imposible, es importante que vea a mi amigo sin falta, así que no me queda más remedio que esperarle.
- Claro – dijo en tono comprensivo – quizás sea demasiado bonita como para perderla ¿no?
- Ah ¿te diste cuenta? Me rindo, pero de todas formas no es lo que parece.
- Como comprenderás a mí eso me da igual, sólo quería que me enseñaras la ciudad.
- Por cierto ¿cómo te llamas?
- Me llamo Clarisa ¿y tú?
- ¿Cómo esas monjitas…? Yo me llamo Dandy. En cuanto a lo de enseñarte la ciudad, si acaso te llamo un poco más tarde ¿te parece?

Y en eso quedaron. Dandy siguió allí sentado hasta que después de un buen rato apareció Paloma Cohen, con sus gafas oscuras y ese aire tan enigmático que le empezaba a ser ya familiar.

******

El detective Dandy, cuando no le chivaba el cuerpo qué dirección tomar, solía orientar sus pesquisas hacia los arrabales y los muelles de la ciudad, que era por donde se movía una especial confidente llamada Lilimarlén, así todo junto.




Era Lilimarlén una apóstata de la aristocracia, además de una pintora que escondió sus pinceles en la decadencia de sus últimas e insufribles tertulias con estetas. Así lo había decidido porque ya no le importaba otra cosa que no fuera el amor no correspondido, sobre todo en esos días que venían tan aburridos.

Lilimarlén tenía los ojos de un verde tan seductor que muchos pintores se miraban en ellos intentando copiar su color. Rubia, como una espumosa Heineken acabada de tirar, le gustaba tomarse unas copas de ron conversando por las tabernas del puerto mientras se ciscaba en todas las leyes que en este mundo eran sancionadas. Sabía muchas de las cosas que en la ciudad pasaban porque muy bien conocía – según la gente decía - a una alta autoridad y a la gobernanta de un hotel con los que alguna que otra vez, bajo la luna, estuvo ella muy dispuesta de cintura.

- A ver, Dandy ¿qué te traes esta vez entre manos?
- Nada en especial, Lilimarlén, saborear las noches del puerto y visitar de paso a una vieja amiga.
- Vamos Dandy, no me jodas a estas horas, dime ¿qué te interesa saber?
- ¿Qué puedes decirme de Paloma Cohen? – le soltó de sopetón.
- ¿La mujer de Leonardo? La verdad que poca cosa, claro que no lleva una vida como para que a mí me apasione.
- ¿Y de D. Leonardo?
- D. Leonardo, Dandy, eso es otro cantar, ahí sí que habría – expelió con fuerza el humo de su cigarrillo hacia arriba - como para escribir una novela y media. Pero ya sabes que eso es terreno vedado.

Y aunque en asunto de amores, como ya se esbozó, Lilimarlén le agradaban tanto los vasos de ron como las copas de ginebra, nunca en su vida tuvo a alguien que le echara las campanas al vuelo por no haber tenido nunca un día de fiesta mayor y sí unos cuantos de duelo.

- Profesionalmente, Dandy – le dijo – tu problema, y le doy gracias al cielo, es que no puedes pasar inadvertido, eres demasiado elegante y eso en un detective, querido mío, es dar demasiado el cante, como si llevaras en la solapa un caballo en una fiesta de infantes.
- Entonces… ¿me dirás algo?
- Cuenta con ello si me tienes en tus oraciones, y no me olvidas porque por aquí, Dandy, en este cascado corazón se te sigue queriendo aunque sea a mi modo.

Y así, casi con la misma desfachatez con que mira al infinito el dueño del perro que alivia sus intestinos en lo más primoroso del parque, Lilimarlén dio un paso al frente y lo besó en la boca apretando sus pechos contra su sorprendido torso. Allí se despidieron, con la luna sobre el Estrecho iluminando el Puente de Europa y el enorme farallón de la ciudad que por aquellos días, de una puñetera vez ya recuperada, estrenaba nombre, ahora sería, La Llana.

Una hora después, Clarisa y Dandy cenaban en la celda 54 del Restaurante La Fortaleza, disfrutando de la impresionante pantalla de cinerama que parecía el Estrecho bajo sus pies.

- ¿Sabes, Clarisa…?
- Dime.
- Aquí la mayoría de las veces el sol nos nace por el Oriente.
- Como es pertinente ¿no? pero… ¿y en las excepciones por donde asoma entonces?
- Por allí - le señaló - por la parte de la Mujer Dormida, como la siguen llamando los que siempre se opusieron a que se hubiese muerto.
- No me digas.
- Pero no has de extrañarte, pues es nada más que un pulso le hace a la geografía del lugar y que, girando el mapa, se cambia la izquierda por la derecha de hace ya algunos años para satisfacción de muchos de sus parroquianos.

Cuando llegó la madrugada, Clarisa, echada en la cama con los ojos cerrados se daba cuenta de que Dandy, más que un detective privado, era la encarnación de aquel muchacho que conoció hace ya tantos años en unas vacaciones, y que siempre le pareció especial por ser tan diferentes en sus conversaciones.

- ¿Pero qué haces ahora…? que te vas a romper, mujer – le dijo cuando vio que se doblaba como una contorsionista eslava.
- Esto no es nada, yo de pequeña hacía gimnasia rítmica, antes sí que era casi de goma, aunque aún puedo ponerme los pies detrás de la nuca casi sin esfuerzo. Por cierto… ¿comerás conmigo mañana?
- No, mañana no podrá ser, tendré ocupado todo el día hasta que llegue la noche.

Con la cama agradablemente fresca por el relente que entraba por la terraza del hotel, nuestro detective observaba la melena de Clarisa que parecía un sirope de naranja derramado sobre su espalda. Espalda que parecía la de esas venus que tantos pintores crearon para bien de los que siempre admiraron la belleza, el arte y los colores.

Entonces puso tanto de su parte que no se dejó llevar por los instintos, intentaba ser creativo como así no parecía Clarisa serlo. Era ese primer acercamiento en el que si se aprecia la confianza, todo es más placentero en esas primeras caricias que tanto se agradecen.

Aquella noche corrieron el mejor de los caminos porque - si me lo permite D. Federico – los muslos no se le escaparon como peces sorprendidos, sino que ardieron y se amaron como arden dos adolescentes y se aman dos amantes expertos con la ilusión infinita de su primer encuentro.

No hubo para más, la penumbra siguió ajustada a las paredes poniendo una sordina de luz a una noche de pasión y de fuego mientras él, visiblemente cansado, se dispuso a encender muy despacio el más reparador de los Ducados.

******

Cuando la Sra. Cohen salió de casa, el detective Dandy hacía ya un par de horas que la esperaba apurando su tercer café bajo las agradecidas parras del Bar Niza. En los últimos días, más de una vez se había preguntado si la enigmática personalidad de esa mujer no le interesaba más que el caso en sí. Un caso del que, ya no tenía ninguna duda, había perdido todo su interés. Quizás por eso, se le pasó por la mente tener una conversación con D. Leonardo y decirle que aquel seguimiento ya no tenía objeto. Pero minutos después lo pensó mejor y decidió que si era su cliente quien tenía que ponerse en contacto con él, lo adecuado sería esperar. Así que, apartando sus conjeturas a un lado, Dandy se ciñó estrictamente a lo que formaba parte de sus diarias obligaciones.

El mismo recorrido, el de casi todos los días, un recorrido metódico que Paloma Cohén emprendía sin apenas salirse de lo acostumbrado, y por tanto sin nada digno de resaltar salvo lo de la habitación que reservaba. Pero duda que quedó despejada por una confidencia del recepcionista que no podía decirle más pero que le aseguraba que ella no se veía con nadie. No pudo sacarle más a pesar de haberle entregado unos cuantos euros y otros tantos dólares americanos, que tal seducción mantienen en este mundo mágico y tan pagano.

Paloma tenía el pelo negro y cortado a media melena, la voz muy cuidada con timbre transparente, y su mirada debía ser fuerte y segura, y digo debía por imaginármela, porque con esas gafas oscuras que siempre llevaba, Dandy nunca llegó a adivinarle los ojos a su través por no acercarse ni a un metro de distancia siquiera, tal era su temor de que ella le descubriera. Sin embargo, cómo disfrutaba siguiéndola, cómo le entusiasmaba aquellos andares de tan elegante figura cuando algunas tardes se internaba en el parque caminando despacio entre las acacias y, finalmente, cómo le agradaba ese fresco perfume que él aspiraba cuando por imponderables de la persecución se había tenido que acercar más de lo aconsejable.

Bien, pues esa misma mañana, como casi todos los días, Paloma enfiló la Avenida de Los Sueños Rotos y, después de otras gestiones y de pasarse de nuevo por la librería “Lea, que nadie se va a enterar, hombre” a ver qué novedades había, se sentó a tomar una África Star, bien fresquita, en una de las mesas que el Restaurante Rejano desplegaba por la Plaza Vieja. Orientó su cara al sol para mejor recibir sus rayos mientras Dandy aprovechaba, cual espía en la Viena de la Gran Guerra, para ocupar una mesa de las más alejadas. Y es que nunca cejaba en seguir al dedillo esa máxima suya de que cuanto menos su presencia se note, mejor sería para cuando llegara el momento de no haber más remedio que mostrarse. 

Sin embargo, toda su teoría se le vino abajo en un solo instante nada más ver cómo Paloma Cohén se levantaba de su asiento y se acercaba decidida hacia su mesa. Siempre tras sus gafas oscuras y haciéndole el ademán de pedirle permiso para sentarse, Paloma le habló tan concreta, tan seria y segura que, a pesar de los años que llevaba él en la profesión, un punto de saliva se le quedó en medio de la garganta sin querer bajar ni subir, al escucharla decir que si había algo en esta vida que la exasperaba era la impertinencia disfrazada de tan patética mascarada.

- Quisiera decirle que, de verdad, nunca creí que estas cosas ocurrieran fuera de los guiones de las películas – entonces hizo una pausa para dejar patente, todavía más, su distancia – pero menos aún podría haber llegado a pensar que fuese precisamente yo el objeto de esa especie de experimento, pues así debo llamarle después de haber sufrido tanto su surrealista seguimiento.

Dandy no supo qué decir, tal era la vergüenza que le envolvía al ver que aquella mujer, de tan marcada distinción, le había desenmascarado de un plumazo, recriminándole sus actos de modo tan exquisitamente educado pero a la vez de forma tan cruel, pues al escuchar aquellas palabras tan hirientes no supo en qué modo más le dolió, si fue en lo personal o en lo meramente profesional. Y allí quedó molesto y contrariado, en aquella mesita de quita y pon después de que Paloma bajase despacio las escaleras del Rejano.

Sin embargo, de lo que volvió a quedar subyugado fue de sus inquietantes andares cuando se hubo marchado y de la profundidad de sus ojos negros porque en un momento en que le hablaba, se había bajado las gafas hasta casi la punta de la nariz como si quisiera dejar bien patente su desagrado. Eso pensaba sin percatarse siquiera de que comenzaba a chispear y de que aquel sirimiri le empezaba a empapar poquito a poco.

Lilimarlén no solía levantarse antes del mediodía, entre otras cosas porque había jornadas que a esa hora aún no se había acostado. Lilimarlén era dama en el puerto y rata entre los nobles de los que procedía pero que ahora la ignoraban aunque quizás no tanto como lo hacía ella. Lilimarlén, cuando de pronto despertaba, era por la presión de su pecho que no soportaba las embestidas de tanto tabaco fumado durante la madrugada y tanta tónica y ginebra siempre a mansalva libada.

- Desde luego hay mañanas en que el teleférico no para – se decía el detective Dandy mientras se tomaba un café en la terraza del Gran Mirador del Recinto.

Para los que nunca estuvieron por allá he de decirles que se accedía a ese panorámico mirador – igual ahora todo lo han cambiado o ni siquiera existe - subiendo en el teleférico que saliendo de la Plaza de los Reyes, remontaba la torre de los Orozco. Un poco más a la izquierda se encontraba el Gran Mirador, era un lugar privilegiado, exactamente ubicado en el solar que ocupó un cine donde echaban pelis en sesión de tarde, de noche e incluso de matiné. 

A través de la cristalera, Dandy contemplaba las lejanas playas de Restinga diluyéndose entre la misteriosa neblina que se había levantado, creyendo firmemente que hasta la niebla podía tener su encanto, al menos eso le había escuchado decir a algunos enamorados. Y en ésas estábamos cuando hizo Leonardo Cohén su aparición, poniéndose frente a él pero como si ya le atosigara el tiempo nada más sentarse. La conversación fue casi tan breve como la que tuvieron en el despacho el mismo día de su primer y único encuentro.

- Como le digo, D. Leonardo, sería una impudicia por mi parte alargar más este seguimiento, toda vez que no se nota el menor indicio de que su comportamiento se salga de lo normal ¿que hace cosas extrañas? de acuerdo, pero puedo garantizarle de que no existe esa segunda persona.
- Pues si lo normal es el significado que ambos queremos darle, Dandy, zanjemos este asunto de una vez – y sacando un sobre del bolsillo interior de su americana se lo entregó muy discretamente – Espero que no le importe que sea en metálico.

Al gesto de Dandy de que ningún inconveniente había por su parte, D. Leonardo Cohén se puso en pie y le extendió la mano.

- Gracias, me fue de gran ayuda pero, como comprenderá, espero no volver a requerir sus servicios.

Y allí se despidieron. Uno con satisfacción por ser sus sospechas definitivamente infundadas y el otro no tanto por la sensación que tenía de haber algo por ahí suelto que no le encajaba porque… ¿qué quieren que les diga? estos sabuesos del amor llegan a sospechar de todo que hasta de ellos mismo sospechan . Será eso que algunos llaman deformación profesional. Minutos después dejaba también Dandy el Gran Mirador, dispuesto a arreglarse un poco porque luego sería otra cosa. Era la última noche que pasaría con Clarisa pues a la mañana siguiente se marchaba de Ceuta.

No sabía aún por qué, pero le agradaba extraordinariamente aquella mujer, a veces tentado estuvo no de compararla sino de concretar qué similitudes podría tener con Paloma Cohén que sin llegar al encanto que tenía Clarisa, también tenía su aquel, no crean. ¡Pero eran tan distintas, tan diferentes en su modo de ser, de vestir, de comportarse, incluso sus voces nada tenían que ver, la de Paloma, seria, exigente… y la de Clarisa, dulce y chicharrera, amén de la simpatía y cercanía de Clarisa contra la pose siempre adusta y distante de Paloma Cohén.

La noche era una de esas noches silenciosas, de esas de blanco satén como si sólo se oyera a la brisa moviendo la misteriosa cortina de la niebla. También las olas pasaban ligeras por el Estrecho como si a nadie de Ceuta conocieran, y la humedad del ambiente se agarraba a las ventanas de un hotel porfiando con la entrada. Ese hotel en el que en su planta octava, un par de veces al mes, una habitación era reservada con exquisita y discreta formalidad. Por eso, esa noche también, apoyando la cabeza sobre el regazo de Lilimarlén, D. Leonardo miraba hacia el techo como si no se supiese ya de memoria sus molduras y recovecos. Le gustaba discernir sobre lo imprevisible que resulta a veces la vida sobre todo en los casos carentes de toda lógica como con Lilimarlén le ocurría, quizás porque nunca se encontró tan cómodo como con aquella mujer que un día, mandó a freír espárragos a la monotonía.

Pero también aunque lejos de allí y en una habitación de la planta 5ª del Hotel Términus, dos personas que conocéis, conversaban. Escuchad lo que dicen sin que se os note demasiado.

- ¿Sabes, Dandy? – le dijo Clarisa – ayer, como dicen que las de allí tienen fama, me acerqué hasta Sanlúcar y me compré una peluca.
- ¿De qué color? ¿no te la habrás comprado azul…? porque tú eres capaz de eso y de más.
- No, azul no, me la he comprado más natural y muy sencilla.
- No me asustes, Clarisa.
- ¿Por…?
- Miedo me da eso de más natural y muy sencilla, a saber...
- Es que es preciosa y además de la mejor calidad, porque no vayas a creer que es una peluca cualquiera ¿Tú quieres ver cómo me sienta?
- Veamos – dijo Dandy encendiendo un cigarro y acomodándose en la cama como quien se prepara para ver algo que seguro que le iba a sorprender por mucho que Clarisa le avisara de que era más natural y muy sencilla.

No se imaginaba él hasta qué punto se sorprendería pues Clarisa se metió en el baño y, después de desnudarse y dejar su pelirrojez tirada por el suelo, se miró en el espejo, ordenó sus preciosos cabellos negros. Luego se puso ante el espejo y, atenuando levemente la pintura de sus labios y ojos, se quitó también las lentillas, tomó algo en sus manos y salió.

Cuando Dandy vio aquella corta melena negra bailándole a los lados de la cara y esas sempiternas gafas oscuras que se las bajó casi hasta la punta de la nariz para espetarle “Quisiera decirle que, de verdad, nunca creí que estas cosas ocurrieran fuera de los guiones de las películas “ sintió lo que jamás yo les podría contar.

Y es que hay mujeres que jamás olvidan no sólo una afrenta, que a esas alturas de la vida eso a ella igual le daba, sino lo que la exasperaba era tener que aguantar encima el cuajo de ese cretino, sopesando su confianza.

El cinismo y su novia la hipocresía, señoras y señores que, según las circunstancias, se disfrazan siempre con los colores que más le entusiasman.